Medio: La Razón
Fecha de la publicación: domingo 24 de octubre de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Judicial
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Por distintos
motivos y con diferentes efectos, tanto el Ministerio Público del país como la
OEA de Almagro han dado por cerradas las investigaciones sobre las elecciones
de octubre de 2019. Casi dos años después, la Fiscalía no encontró indicios de
delitos electorales, en tanto que una secretaría de la OEA asegura que el
proceso electoral “es imposible de reconstruir”.
Más allá del uso
instrumental de la cuestión en el marco de la renovada disputa sobre los hechos
del año 2019, el supuesto “fraude” se mantiene con vigor y distorsiones en la
agenda pública y mediática. No parece, por tanto, un “caso cerrado”. Lo es
formalmente en la Justicia boliviana, que ante la ausencia de elementos de
prueba dictó el sobreseimiento de todos los exvocales electorales. Pero está
lejos de serlo en el debate político y respecto al cuestionado papel de Almagro
y sus operadores.
Pese al tiempo
transcurrido desde las elecciones 2019, actores del oficialismo y de la
oposición continúan empeñados en atizar la contienda en torno a dicho proceso.
Debe recordarse que como efecto de la coyuntura crítica poselectoral, que
derivó en el derrocamiento del expresidente Morales y la autoproclamación de un
régimen provisorio, un acuerdo político dejó los comicios “sin efecto legal”
(la anulación de elecciones no existe en nuestro ordenamiento jurídico). Pero
los relatos continúan.
Como sea, la
divergencia más profunda tiene que ver con el cada vez más opaco desempeño del
secretario de Fortalecimiento Democrático de la OEA, Francisco Guerrero. Este
señor fue el operador de Almagro en la Misión de Observación Electoral que un
día después de las elecciones, sin esperar resultados oficiales, asentó la
falacia del “cambio drástico en la tendencia de los resultados preliminares”,
nunca probada en el cómputo, y anunció recomendaciones “de cara a una segunda
vuelta” (sic).
Esa suerte de
sentencia previa, que de entrada descalificó el proceso electoral y sus
resultados, se expresó en el “Análisis de Integridad Electoral” realizado por
el equipo de Almagro, que acorde al curso de la crisis política terminó
planteando no segunda vuelta, sino nuevas elecciones. Diversos estudios
posteriores ponen en cuestión la consistencia técnica del polémico reporte de
la OEA, suscrito por dos observadoras de la Unión Europea y exhibido como
“prueba del fraude” por la oposición boliviana.
A estas alturas,
parece improbable reconstruir de manera terminante e inequívoca el proceso
electoral (los recuentos oficiales de actas no valen). Lo incuestionable hoy
son los comicios 2020 (con abultada victoria del MAS-IPSP, incluidas las 226
mesas que a los “auditores” de la OEA les parecieron raras en 2019). Igual, por
razones democráticas es fundamental esclarecer el papel de Almagro y los suyos
en esta historia. Le hará bien a la OEA y su cada vez más residual “dignidad
institucional”.



