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Medio: El Deber
Fecha de la publicación: miércoles 20 de octubre de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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A dos años del fraude electoral, Bolivia vive en medio de
una porfiada campaña por hacer desaparecer los papeles de la historia y
reemplazarlos por otra, escrita 700 días después. En ese objetivo, los
interesados en cambiar la historia tienen a su servicio todo el aparato de
servidores públicos, la mayoría son militantes del partido, y los que no lo
son, están igualmente al servicio del partido en el poder.
Están esos funcionarios, unos en la justicia, otros en el
Ministerio Público, otros en las estructuras del Gobierno central, pero también
están los recursos del Estado que se utilizan en movilizaciones en las que se
repite con insistencia que el 20 de octubre de 2019 no hubo fraude, sino golpe
de Estado.
La estrategia se apoya en un viejo razonamiento que hace 80
años hizo famoso en todo el mundo Joseph Goebbels, el que fuera ministro alemán
de la Propaganda del Tercer Reich de Adolf Hitler: Cuando una mentira muy
grande se repite con suficiente frecuencia, terminará convirtiéndose en verdad.
De eso saben mucho los políticos, esos que leen a Sun Tzu,
que no aparecen en público, pero que mueven los hilos de la política boliviana
sin tener cargos formales en el Ejecutivo, aquellos que hacen de la búsqueda y
la conservación del poder su profesión, que disponen de 24 horas al día para
urdir tácticas, estrategias, políticas destinadas a destruir al oponente y
consolidar el poder para siempre.
Dos años después del fraude y cumplido el primer año de
gobierno de Luis Arce, el partido gobernante se ha dedicado prioritariamente a
asentar su teoría del supuesto golpe. En ese intento, instituciones como el
Tribunal Constitucional Plurinacional han perdido la poca credibilidad que les
quedaba porque se han alineado con el Gobierno para hacer más fácil su maniobra
goebbeliana.
Después de unos primeros meses en que al nuevo mandatario se
le daba el beneficio de la duda con la esperanza de que, viniendo del área económica,
fuera un tecnócrata que privilegie la gestión de la crisis para salir de ella,
el país observa con decepción una continuidad de gestión al más puro estilo de
los 14 años de Evo Morales.
Es más, con el paso de los meses se consolida la sensación
de que si bien Arce es el presidente, quien gobierna en realidad es Evo
Morales, el jefe de su partido, y que incluso los miembros del gabinete de
ministros responden al jefe cocalero más que al presidente constitucional.
En esta etapa, hasta las formas se han perdido. Esa
comunidad internacional a la que alguna vez se miraba con respeto y se cuidaba
la imagen ante ella, hoy parece no importar demasiado. Da igual que la OEA con
su auditoría diga que en Bolivia hubo fraude y que muestre las evidencias; da
igual que un tribunal internacional como la Corte IDH diga que nadie puede
proclamar a nombre de las leyes internacionales que la reelección presidencial
indefinida es un derecho humano.
Pero en Bolivia da igual, para eso hay un Tribunal
Constitucional Plurinacional, al que no se le sonroja un milímetro del rostro
al verse descubierto en su manipulación, y que incluso después del
pronunciamiento de la Corte internacional no mueve un dedo para anular su
sentencia. Para ellos y para el partido gobernante, la reelección indefinida
continúa siendo un derecho humano de Evo Morales.
A dos años del fraude, hay un caudillo que no resigna sus
ambiciones y hace campaña todos los días para volver al poder, y quizá no
necesariamente en cuatro años. Quién sabe si en su agenda estratégica ese día
tiene una fecha más próxima.



