Medio: La Razón
Fecha de la publicación: lunes 27 de septiembre de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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Cuando ingresaron al Palacio Quemado con una Biblia, los
golpistas, en noviembre de 2019, se quedaron por un año de manera ilegítima e
ilegal en el poder, se les abrió una oportunidad para gobernar y convertirse en
una alternativa política, empero, hicieron un mal gobierno: masacres,
persecución política y saqueo al erario nacional.
El golpe de Estado y las masacres son dos hechos políticos,
pero, al mismo tiempo, son dos hechos jurídicos y moralmente muy graves para la
democracia boliviana. O sea, no es difícil que, a nombre de la reconciliación y
la pacificación se soslayen estos hechos y condenarlos a la impunidad. No
obstante, los golpistas/masacradores asumen la tarea negacionista para salvarse
de la responsabilidad política y penal sobre estos hechos ominosos.
En sus delirios de poder, los golpistas pensaban quedarse
por un largo rato en el poder y, entonces, el golpe de Estado y luego las
masacres fueron parte del engranaje represivo, pero, como ocurrió varias veces
en la historia contemporánea, pensaron que no se iba a investigar y
juzgar/sancionar. Sin embargo, la voluntad democrática del bloque
nacional-popular revirtió, vía elecciones, aquel deseo golpista de la derecha.
Entonces, en la reconfiguración del campo político,
poselecciones de noviembre/ 2020, supuso a los golpistas tejer una narrativa de
la impunidad, para eso apelaron a una tramoya discursiva enfocada en la
pacificación, el fin de la polarización, la reconciliación y la persecución
política. En fin, todo ese artilugio discursivo tenía un propósito político y
penal: congelar la investigación, el juzgamiento y la sentencia del golpe de
Estado y las masacres.
Ellos urden un axioma equivocado: la pacificación del país
pasa necesariamente por la impunidad. Obviamente, este discurso necesitaba que
la derecha se tenía que arrimar al centro político/ideológico para que, a
partir de este lugar, establecer los “pactos necesarios” para encaminarse a la
reconciliación, pero haciéndose de la vista gorda a la ruptura constitucional y
pisando la memoria de los muertos de las masacres. Aparentemente, esta jugada
nos les está resultando.
Cuando vieron que su maniobra “centrista” se diluía, los
golpistas vuelven a la estrategia de radicalizar ideológicamente el escenario
político, o sea, intentar tensionar el país, además, como un mensaje de
advertencia hacia el Gobierno. Para esta estrategia, los golpistas buscan
nuevamente polarizar al país, o sea, asumen la posición de la extrema derecha.
Ciertamente, eso aconteció en los últimos días.
Sectores radicalizados de la derecha empezaron, como si
fuera un imán, forzar a este polo extremo a sectores del bloque opositor que
osaron establecer cercanía con el Movimiento Al Socialismo (MAS) y su gobierno.
Eso sucedió cuando una diputada de Comunidad Ciudadana (CC) tendió puentes con
el partido gobernante; en un cerrar de ojos, inclusive mediatizado por una
sospecha de acoso político, le hicieron revertir su voluntad conciliatoria.
Asimismo, una exautoridad del MAS, más allá de sus extravíos
políticos/ideológicos, intentó resucitar al grupo violento y racista de la
Resistencia Juvenil Cochala (RJC) para que reaparezca en el espectro público.
Estas señales de la derecha son para intentar retornar a su “actitud
transgresora y desinhibida, la que no quiere respetar la ley, la que no le da
un sentido a las cosas, es un nuevo tipo de ultraderecha”, como diría el
psicoanalista Jorge Alemán. Obviamente, la derecha boliviana con su actitud
golpista y violenta dejó constancia que la democracia no es su horizonte
político.



