Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 24 de octubre de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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Hace exactamente dos años, el país estaba en ebullición. La noche del 20 de octubre de 2019, el corte del TREP (transmisión de resultados electorales preliminares) había levantado las alarmas sobre un presunto fraude electoral que, con el pasar de las horas, no hizo más que sumar sospechas con papeletas regadas por las calles, actas encontradas en sitios no oficiales, además del ya conocido cambio de tendencia en el resultado una vez recuperado el sistema de transmisión.
No se puede decir que la confrontación hubiera comenzado ahí. No, el origen de la crisis que estaba a punto de explotar venía de febrero de 2016, cuando Evo Morales se había negado a reconocer los resultados del referéndum y había insistido en habilitar su candidatura en contra del mandato de la Constitución, y logrando su objetivo con un Tribunal Constitucional y un Tribunal Supremo Electoral obsecuentes.
El hartazgo y las sospechas de fraude abonaron la protesta social durante 21 días, en los que los movilizados rechazaron el fraude, pidieron la anulación de las elecciones y luego terminaron exigiendo la renuncia de Morales.
Con el informe de la OEA que confirmó el fraude electoral, con la Policía amotinada y sin poder aproximarse siquiera al Palacio de Gobierno, Morales tuvo que renunciar a la presidencia, dejando un vacío de poder porque toda la cadena de mando correspondiente el MAS también dimitió a sus cargos.
Dos años después, el MAS está en una tarea sistemática de cambiar la historia de aquellos hechos que tuvieron, no miles, sino millones de testigos. Con el afán de limpiar la imagen de Evo Morales, envió a la cárcel a la expresidenta transitoria Jeanine Añez, acusada de un golpe que nunca existió. Quienes estuvieron en Bolivia saben que aquellos días hubo un levantamiento popular y no un golpe de Estado.
Luego de dos años de aquellos hechos, las aguas parecen haber vuelto al cauce por el que recorrieron durante los 14 años del gobierno de Morales. Por un lado, el MAS ha regresado al poder con 55% de los votos, los opositores no lograron generar una alternativa ganadora y ahora sufren la persecución judicial orquestada por el MAS.
Pero, en estos dos años, los bloques en disputa ¿aprendieron algo positivo para el país?
Por un lado, el MAS sabe que no puede dejar cabos sueltos porque se expone, nuevamente, a presiones sociales imposibles de controlar y, por eso, se ha endurecido, ha decidido combatir cada una de las protestas sociales, sofocar los descontentos y, sobre todo, enjuiciar y encarcelar a los rivales políticos.
Pero, al mismo tiempo, el partido de Gobierno ahora debe lidiar con las tensiones internas, con la fuerte presencia de Evo Morales en las decisiones del gobierno y, sobre todo, con una gestión en la que ya no tiene dinero a manos llenas para contentar a todos.
Del otro lado, los opositores tendrían que haber entendido que cualquier proyecto político ganador debería conectar con lo popular en Bolivia. No se puede ya pensar en una opción tradicional, elitista y excluyente. La política boliviana fluye a través de las corporaciones, las que por ahora están cooptadas o divididas por el MAS. Más que unidad de los líderes de siempre, cualquier proyecto político debería buscar inclusión entre los sectores tradicionales, regionales, emergentes, indígenas, sindicales, etc.
Otro aprendizaje que está a la vista, pero habrá que ver si los políticos lo captaron, es que los bolivianos no quieren pasar de un autoritarismo a otro, de un sistema corrupto a otro, de un gobierno prorroguista a otro. Todo eso que encarnó el gobierno del MAS se ha visto replicado durante el corto gobierno de Añez y así es como le ha ido a la oposición en las urnas.
Dos años después, los que continúan sufriendo las consecuencias de la polarización son los ciudadanos que no pertenecen ni a un bando ni al otro y que lo único que quieren es vivir en democracia, producir y sacar adelante a sus familias. Por ellos, los políticos ahora tan confrontados como antes deberían hacer un alto y parar esta marcha hacia el abismo confrontacional, aunque resta saber si eso es algo que les interesa de verdad.



