Medio: La Razón
Fecha de la publicación: jueves 07 de octubre de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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Si acaso es verdad que las estatuas actúan como brújulas que dan las coordenadas del orden social, y que hoy en día los polos del mundo de las creencias están cambiando, no nos será difícil reconocer la imagen del caudillo letrado como una de las tantas estatuas que caen en esta era del ocaso de los ídolos. Porque de pronto nadie sabe con certeza hacia dónde ir, aunque sí con claridad hacia dónde no. Y es que, si de algo ha de jactarse siempre el pueblo boliviano será de su memoria rebelde, de ese instinto colectivo que nos recuerda que todo pasado es destino, y que el tiempo, tarde o temprano, saca a relucir la letra chica de un pacto social escrito con mayúsculas.
Pero solo nos es posible comprender que presenciamos la caída de un ídolo a través de las evidencias que dan sus innumerables fisuras. Por eso, cuando observamos una oposición reducida a secundar la agenda política de los medios de comunicación, o cuando escuchamos una y otra vez la altisonancia de su discurso petrificado, que solo cautiva a aquellos que aún siguen convencidos de que “nuestra miseria” de país se debió a la falta de “occidentalidad” de nuestro componente indígena —y no así a la incapacidad de su versión “letrada” del poder—, estamos, sin duda, frente al evento impostergable de la demolición.
Ahora bien, para que no cualquier viento intempestivo se lleve a cuestas la cabeza de un monumento político, habremos de tomar en cuenta los tres elementos que definen su estabilidad: la coherencia entre lo que dice y lo que hace, el material con el que está hecho y la fe de sus devotos. Veamos, pues, el caso del caudillo letrado.
Al venirse demostrando, con el paso del tiempo, que éste estuvo detrás de un gobierno “transitorio” anti-indígena, su pregón de unidad se craquela por sí mismo, ya que vuelve a resaltar la profunda inconsistencia entre lo que hace y lo que dice que quiere hacer. En consecuencia, lo que hizo la reciente dictadura fue simplemente develar el lado oscuro de la misma moneda conservadora y “bien portada” de la política. Dado que los impulsores del golpe, como si se tratase de un pudor casi estético o de falta de modales, no se permitieron a sí mismos el ejercicio explícito de la violencia, sino solo a través de capataces encomendados, reeditando esa vieja puesta en escena del patrón que nunca toma el azote ni mancha sus manos, pero que ordena con apremio el castigo. Esa es la “luz” que nos deja la “transición”: la elasticidad moral del caudillo.
En ese orden, la afamada reunión en la Universidad Católica fue lo más cercano a un concilio de patronos, decidiendo el destino de un país que todavía consideran su hacienda, mientras a oscuras escogían a los capataces que se harían cargo de la empresa de acuerdo al filo de su dentadura.
En cuanto al material de su hechura, fue decisivo darnos cuenta que de donde se suponía que vendría la abundancia, de hecho, provenía la miseria, que el culturalmente “rico” era materialmente pobre. Por eso fue tan reveladora, y políticamente indignante, la escena del mendigo enternado; porque si al menos queda un horizonte en este naufragio de los deseos, es el de aquel en que toda sigla política que desee mantenerse a flote, debe garantizar la estabilidad económica como sostén moral en su venta de imaginarios.
Por su parte, la derrota electoral fue definitiva para que gran parte de sus parroquianos le perdieran fe al santo más prometedor que tenían, siendo que en su momento ofertaba ser la veleta que apuntaba la dirección de los buenos vientos.
No es de extrañar, entonces, que el caudillo letrado, electoralmente abatido, moralmente desenmascarado y devocionalmente disminuido en feligreses, a quien el único cargo disponible que le cupo fue el de auditor de la gestión de gobierno, esté siendo relegado de su protagonismo por pequeños reyecillos del oriente, y que el pueblo se haya decidido por atarle la soga al cuello a un ídolo que continúa su soliloquio de conquistador frente al espejo, mientras éste va cayendo con estrepitosa fuerza.



