Medio: La Razón
Fecha de la publicación: domingo 12 de septiembre de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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El Informe del Grupo Interdisciplinario de Expertos
Independientes (GIEI), presentado en agosto, devela una vez más una profunda
realidad colonial y racista del Estado en Bolivia y de los grupos de poder que
han gobernado (y siguen haciéndolo) un territorio que les es ajeno por más de
500 años. Es interesante, mediante un conjunto de datos, testimonios y
registros de medios de comunicación del GIEI, extraer un tipo de regímenes mentales
del poder. Un detalle que es importante notar, puesto que esos regímenes
mentales en los hechos son el sustrato constitutivo del Estado, de los
imaginarios sociales de “élite” y de ciertas empresas de comunicación. En el
Informe se deja traslucir cómo un tejido de subjetividades se convierte en
actos de habla, con tonos propios de los grupos de poder. Esto es que han
recurrido a los miedos profundos y centenarios frente a los Otros, los indios.
Aquí está una de las razones de la violencia estatal y civil en 2019,
particularmente en contra de los aymaraquechuas en las
ciudades y áreas rurales.
Hay que decir que dicho Informe no es un relato de las
víctimas sino de un organismo internacional que se apoya en evidencias fácticas
y documentales, mediante el recorrido por los distintos lugares del país; el
acopio de testimonios de cómo fueron tratados o vistos desde esos regímenes
mentales quienes sufrieron violencia estatal y civil. Esa célebre frase de
“matar indios es hacer patria” se hizo así nuevamente realidad. El indio
siempre ha sido un problema para los “letrados”, por eso han dedicado libros
íntegros para constreñir en unos casos y discernir en otros los fueros internos
de esos Otros. Hoy esa política continúa con cierta antropología o sociología y
otras ciencias con métodos positivistas y darwinistas. Aunque esos estudios a
la vez hacen que descubramos el fuero interno de esas mentalidades que
paradójicamente dicen ubicarse en la era poscolonial. Por eso la muerte, la
masacre, la violencia sexual, abusos contra los detenidos, ultraje de las
mujeres con toques impúdicos, lenguaje larvado de odio y racismo, la negación
de ayuda médica por parecerse indios, es la estructura misma de la sociedad
criolla y del Estado. En 2019 se sabe de cómo operaron estos principios. Aquí
algunos datos del GIEI sobre ello:
“El GIEI advierte que los detenidos fueron sometidos a los
siguientes modos de tortura: golpes (puñetazos y patadas) en varias partes del
cuerpo; golpes con el uso de bastones (toletes) y culatas de armas de fuego;
choques eléctricos con armas tipo “taser”; sofocamiento con gas lacrimógeno;
obligación de permanecer de rodillas con las manos en la nuca por horas;
cubrimiento de los ojos con vendas o bolsos plásticos; inmovilización con manos
y pies amarrados; privación de agua y alimentación; privación del uso del
baño”.
Médicos que denuncian a la Policía: “A las 20.00 horas del
jueves, la Policía, tres oficiales, me detuvieron argumentando que me había
escapado del hospital Corea (El Alto). Me sacaron fotos y me tomaron una
grabación a partir de la toma del testimonio. El policía me acusó de ‘masista’,
de ‘saqueador’”.
El terror. “El 21 de noviembre salimos con los ataúdes a
pedir justicia, llegamos a La Paz, el ataúd de mi hermano era el blanco, la
prensa y las autoridades dijeron que el ataúd iba vacío, pero ahí iba mi
hermano y no respetaron ni su cuerpo ya que ahí volvieron a gasificarnos a
todos. A mí me tuvieron que llevar al hospital porque me desmayé por la
gasificación de la que fuimos víctimas”.
GIEI “…advierte que los detenidos fueron identificados como
terroristas responsables por los ataques en El Alto, sin respeto alguno por el
principio de presunción de inocencia. El GIEI, asimismo, nota que el comandante
general de la Policía Boliviana en esa fecha, Yuri Calderón, participó
personalmente del acto”.
Tortura: “Se registra la práctica, en ese momento, de los siguientes
métodos de tortura: mantenerse apoyado en un solo pie y con las manos detrás de
la cabeza; si se pierde el equilibrio, la persona es golpeada; mantenerse de
rodillas; desnudarse; golpes corporales (patadas); hacer ejercicio físico (
flexiones) hasta el agotamiento; amenazas de muerte, incluso con el uso de
cuchillos”.
El gobierno transitorio expuso esa mentalidad: “Áñez designó
un gabinete sin personas de origen indígena, apareció frecuentemente en público
con la Biblia y una cruz, advirtió a los votantes que no permitirán el regreso
de los ‘salvajes’ al poder y persiguió a quienes apoyaban al gobierno de
Morales”.
En Sacaba, Cochabamba, los datos son extremadamente
similares a los de El Alto. Esto evidencia efectivamente la existencia de esos
regímenes mentales, siendo, entonces, la referencia de la historia del Estado
que viene desde los tiempos de Túpac Katari-Bartolina Sisa (1780-81) o Pablo
Zárate Willka (1899-1903). Desde esos tiempos los grupos de poder colonial han
recurrido a los imaginarios de odio, con el fin de destruir y negar a los Otros
su humanidad. La degradación humana es una de las condiciones de esos regímenes
mentales. Ahora, en 2019, esto se dejó notar claramente y se presenta casi
naturalmente en ciertos medios de comunicación, en los escritos de sus
intelectuales y de sus líderes políticos. La degradación física y psicológica
en ese sentido es un abierto mecanismo de control de los cuerpos y de las
intimidades de las personas mediante el encarcelamiento sin argumento legal o con
amenaza de desnudarlos o con amagues en violación sexual, etcétera.
Estas son evidencias de lo neocolonial del Estado y de las
“élites” porque se niega la vida mediante masacre y humillación; así, esto se
convierte en una pedagogía íntima de aquél. En este sentido, las masacres de
Senkata y Sacaba (y de octubre de 2003 en El Alto) son parte de ese largo
legado del Estado y los grupos de poder. Para mantener ese legado se llegó al
extremo de acusar sin sustento a esos Otros; por ejemplo, en 2019 los alteños
supuestamente querían explosionar la planta de Senkata. GIEI no encontró
evidencia. Sin embargo, fue ampliamente publicitado por varios medios de
comunicación.
“El GIEI observa que el muro no tenía estructura de
hormigón, y que las perforaciones apuntadas en las fotos no revelan, en un
examen visual, señales de fuego, humo o explosión. Así, no se puede
comprobar prima facie la teoría del uso de material explosivo
para derribar el muro, sin realizar un análisis químico específico para
determinar la presencia de residuos de explosivos. El GIEI no identificó
elementos probatorios para considerar que el muro fue objeto de detonaciones”.
Estas son las dimensiones históricas de esas mentalidades
tan parecidas a las de 1899 o 1903 y por lo mismo se convierte en elemento
estructurante del poder de los poderosos, aunque contradiga los discursos de
modernidad y de civilidad de tales grupos.
¿Por qué el MAS no ha desestructurado ese aparato mental y
físico del Estado? ¿Cómo es comprensible y explicable que quienes se llamen
liberales y demócratas puedan haber callado frente al asesinato de seres
humanos? ¿Cómo entender que cierta intelectualidad de izquierda haya mantenido
silencio frente al ultraje de los alteños o los de Sacaba? O ¿cómo entender a
quienes han vivido de la historia y de la lucha aymara hayan callado o
respaldado sutilmente actos de violencia sexual contra las mujeres indias en
2019? Posiblemente, por algunas de esas razones pensadores como HCF Mansilla
ocupen aún los grandes lugares en las letras bolivianas.



