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Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: jueves 14 de octubre de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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NN, con el semblante emocionado, enfatiza: nos preparamos para todo, sabíamos que la lucha iba a ser larga, no iba a ser fácil. Sabíamos que era ahora o nunca. Teníamos que dar todo. Nos organizamos en torno al barrio, a las zonas, a las cuadras, hacíamos guardia todas las noches. Durmiendo en nuestras postas. Distribuyendo comida, alimento, aceptando donaciones de los vecinos para alimentar a los que hacían guardia.
Y de pronto, cientos de ciudadanos cochabambinos se sumaron con todo, ya éramos miles; no solo con la voluntad de lucha, sino también con comida, agua, petardos, alambres, llantas, vehículos, piedras, escombros, dinero, sillas, gasolina para las motos y los coches y, fundamentalmente, las “pititas” de acero puro. Esas que marcaron la resistencia inquebrantable de las conciencias. Esas pititas fueron la línea divisoria entre la libertad y la tiranía.
A dos días del paro indefinido, Evo Morales, con la sorna que le caracteriza, se burló de las protestas y se ofreció, con toda su sapiencia como bloqueador experimentado, dar algunos talleres sobre cómo bloquear de verdad. Vaya trampolín. El impulso a seguir en la lucha fue mucho más contundente.
“Vámonos patria a caminar, yo te acompaño”, dice el poeta guatemalteco Otto René Castillo.
“Yo bajaré los abismos que me digas. / Yo beberé tus cálices amargos.
Yo me quedaré ciego para que tengas ojos. / Yo me quedaré sin voz para que tú cantes. / Yo he de morir para que tú no mueras,
para que emerja tu rostro flameando al horizonte de cada flor que nazca de mis huesos”.
NN, es también el rostro de la lucha entre la vida y la muerte, el amor a la patria y de la libertad que se siente hasta los huesos.
Temía por mi vida, pero también estaba la causa profundamente patriótica, asegura. Nuestra convicción era de guerrilleros, de luchadores en pos de una verdad. Cada día recibía llamadas de personas anónimas y me decían: “Tengo, comida, he preparado 300 sándwiches, ven a recogerlos”. La gente donaba alimentos, agua, medicinas y mucho más.
He conocido personas maravillosas, acciones realmente solidarias. Todos estábamos en la lucha, defendiendo nuestro voto y denunciando el megafraude.
Como si se tratara de un pasaje bíblico, los 21 días de paro en esta tierra bendita enseñaron con creces lecciones de vida, hermandad, solidaridad, persistencia y un profundo civismo que quedarán en la memoria histórica de los que fuimos testigos de este tiempo y los relatos que, seguramente en un futuro, serán atendidos con incredulidad por las futuras generaciones.
En esos 21 días de permanente vigilia, parecía que el tiempo, se había detenido. El espacio se hizo amplio, paradójicamente y, los anhelos, inquebrantables, y es que los bolivianos, los cochabambinos, nos volvimos a reconocer idénticos en nuestras diferencias. Nos vimos, uno a uno, en un espejo nítido, en ese reflejo de agua inmóvil que el poeta germano, Angelus Silesius, llama la idéntica perfección de lo disímil.
En 21 días, nos relamimos las profundas heridas que fueron abiertas, en 14 años, por un capataz, una y otra vez, pretendiendo hacernos creer que somos diametralmente opuestos unos a otros. Inventando muros perversos de razas, idiomas y colores. La batalla de NN y de miles de bolivianos apostados en sus esquinas, en sus cuadras y solo flanqueados por sus pititas de acero, estaba llegando a lo que exactamente se pretendía. Sacar al tirano de su silla real.
Una vez más, el pueblo democrático y libre dejó claro que las revoluciones se construyen a base de coraje, de convicción y casi siempre esa lucha se libra en el escenario de la resistencia y las movilizaciones de masas. El pueblo pone la batalla, la defensa y las convicciones y el gobierno la represión, la cárcel, los muertos, los heridos y la impunidad.
Entre el 8 y 9 de noviembre de 2019, estallaron motines policiales en Cochabamba, La Paz y Santa Cruz. El final de la lucha cívico-ciudadana se aproximaba. Ese fue el punto de inflexión. El hito claro que aceleró la salida del mandamás.
Tras su renuncia, la noche del 11 de noviembre de 2019, el que pretendía ser presidente vitalicio de Bolivia, huye del país rumbo a México. Su destino estaba escrito como el expresidente que escapó, dejando en llamas a un país fragmentado, malherido y al borde de una guerra civil.
Pero no bastaba con que Morales huyera, se sabía que la transición iba a ser profundamente dolorosa y difícil de transitarla.
Tras una sucesión clara y legal, Jeanine Áñez asumió la presidencia constitucionalmente. No hubo golpe, como pretende hacer creer Evo Morales, el actual gobierno y el masismo en pleno, hubo una transición transparente, de la que, sin duda alguna, el MAS y su cúpula, formaron parte de una aprobación política.
Pero no siempre las transiciones son halagüeñas. Dos errores garrafales opacaron la corta gestión de Jeanine: corrupción y su decisión de postularse a la presidencia. Estos hechos, sin duda, debilitaron profundamente la figura de Áñez y la marcaron con rojo para luego ser humillada, encarcelada y estar actualmente a merced del MAS.
El autor es comunicador social



