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Medio: Jornada
Fecha de la publicación: martes 07 de septiembre de 2021
Categoría: Representación Política
Subcategoría: Acoso y violencia política
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La participación política de las mujeres indígenas aún es
un asunto pendiente en Bolivia por la discriminación, la falta de espacios de
formación y la adecuación a la tecnología, pese a las leyes nacionales que
fomentan la equidad de representación y sancionan el acoso político.
Las dificultades de las mujeres indígenas se presentan
primero en su ingreso a la actividad política y se complican en el caso de que
resulten electas como autoridades en medio de tensiones con sus pares varones y
el dilema de ejercer ese cargo bajo su propia convicción o supeditadas a las
decisiones de su organización.
Los casos de presiones para que muchas renuncien a sus
cargos pese a haber sido elegidas, las destituciones forzadas y hasta
asesinatos como el de la concejala Juana Quispe en 2012 son parte de una
situación contradictoria en Bolivia, donde por ley la presencia femenina en el
Parlamento debe ser equitativa a la de los hombres.
El difícil ejercicio de un cargo
«Se ven más dificultades» que avances, manifestó a Efe la
diputada indígena Toribia Lero de la opositora Comunidad Ciudadana (CC) ya que
«las agresiones y violencia continúan» en contra de las mujeres que buscan
hacer un camino en la política.
A juicio de Lero las mujeres tienen una forma «propia» de
hacer política que las diferencia de los hombres con base en su «libre
determinación», algo difícil de conseguir en contextos de polarización como el
que afronta el país tras la crisis de 2019 y que ha dividido las posiciones en
torno a acusaciones de «golpe de Estado» o «fraude electoral».
La legisladora apuntó lo difícil que es hacer un camino en
la política en el que considera que debe existir una «formación permanente» y
el conocimiento de la «diversidad» del país para realmente «producir algo» y no
solamente levantar la mano en los momentos de votación.
Las dificultades que identificó parten de un contexto que
sigue siendo «patriarcal y machista» ya que las violencias surgen tanto contra
las mujeres de oposición porque deben «someterse» al partido mayoritario como
las oficialistas a las que se les pide «levantar la mano en bloque» sin opción
a «decidir libremente», ejemplificó.
Inclusive, Lero considera que se ha llegado a pensar que es
una simple «obligación» completar el 50 % de cupos de mujeres, algo que a su
juicio «no es así».
Entre roles domésticos y política
En gran parte del área rural boliviana el rol político de
las mujeres debe coexistir con su labor en su familia, trabajo y cuidados de
los animales, manifestó a Efe la coordinadora del Centro de Desarrollo Integral
de la Mujer Aimara (CDIMA), Teresa Condori.
A partir de eso, consideró que las mujeres indígenas
necesitan «un impulso» para ejercer los cargos públicos en ámbitos en los que
«hay bastante discriminación» como la propia familia y los espacios políticos.
A juicio de Condori, las dificultades que se presentan están
principalmente en la necesidad de una «suficiente educación superior» y el
necesario «manejo tecnológico» que se han convertido en requisitos para el
desempeño de la labor política.
Justamente, una publicación de CDIMA estableció que las
mujeres indígenas «son utilizadas por diferentes partidos políticos como
símbolos de lucha» y que la «discriminación» persiste a pesar de las normas que
garantizan «paridad y alternancia» en el caso de los cargos electivos.
«Los hombres descalifican a las mujeres con el argumento de
que ellas no tienen formación» y que si bien hay un aumentado real de las
mujeres en la política «eso no significa que puedan ejercer sus derechos
políticos», señala el texto.
La participación política de las mujeres en Bolivia comenzó
entre 1947 y 1949 cuando aquellas con instrucción podía optar por cargos
municipales, aunque recién en 1952 se estableció una igualdad de derechos con
los hombres cuando se estableció el voto universal.
En 1997 se dispuso mediante una ley nacional que el 30 % de
las listas de las candidaturas al Parlamento debían estar compuestas por
mujeres, algo que se extendió al 50 % en 2004 mediante criterios de paridad y
alternancia.
Actualmente, el 55,6 % de los cargos en el Senado son
mujeres y 46,9 % en la Cámara de Diputados.



