Medio: El Deber
Fecha de la publicación: miércoles 08 de septiembre de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Judicial
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Debemos partir de
una premisa irrefutable de que la necesaria y urgente reforma judicial que está
exigiéndose en el país, para poder recuperar un mínimo del sitial de
responsabilidad y seguridad que deben tener los operadores de justicia
(magistrados, jueces y funcionarios de menor rango), para el cumplimiento de
sus delicadas labores, es la formación profesional de sus componentes que deben
ser abogados.
Es una verdad de
Perogrullo que solo los abogados pueden ser magistrados o jueces y
consecuentemente los aspirantes a estas funciones, primero deben
profesionalizarse y titularse de abogados para después poder pretender ser
elegidos o designados como magistrados o jueces (salvo los funcionarios de
rango menor que serán, en todo caso, estudiantes de Derecho), y eso nos lleva
al origen mismo de la formación como profesionales abogados que las personas
reciben en las facultades de Derecho de las diferentes universidades públicas o
privadas.
Esto nos lleva a considerar
algunas reflexiones, inherentes al comportamiento de los profesionales
encargados y responsables de administrar justicia.
Desconozco la
cantidad de facultades de Derecho que existan en Bolivia, aunque es obvio que
la mayoría absoluta de las universidades públicas o privadas tienen en su
oferta de estudios la carrera de Derecho. No es un aspecto secreto, que muchos
de los estudiantes de Derecho lo hacen porque se sienten no capacitados para
las matemáticas u otras materias técnicas, dejando de lado un elemento
primordial en la vida de las personas que es la vocación, que tiene una lógica
consecuencia que es una pobreza de profesionalización en acceder a actividades
para las cuales ese profesional, estará capacitado técnicamente en el Derecho,
pero no va a sentir en lo profundo de su ser, que es el operador de un alto
valor moral como es la Justicia y la defensa de los derechos de las personas.
No es materia de
este artículo analizar el comportamiento institucional de las universidades en
sus carreras de Derecho, sobre la formación profesional de los estudiantes,
pero sí es parte inherente al conocimiento del graduado y en especial al
comportamiento que deba mostrar en su vida profesional.
Hay una materia o,
por mejor decirlo, un aspecto que no creo que ninguna universidad pública o
privada tenga en su pénsum, que es el estudio y la formación del estudiante de
Derecho en ética. Sabemos que este alto valor axiológico tiene dentro de sí el
conjunto de normas morales que rige la conducta humana, es una cuestión de
responsabilidad práctica, personal y cotidiana. La ética se debe aplicar en
cada momento, y en todas las actividades que tenemos, porque es o debiera ser
una cualidad esencial de las personas, debe formar parte integrante de la vida
cotidiana.
El desempeño en la
vida profesional de un abogado que no se encuadre en la ética ya es desdeñable,
pero se agrava tremendamente cuando ese profesional abogado desempeña las
funciones de magistrado o juez y su conducta, por ausencia de ética, destroza
la seguridad, la confianza y afecta de diferentes maneras la vida de relación
en sociedad, al no tener seguridad jurídica, de que quien debe defender el
derecho y aplicar la justicia, por ausencia de ética, tuerce la verdad y
beneficia lo incorrecto.
Si buscamos una
verdadera revolución de transformación en la administración de justicia, se
debe empezar por revolucionar el pénsum y la formación académica de las
facultades de Derecho en todas la universidades públicas o privadas, en que el
estudio y formación del estudiante de Derecho esté sustentado en la ética, y
así vislumbrar cuando esos estudiantes sean profesionales, habrá una seguridad
moral que dé seguridad jurídica a la población en general, en el accionar de
quienes sean designados magistrados o jueces.



