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Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: jueves 30 de septiembre de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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Nadie mejor que los caciques y sátrapas, saben que el poder de la palabra y la libertad son sinónimo de peligro e incomodidad. Los tiranos son enemigos íntimos de la democracia. A pesar del tiempo y la evolución de la humanidad, permanecen sumidos en lo básico, en lo primario. En sus cuevas malolientes, siempre dispuestos a sacar la cabeza y la lengua para contaminar y sembrar la peste cuando se trata de acaparar el poder.
Los tiranos no ríen, tampoco sueñen. Son antropófagos, se comen a las personas y con ellas sus sueños y aspiraciones.
Con razón, el escritor mexicano, Octavio Paz, sentencia: “Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo, del miedo al cambio”. Esta reflexión se corrobora a cabalidad con los 14 años de evomasismo en Bolivia. Una trayectoria nefasta en la que se subvirtieron, casi por completo, conceptos sociales basados en la colectividad: valores morales, acciones solidarias, ética, arte, honestidad, lealtad, educación y, aunque usted no lo crea, política. El adoctrinamiento del masismo sobre sus “sectores sociales” fue y sigue siendo un gran muro construido por Evo para separar a una Bolivia todavía abigarrada. Ese principio de dividir para reinar, fue el accionar constante de un gobierno alejado de una unidad social. Evo Morales, al dividir a Bolivia en dos partes totalmente desiguales, convertía también al país en un campo de enfrentamientos, en una pugna social constante. Evo, creó una Bolivia paralela, ese universo social adiestrado a base de prebendas y dádivas que su única función era (es) avalar las determinaciones, los discursos, las inconstitucionalidades, las restricciones y, desde luego, las órdenes de facto surgidas del mandamás.
“Si el pueblo quiere que me quede, me quedo”. “Si las bases desean que me eternice en el poder, lo hago.
Así, llegamos a 2019 con una Bolivia fragmentada y enfrentada. “Su derecho humano” a postularse a un cuarto mandato ya estaba cocinado y consolidado. Todo era cuestión de tiempo y oportunidad.
“El único medio seguro de dominar una ciudad acostumbrada a vivir libre es destruirla”, dice Nicolás Maquiavelo.
Y así sucedió. Tras haber torcido la ley y la Constitución, Evo Morales se presenta a unas elecciones históricas, no solo por que la voluntad democrática de los bolivianos ante las urnas se iba a ser efectiva, sino porque su habilitación de Morales a un cuarto mandato era absolutamente inconstitucional.
A dos días después de las elecciones generales del 20 de octubre de 2019 y bajo sospecha de haberse maquinado uno de los mayores fraudes en el país, los bolivianos se preparaban para una dura y larga batalla en defensa de la democracia, del voto popular y en contra de un mega fraude.
Tras anunciarse un paro indefinido a nivel nacional, los bolivianos supimos que era la hora cero, esa hora de profundo final y de profundo comienzo. La hora de la defensa de los más altos intereses de la democracia. Una vez más, el pueblo democrático y libre dejó claro que las revoluciones se construyen a base de coraje, de convicción y casi siempre esa lucha se libra en el escenario de la resistencia y las movilizaciones de masas. El pueblo pone la batalla, la defensa y las convicciones y el gobierno la represión, la cárcel, los muertos, los heridos y la impunidad.
La acción cívica de los bolivianos a través del voto, dejó en evidencia que su pugna por defender la democracia apenas comenzaba.
La desconfianza en las elecciones del 20 de octubre de 2019 se produjo cuando esa noche el Sistema de Transmisión de Resultados preliminares (TREP) se detuvo y luego se repuso casi 24 horas después con un cambio de tendencia. Los resultados preliminares que inicialmente daban cuenta de una segunda vuelta entre el entonces presidente Evo Morales y el expresidente Carlos Mesa, finalmente daban por ganador al primero en la primera ronda con el derecho de acceso a un cuarto mandato consecutivo. (EFE 27 de julio de 2021).
“¡Quién se rinde, nadie se rinde, quién se cansa, nadie se canse. Evo de nuevo, huevo carajo!”.
Ese fue un grito de guerra del hartazgo que acompañó durante los 21 días de paro nacional, un movimiento cívico social histórico que fácilmente se podría interpretar como una revolución en contra de la tiranía. Una lucha sin descanso, sin sosiego en la que los verdaderos artífices fueron los bolivianos democráticos. Los vecinos, los amigos, los tíos, los primos, las madres, las tías, las hermanas, las personas de la tercera edad, los niños y, sobre todo, los jóvenes, esos que apenas comprendían que la libertad y la democracia habían tenido un precio, un alto precio que pagar. Todos ellos se pusieron la lucha en las espaldas, la palabra empeñada y decidieron unirse una sola causa. La causa que llevaría, posteriormente, a conocer la verdadera conciencia libertaria de los que defendían la democracia de un régimen opresor, fraudulento, corrupto e injusto.
NN es un “veterano” de esa lucha. Representa a muchos NN, a miles. A cientos NN veteranos, conocidos y desconocidos, profesionales, estudiantes, vecinos, trabajadores. Pero a este, en particular, lo identificaremos como un ciudadano impersonal, boliviano de nacimiento, hábil por derecho, vecino, hijo, hermano y esposo. NN no tiene un rostro determinado, tiene la faz de los cientos de miles de bolivianos en todo el territorio nacional luchando y combatiendo en pos de hacer valer sus derechos como bolivianos, en pos de la libertad a manos del tirano.



