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Medio: El Deber
Fecha de la publicación: miércoles 13 de octubre de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Ejecutivo
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El presidente Luis
Arce no quiso darse tiempo para atender a la marcha indígena que caminó 37 días
bajo el sol, pero ayer asistió a concentraciones en Cochabamba y más tarde en
Santa Cruz, denominadas ‘wiphalazo’, donde tuvo expresiones desproporcionadas
frente al momento crítico que afronta su Gobierno por la oposición generalizada
a la ley contra ganancias ilícitas.
Arce atribuyó el
paro del día lunes al movimiento cívico, otorgándole un crédito que ellos no se
ganaron en una jornada donde los protagonistas de la protesta fueron los
gremialistas, los transportistas y los cooperativistas mineros. Los cívicos se
sumaron a un paro que ya estaba en marcha, que no era de ellos, y tampoco
tuvieron mayor peso en las protestas.
De hecho, lo más
fuerte de la jornada del lunes, además del paro casi total de Santa Cruz, fue
el emplazamiento de los gremiales que dieron tres días al Gobierno para dejar
sin efecto la cuestionada ley, bajo amenaza de que, si no lo hacen, la próxima semana
irían a un paro de 48 horas.
Y también fuertes
fueron las expresiones de Braulio Arguedas, dirigente de los mineros
cooperativistas, quien desafió al Gobierno a encontrarse en las calles “a ver
quién gana”, si no se hacen las leyes en consenso con los sectores.
El dirigente también
demandó al Gobierno elaborar una ley específica para que los cocaleros paguen
impuestos “y se les arrebate las fortunas que mantienen de forma ilegal por el
narcotráfico”.
Ayer, Arce acusó con
airados adjetivos a la derecha y la llamó asesina, golpista, fascista; dijo que
lo que no pudieron ganar en las urnas quieren hacerlo a través de grupos
mafiosos y criminales, y que hará respetar su Gobierno en las calles.
Que se sepa, ningún
sector ha pedido ni su renuncia ni quiere sacar a Arce del poder, lo que existe
es un descontento con una ley que quiere introducir respaldos legales para
vulnerar los derechos ciudadanos, hacerlos sujetos de persecución política y
que amenaza la propiedad privada.
En cambio, el
llamado a “hacer respetar al Gobierno en las calles” puede ser interpretado
como una convocatoria a la confrontación: el lenguaje de las calles, si tiene
uno, es el del enfrentamiento de unos contra otros.
Que lo afirme un
dirigente sindical, sería normal, pero que lo diga el presidente del Estado es
algo demasiado delicado, porque la misión de un primer mandatario de un país no
es confrontar a los ciudadanos, en este caso los bolivianos, sino todo lo contrario,
es buscar la unidad de ellos. Luis Arce es el presidente de todos los
bolivianos, y no solamente de los cocaleros o de los afines al MAS.
Pero, además,
llegado el caso del absurdo de un país que decidiera salir a las calles a
confrontarse a pedido de su presidente, el caso boliviano podría derivar en una
escalada de violencia sin límites porque uno de los bandos tendría a las
Fuerzas Armadas y a la Policía de su lado. ¿Está llamando el presidente Arce a
su militancia a salir a las calles acompañada de la Policía como ha ocurrido en
el conflicto de Adepcoca en La Paz y en las protestas del lunes en Santa Cruz
para librar una batalla desigual y desproporcionada contra quienes piensan
diferente? Si no es así, ¿qué quiso decir Arce con aquello de “hacerse respetar
en las calles”?
A la siniestra de
Arce, en el acto de Cochabamba, estaba Evo Morales, a quien muchos consideran
que es el verdadero dueño del poder político actual en el país. Daría la
impresión de que, con Morales al lado, Arce tuviera una necesidad de demostrar
mayor radicalismo del que tiene para contentar a su jefe. Lo que ayer dijo no
es poca cosa, y amerita cuando menos una aclaración.



