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Medio: La Razón
Fecha de la publicación: miércoles 13 de octubre de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
Dirección Web: Visitar Sitio Web
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La noticia sobre el
acuerdo con un minero que en 2019 le ofreció a Luis Fernando Camacho “tumbar” a
Evo Morales, incluso con el uso de “1.000 mineros llenos de dinamita”, pasó
como si se tratara de una simple anécdota. Nadie se inmutó, ni los medios de
información entendieron que la develación, planteada por el mismísimo ahora
Gobernador de Santa Cruz, sea noticia.
Hace una
semana, LA RAZÓN publicó un segundo extracto de un video que
apareció el 28 de diciembre de 2019, cuando Camacho contó a sus
correligionarios su “proeza” de haber derrocado a Morales luego de que su padre
había “cerrado” con militares y policías.
“Cuando cerramos con
todo y el día sábado, antes de que renuncie Evo Morales, dice el tipo ‘júntame
a toda la gente, a todos los cívicos en la puerta del hotel, voy a dar la
cara’. Hasta ese momento solo había hablado conmigo. Ya tenía 6.000 mineros
llenos de dinamita para entrar y sacar a Evo Morales”, cuenta el otrora líder
cívico cruceño en el video.
Dice que el minero
tenía miedo de que los militares lo detengan. “Le dije que ‘no, no se preocupe,
hablé con los militares, con el general, me dijo que ni iban a salir’”,
recuerda.
“Quedó tranquilo, me
dice: ‘Te doy hasta el domingo; si el domingo no se va, el lunes le saco yo con
dinamita”, dice Camacho en el video que no causó mayor repercusión.
¿No es grave la
develación? ¿Por qué no interesó el caso a los medios de información que dicen
llamarse independientes, plurales e imparciales?
No, lamentablemente.
Otra vez un evidente cerco mediático naturaliza hechos graves que ocurrieron en
2019, como las masacres de Sacaba y Senkata.
Camacho se ha
convertido en los últimos meses en un tipo —parafraseándolo— intocable, que
puede contar sus aventuras sediciosas sin inmutarse y repetir la historia sin
que nadie pueda hacer algo.
Acaba de amenazar al
presidente Luis Arce con “un segundo round”. Y su lugarteniente, Rómulo Calvo,
su sucesor en la presidencia del Comité pro Santa Cruz, dijo tener la “receta
para tumbar a un dictador”.
Camacho se desgañita
en ser el defensor de las libertades y de la democracia. Su discurso no calza
en el espíritu democrático.
En la crisis
poselectoral de 2019 hizo todo lo posible por desnaturalizar los valores
democráticos y naturalizar actos que rayan en la sedición, de manera recurrente
y sistemática.
Su expediente es
largo desde que irrumpió en la agenda nacional el 21 de octubre, un día después
de las elecciones de entonces.
En sendos cabildos
multitudinarios, eso sí, invocó a las Fuerzas Armadas, propuso la atención de
un pliego de la Policía Boliviana a través del “próximo gobierno”, planteó el
“punto final” y la conminatoria de renuncia en 48 horas de Morales, y redactó
una carta de dimisión para que la firme el presidente.
Es más, el 4 de
noviembre propuso que la entonces decana del Tribunal Supremo de Justicia,
María Cristina Díaz, reemplace a Morales, y que renuncie la “sucesión
constitucional”. La mañana del 10 de noviembre, sugirió “una junta de gobierno
transitorio conformada por notables de toda la población”.
Y en la tarde, antes
de la renuncia de Morales, irrumpió en el Palacio Quemado (dijo en el video que
fue con ayuda del ahora fallecido director de la UTOP, Heybert Antelo), en cuyo
hall plantó la carta de renuncia de marras, una Biblia y una tricolor. ¿Puede
un civil que no sea funcionario ingresar así en el edificio gubernamental?
Ahora, blindado por
su victoria en las subnacionales de marzo, Camacho desafía otra vez y nadie —la
Fiscalía suspendió sin razón aparente su declaración— hace nada por hacerle
entender que lo que hace no condice con la institucionalidad democrática del
país. Se ha convertido peligrosamente para la democracia en un político
intocable.



