Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: viernes 10 de septiembre de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Judicial
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profesional y personal que me había hecho del ministro Lima, su propuesta de
reforma judicial me ha sorprendido negativamente. Pongamos el tema en contexto.
En 2016, el entonces vicepresidente del Estado reconoció que, la justicia en el
país, era una vergüenza y que apestaba: “hoy estamos decepcionados de la
justicia. Es el lugar de mayor corrupción y apesta. Nos da vergüenza y nos
comprometemos a sacar de cuajo este cáncer”.
Identificó, como
causa, que la injerencia política en la selección de los candidatos en 2011,
fue un error. El primer objetivo de la elección judicial de 2017 sería
“restablecer la meritocracia y la capacidad como aspectos fundamentales para
seleccionar autoridades de los órganos de justicia”. Para ello, la misión sería
“realizar una cirugía a corazón abierto a un sistema hundido en el mayor de los
descréditos”, para construir una “justicia transparente, rápida y gratuita, que
elimine la corrupción y garantice independencia política a los operadores de
justicia.”
En línea con este
discurso, la Asamblea Legislativa diseñó un aparatoso mecanismo de calificación
de postulantes que comprendía méritos profesionales, un examen de conocimientos
específicos elaborado por el CEUB, y entrevistas individuales. A pesar de todo
el espectáculo, la injerencia política directa en todo el proceso quedó, esta
vez, expuesta; se mostró que, reformar la justicia con los mejores “de chaleco
o poncho”, nunca fue un objetivo (“Entrevista favoreció candidatos”, P7,
11.09.17; “Reacciones a un estudio sin seriedad ni validez”, P7, 16.09.17).
Específicamente, 24
horas antes del anuncio oficial, identificamos a 33 de los 36 postulantes que la
ALP eligió como candidatos para la elección judicial. Como la probabilidad de
este acierto “por suerte”, es de uno entre más de 100 mil millones, y la
selección de la ALP incluye a postulantes aplazados en méritos o en el examen,
la conclusión, inescapable, es que la selección obedeció a criterios
estrictamente políticos.
Como no podía ser
de otra manera, el resultado fue otro desastre judicial que, esta vez, ha
llevado la chicana y las malas artes procesales, a los más altos tribunales,
marcando el colapso terminal de la “majestad de la justicia”. El ministro Lima
propone reformarla negando, de forma explícita, la posibilidad de remover
–menos aún de juzgar– a los “desmerecidos personajes” que se nos impuso
políticamente en 2017, y que han socavado los cimientos de la democracia y de
la seguridad jurídica. Lo que el ministro propone, equivale a pedir que la
sociedad juegue una “ruleta rusa” con “reglas Lima”: a) se cargan balas a todas
las cámaras del revólver; b) se nos garantiza “la ventaja” de disparar primero;
y, c) nos asegura jueces suficientes e imparciales para certificar el
resultado. Es decir, la reforma Lima es suicidio para la sociedad.
Para construir una
“estructura de justicia real”, el problema a resolver hoy, no son las normas,
las cantidades, ni los procedimientos; es la existencia de esa banda de
desmerecidos personajes, ilegítimamente empoderados, que pueden cambiarlas
discrecionalmente. Apremia identificar y colocar, en los tribunales superiores,
a las y los “ética y académicamente mejores”, para que conduzcan, de forma
autónoma y sin injerencia política, la real “reforma refundacional” de la
justicia. La nueva estructura se construiría siguiendo una secuencia de
prioridades generadas por la estrategia nacional de desarrollo socio-económico
sostenible, pero sobre cimientos sólidos de principios y valores que garanticen
la estabilidad de la estructura a largo plazo.
La CPE garantiza
una justicia independiente, oportuna y transparente, como derecho ciudadano
básico. Si el ministro de justicia, no sabe cuándo habría esa justicia, su
gestión será parte de “la justicia corrupta que apesta”. Así, ¿cómo espera que,
la ciudadanía, obedezca normas derivadas de una CPE que se lee y aplica
discrecionalmente, y, además, lo apoye en una reforma que no quitará ni la
corrupción ni la pestilencia de la injusticia?
No olvidemos que la
sociedad civil somos los mandantes, y los funcionarios nuestros mandatarios;
cuando éstos pierden la vergüenza, la sociedad les pierde el respeto, y la
historia los señalará.
Enrique
Velazco Reckling es investigador
en desarrollo productivo.



