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Medio: El Deber
Fecha de la publicación: viernes 22 de octubre de 2021
Categoría: Conflictos sociales
Subcategoría: Marchas, bloqueos, paros y otros
Dirección Web: Visitar Sitio Web
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En al menos cinco ciudades capitales del país ayer se desarrollaron
movilizaciones callejeras de trabajadores gremiales y transportistas, unidos
por una causa común: lograr la derogación de la Ley 1386 de Estrategia Nacional
de Lucha contra la Legitimación de Ganancias Ilícitas y Financiamiento al
Terrorismo.
Casi como un deja vu de lo que pasó hace pocos días hasta conseguir que
el Gobierno retire del Senado el tratamiento de otra ley con nombre
prácticamente idéntico, ahora las medidas de protesta se concentran en estos
sectores que reúnen a una numerosa población en todas las regiones del país,
sin la participación de los cívicos, para evitar que el Gobierno califique la
medida de política o que la atribuya a “la derecha”, como suele decir.
Sin embargo, en el discurso político el Ejecutivo prefiere continuar llamando a
estas movilizaciones como una “protesta de la derecha”, supuestamente destinada
a desestabilizar al Gobierno. Y es que eso tiene su razón de ser: al Gobierno
le costaría mucho reconocer, al menos públicamente, que gremialistas y
transportistas hoy movilizados en su contra son, en realidad, parte de su
electorado fiel en los procesos electorales. Y que si están en contra de la Ley
es porque ven amenazados su patrimonio y sus derechos ciudadanos.
Las medidas se cumplen después de una corta espera de 72 horas que a manera de
plazo dieron los gremialistas a las autoridades nacionales para que se derogue
la polémica norma, que en el proceso de aprobación pasó casi inadvertida. Fue
el tratamiento de la otra ley complementaria la que abrió los ojos de esos
sectores acerca de los riesgos de la redacción de varios de sus artículos.
En el caso de la Ley 1386 se cuestiona un artículo que abre la posibilidad de
hacer ajustes a la misma Ley mediante simple decreto.
Igualmente se rechaza las generosas atribuciones que otorga la Ley a la Unidad
de Investigaciones Financieras (UIF) y al Consejo del Órgano Ejecutivo para
requerir información de personas, empresas e instituciones, sin pasar por orden
judicial, como ocurría antes.
Considerando el manejo político que podrían hacer los integrantes de ese
Consejo Ministerial y la propia UIF controlada por el Gobierno, se teme que la
medida sea utilizada con fines de persecución política y abusos arbitrarios que
podrían derivar en extorsiones y corrupción.
La norma también faculta al Consejo del Ejecutivo a aprobar planes de acción
que encargan a la UIF la realización de investigaciones de oficio, sin la necesidad
de establecer un registro de operaciones sospechosas o a pedido de la autoridad
competente.
También se prevé la modificación del Código de Procedimiento Penal para
fortalecer aún más las atribuciones de la UIF, y se proyecta la interceptación
de llamadas telefónicas para la escucha de conversaciones de personas e
instituciones investigadas.
La Ley habilita la incorporación en el Código de Procedimiento Penal de la
figura de los agentes encubiertos, la ampliación del tiempo de arresto o
aprehensión por encima de las 24 horas actuales.
Se trata, en resumen, de una Ley que vulnera nuevamente las garantías
constitucionales de las personas y empresas, y que otorga un poder descomunal a
la UIF controlada por el Gobierno, y que genera desconfianza precisamente
porque en manos de un Gobierno que hace más política que gestión es una amenaza
a la propiedad y los derechos ciudadanos.



