Medio: La Razón
Fecha de la publicación: jueves 23 de septiembre de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Judicial
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A partir de finales de 2019 empezó a sumarse en el país una
crisis multidimensional, que se fue formando en el siguiente orden: crisis
política, producto de las elecciones generales anuladas; crisis social,
producto de la pandemia, el año educativo clausurado y todo lo relacionado con
el sistema judicial; y crisis económica, también como efecto de la pandemia que
vivimos y el desastre de gestión económica transitoria.
La primera, crisis política, la resolvimos finalmente en
octubre de 2020, y en marzo de 2021; momentos en los que por fin tuvimos
autoridades elegidas legal y legítimamente, recién una vez resuelta esa parte
de la crisis multidimensional es que comenzó la tarea de atender las otras
crisis.
La segunda, crisis económica, es la que se ve que de alguna
forma se va aminorando y emergiendo esta sensación de estabilización que hoy
experimentamos en términos generales, digo esto para que ninguno de los bandos
de economistas influencers se resienta porque igual que en la
política, alguno de los bandos reacciona a la palabra golpe o fraude; en los
economistas del país apenas escuchan “crecimiento” saltan para decir que uno
está en uno de los dos bandos.
La otra crisis, la social, es la que se encuentra aún sin
norte indicado de por dónde se irá para resolverla, y es que por el ímpetu que
el Gobierno nacional se puso a retomar la agenda de la crisis política, la
posibilidad de que encaremos en el país una verdadera reforma de la Justicia se
hace cada vez más inviable y difícil. De ahí que cualquiera que sea citado o
involucrado en algún caso judicial, hoy fácilmente puede declararse como
víctima de una venganza o arremetida personal, porque la sensación extendida es
que el sistema judicial se encarga de repartir injusticias, y no lo contrario.
Esta crisis social radicada en la Justicia va creciendo como
una bola de nieve. Un rápido vistazo desde la sociedad hacia el Estado nos da
cuenta de que, por ejemplo, los casos de inseguridad ciudadana y de violencia
contra la mujer se anuncian cada vez con más descarnamiento, son más crueles
que el anterior que vimos y así. Luego, dos instituciones que se supone deben
ser las protectoras de los derechos humanos de todos los bolivianos, repito eso
de todos, han decidido tomar partido por alguna de las iglesias del fraude o
del golpe, me refiero a la Asamblea Permanente de Derechos Humanos y a la
Defensoría del Pueblo. Ambos espacios curiosamente con mandatos extendidos en
sus principales figuras que las dirigen.
Para completar ese círculo de sensaciones de injusticia y
urgencia de solución de la crisis social, está la clase política que sigue
alimentando junto a los operadores de justicia un círculo vicioso de mercado
negro de la Justicia, cuando estos operadores quieren influir en el curso de la
política mediante la judicialización de la política, o cuando políticos
presionan para que los operadores de justicia fallen según sus conveniencias
mediante la politización de la Justicia. Un círculo vicioso que es de ida y
vuelta, y que no basta con el anuncio de ajustes a las normas que anunció hace
poco el ministro Lima, sino que pasa porque se vaya construyendo una reforma de
abajo hacia arriba, un espacio en el que primero sea atendida la población y
luego, los políticos.



