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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 07 de noviembre de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Judicial
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La democracia está
pagando un precio muy alto por la mala justicia que tiene. El sistema judicial
boliviano es un mal vecino que acelera la decepción con la democracia y
evidencia su no preparación para defender la Constitución y las leyes; la
crisis de confianza en las instituciones de justicia parece irreversible dado
su empeoramiento continuo, pues ya nadie cree en ellas, a su vez, la erosión de
la independencia e imparcialidad de las actuaciones de tribunos, magistrados,
jueces y fiscales ponen en entredicho su mandato de garantes del Estado de
Derecho y de los derechos humanos.
¿En qué punto nos
encontramos en la construcción de una justicia independiente, separada,
coordinada y en cooperación entre los órganos del Estado Plurinacional?, ¿Por
qué los procesos de reforma judicial y de institucionalización han fracasado en
Bolivia, reproduciendo la subordinación del Órgano Judicial y la parcialización
del juez?, ¿Cómo sacar al Órgano Judicial de su estatus de segunda clase y de
la insidiosa influencia del poder y el dinero?, ¿Qué modelo factible de
limitación del poder con independencia judicial razonable e imparcialidad
fuerte, con implementación de una carrera judicial creíble, está en condiciones
de viabilizar el poder político?
¿Cuántas redes de
políticas públicas se requieren para salir del encierro discursivo y
especulativo sobre la necesidad de cambiar la justicia con intervenciones a
largo plazo, eficientes, responsables, articuladas y coproducidas en una nueva
gobernanza de la justicia y de la democracia?, ¿Es la gobernanza de la justicia
una solución para resolver la crisis de confianza en las instituciones de
justicia?
La justicia es un
problema irresuelto en Bolivia, la democratización de los últimos 39 años
demostró que al Estado boliviano no le interesa el deterioro de la justicia,
tampoco hubo gobierno que no haya renunciado al control fáctico del Órgano
Judicial, siendo una constante la designación de magistrados, jueces y fiscales
en cuoteos partidarios y con movimientos sociales, con la consecuente
kakistocracia judicial. Históricamente, los sistemas políticos latinoamericanos
ampliaron los poderes presidenciales hasta el tutelaje del Poder Judicial, a
este dominio del Ejecutivo sobre el complejo institucional/estatal la ciencia
política denomina “presidencialización de las democracias”.
Si bien la
democracia contemporánea se ha presidencializado, la cuestión de la
independencia de poderes no sólo es exigible para el Poder Judicial, es
necesaria también para los órganos Legislativo, Ejecutivo y Electoral, lo que
obliga a trabajar en una red de interdependencias entre poderes del Estado y en
las relaciones entre Estado y sociedad, esto es gobernanza, y más propiamente
forjar la gobernanza de la justicia demanda voluntad política para reformar en
serio el sistema judicial boliviano.
Los procesos de
reforma judicial en Bolivia (principalmente los contenidos en las
Constituciones de 1995, de 2004 y de 2009) contienen visiones de país rivales
condicionadas por la “democracia pactada” y el “proceso de cambio” y
estrategias ideológicas de transformismo “neoliberales” y “descolonizadores”;
gobiernos de derechas y de izquierdas no demuestran voluntad política para
transformar radicalmente la justicia, reafirmando su irrenunciable decisión de
controlar fácticamente el Órgano Judicial.
En el juego perverso
de pesimismo/optimismo la Asamblea Constituyente de 2006 instaló en el
imaginario colectivo la esperanza en una nueva justicia plural; 12 años
después hay pocas esperanzas de una mejor justicia y del logro de una reforma
consensuada e integral del sistema judicial boliviano, de su despolitización y
despartidización. Lo que no significa que la falta de voluntad política, la
complejidad de la independencia judicial y la contingencia del cambio impidan
la coordinación de esfuerzos de reingeniería, reforma y reset del sector justicia.
En otras palabras,
el déficit de confianza en la justicia, la tendencia a la juridificación de las
diferencias, la judicialización de la política, la usurpación de
funciones y la corrupción judicial no nos debe impedir de hacer de la justicia
un lugar mejor de aprendizaje para la democracia, la vida buena y justa.
Las instituciones no
se hacen de la noche a la mañana, son procesos constructivos de larga duración,
donde están en juego hechuras y rehechuras, progresos y retrocesos. Los
procesos de reforma judicial en Bolivia durante los últimos 39 años (1982-2021)
reformaron tres veces la Constitución y reestructuraron la justicia en más de
una oportunidad; dichos procesos de reforma han dependido de acuerdos e
imposiciones político-partidarios, y sus alcances, profundidad y consolidación
han sido mayores cuando los acuerdos se dan entre amplios sectores de la
sociedad, partidos políticos oficialistas y de oposición, como lo fueron los
acuerdos de reforma del Estado del año 1991. Contrariamente, las reformas
estatales se deforman cuando surgen rupturas del consenso y hablan sólo en
nombre de movimientos sociales controlados desde arriba.
La crisis de la
justicia ha dejado de ser cíclica, su empeoramiento ligado a los cambios de
gobierno y al control partidario está agotado; la justicia ha trastocado en un
problema de régimen político, su descontrol total ya no tiene que ver con los
poderes imperiales del Ejecutivo, sino más bien con una crisis general de
dirección y con un decisionismo judicial independizado de la ley misma y al
margen de los controles constitucionales.
La clase política,
la clase gobernante, la clase dominante, los jueces, fiscales y policías hacen
lo que quieren por encima de los controles democráticos y del mandato
constitucional de coordinación y cooperación entre los órganos del Estado; al
dejar de ser cíclica la crisis y deteriorarse la confianza sistémicamente, la
justicia se convierte en una amenaza contra el régimen democrático dada su
degeneración en una juridictadura.
Vamos a tener que
cambiar de raíz nuestro concepto de sistema de justicia; el sistema judicial
boliviano es un enfermo terminal que requiere asistencia inmediata con
políticas públicas orientadas a la gobernanza, caso contrario ese empeoramiento
continuo del sistema de justicia consolidará una juridictadura libre de
todos los controles democráticos. Resetear la justicia, o lo que es lo mismo,
apagar la maquinaria del sistema judicial boliviano para volver a encenderlo
comenzando de cero no debería ser excluyente de procesos de reingeniería allá
donde haya institucionalidad y hombres de derecho que puedan convocarse a los
fines de refundar la justicia boliviana. Un nuevo comienzo de la justicia debe
articular redes de política pública para el cambio a largo plazo, es decir, la
gobernanza de la justicia es un enfoque que permite articular diversidad de
propuestas (incluidas las gubernamentales y de la sociedad civil) de manera
interactiva y cooperativa.



