Medio: La Razón
Fecha de la publicación: viernes 08 de octubre de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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Los lugares comunes dentro de nuestra dinámica política están, al día de hoy, claramente establecidos, sus etiquetas llevan por título “fraude” y “golpe”. En consecuencia, nuestra nueva normalidad política es aquella en la que ninguno de los actores institucionales ubicado en los polos puede comprobar ante la ciudadanía, de manera fehaciente (con hechos), que aspira a dejar su polo para buscar algo que en el espacio público institucionalizado se dice cada vez menos y directamente no se ve anhelar: la reconciliación.
A reserva del debate en torno a la cualidad de esta polarización; es decir si es realmente existente en la sociedad, está limitada solamente al ámbito político o, menos aún, al plano discursivo. Lo cierto es que uno de los problemas que conlleva este estado de continua radicalización es que busca despojar de soberanía interpretativa de los hechos al público al que se dirige, y esto tiene su efecto no solo en los hechos pasados, sino también en los nuevos. Esto genera que la polarización se constituya no solamente en comportamiento y escenario, sino también en filtro de interpretación. Esa suerte de anclaje interpretativo no solo debe entenderse como una estrategia política utilizada por las partes, sino también como un ejercicio continuo y sutil de poder.
La polarización conlleva al atascamiento a varios niveles. Uno de ellos es la radicalización de los líderes políticos legitimados institucionalmente en la política, que tiene como consecuencia el estancamiento de la misma, lo que genera que, a la larga, las ganancias para ambas partes sean equivalentes a una suma cero. Es decir: mucho se arenga, todo se inunda de ruido y desorden y poco realmente se cosecha en términos políticos. Y esto tiene que ver también con que, en esta nueva normalidad, los objetivos políticos se sitúan en la búsqueda coyuntural de administración de la emocionalidad colectiva en vez de la (re)producción del poder; o mucho menos aún, la solución de discrepancias. Miremos solamente el caso de uno de los más rimbombantes líderes de la oposición, quien a través de sus propios y cada vez más altisonantes actos se parapeta en su reducto territorial casi de manera voluntaria, anotándose —como él dice— “rounds” (del corto plazo) a su favor.
Hasta ahí lo que se postula, una nueva normalidad política que paulatinamente erosiona varias instancias sociocomunicacionales que son fundamentales para el funcionamiento de una democracia. Los problemas concretos se aceleran cuando estos discursos, en su dinámica proactiva/reactiva de reproducción (se necesitan mutuamente), llegan a materializarse en clave de intervención territorial: es decir, movilizaciones en las calles. En ellas —se sabe— los líderes que continua y sistemáticamente alimentan la discursividad desde los polos son una suerte de “teloneros” de la verdadera puesta en escena que es entregada al desborde de emociones cotidianamente nutridas, pero de las que luego nadie sabe hacerse cargo.
Una muestra concreta de aquello lo hemos presenciado esta semana que acaba de pasar y lo será también lo que ocurra en los días venideros. Al inicio de la semana, casi la totalidad de los liderazgos políticos ubicados en los polos ha copado la agenda político-mediática para arengar sus cantos de guerra. Argucias legales, judiciales y políticas de por medio hasta el día de hoy, todos ellos han salido intactos materialmente de la escena principal de la política, entregándosela a sus seguidores para que realicen su despliegue performativo en las calles en los días siguientes. Cuidado. Varios escenarios políticos aguantan como normalidad la palabra en los podios pero no así la acción en las calles.



