Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: jueves 23 de septiembre de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Judicial
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Tras el informe presentado en días pasados al país por parte
del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes(GIEI) en el cual hace
conocer que es urgente una verdadera reforma a nuestro sistema judicial,
nuevamente la alicaída justicia boliviana está en el ojo de la tormenta. La
cual por supuesto es una de las instituciones del Estado que menor credibilidad
y confianza tiene por parte de la sociedad civil. Hoy en día nadie cree en el
desempeño transparente y correcto de una verdadera administración de justicia que
realiza el Órgano Judicial.
Hace años atrás que se viene hablando sobre una verdadera
reforma institucional, pero solo quedó en discursos en buenas intenciones y
nada más que eso. Sin que hasta la fecha haya habido un verdadero cambio al
mencionado Órgano estatal.Incluso se llevaron a cabo pomposas “Cumbres
Judiciales” sin resultados efectivos para su transformación.
Según nuestra vigente Constitución Política del Estado
(CPE), el Órgano Judicial está compuesto por el Tribunal Supremo de Justicia,
el Tribunal Agroambiental, por una Justicia Indígena Originaria Campesina (que
ni suena ni truena), por el Consejo de la Magistratura y el Tribunal
Constitucional Plurinacional. Por más que se pretenda hacer cambios a su
estructura institucional, es decir, suprimir, fusionar o crear mediante una
reforma parcial a la CPE, no tendrá el éxito esperado.
Hubo un primer gran avance al reformar la justicia
institucional en nuestro país, mediante Ley No. 1585 de 12 de agosto de 1994 –
Ley de Reforma a la Constitución Política del Estado. En la cual el Poder
Judicial de ese entonces incorpora las instituciones del Tribunal
Constitucional, Consejo de la Judicatura y mediante Ley 1715 el Tribunal
Agrario Nacional. El primero para ejercer netamente un control constitucional,
el segundo para ser la instancia administrativa y disciplinaria y el tercero
para administrar temas agrarios. Porque hasta antes de eso nuestra justicia
mantenía la misma estructura de los viejos modelos traídos de Europa.
Como sabemos, todo ente es abstracto e invisible. Quienes le
da vida a una institución son los recursos humanos que la manejan. Entonces la
verdadera metamorfosis a la justicia boliviana, estará en aplicar un nuevo
cambio de mentalidad en el personal jurisdiccional y administrativo que en
adelante estará a cargo. Si no se logra ese cambio efectivo y eficaz de nada
servirán las reformas que se quieran realizar de aquí para adelante. Porque
todo seguirá siendo lo mismo con olores nauseabundos a corrupción, retardación
de justicia, sentencias judiciales con pago para el mejor postor entre otros
males y que se respiran a diario en los pasillos judiciales.
Esa mutación de mentalidad que se debe hacer en los
operadores de justicia, abogados/as, fiscales, policías e incluso en la
sociedad civil, también debe venir desde las aulas universitarias públicas y
privadas. Porque ahí también nace la corrupción entre docentes y
universitarios, desde ahí se distorsiona el verdadero y correcto uso del
Derecho. La curricula de estudio en las ciencias jurídicas de igual modo debe
llevar cambios trascendentales porque la visión del futuro abogado/a está
enfocado únicamente en tener la especialidad de litigante pleitista y que tiene
que ganar a toda costa un juicio hasta el punto de hacer correr dinero mal
habido debajo de la mesa de un juez o jueza a través de intermediarios.
La sociedad civil también es gran culpable con lo que sucede
hoy en día en la justicia boliviana. En muchos casos son los primeros
incitadores para que germine la corrupción en los estrados judiciales. Debido a
que tientan a los/las profesionales del Derecho para que cometan
irregularidades en el desarrollo de los procesos judiciales. Claro que hay
jueces, juezas, abogados/as y fiscales probos/as e idóneos/as pero
lamentablemente son un grupo minúsculo que son opacados por ese otro grupo
mayúsculo que hacen quedar muy mal a esa noble profesión.
También se debe pensar seriamente en cerrar por un buen
tiempo las carreras de Derecho en universidades públicas y privadas a fin de
hacer una seria y concienzuda reflexión acerca de qué tipo de abogado/a se
requerirá para los próximos cincuenta años. Debido a que los/las 80 mil
abogados/as que aproximadamente se tiene en el país, una gran mayoría no tienen
cabida en el espectro laboral.
Otro mal que debe ser atacado en esta nueva reforma judicial
que se pretende realizar en el país, es la despartidización o despolitización
de la Justicia. Como ejemplo nítido y claro se tuvo a fines del 2020. Donde la
administración de justicia estuvo al sol que nace. Hasta antes del 8 de
noviembre estuvo pintada de un color político y después de esa misma fecha se
cambió sin rubor alguno al color político del gobierno de turno.
Es de esperar que las autoridades del Ministerio de Justicia
que ya están preparando los cambios trascendentales al sistema judicial, tomen
en cuenta que la verdadera transformación no está en lo estructural, sino en
los recursos humanos. Porque de nada servirá tener nuevos y lindos nombres
institucionales, dotados de las mejores oficinas sino se cambia ese chip mental
podrido del recurso humano que años de años está anclado en los distintos
juzgados que conforman ese importante Órgano del Estado.



