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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: lunes 06 de septiembre de 2021
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Democracia interna y divergencias
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Contenido
Hasta las elecciones generales de 1997 los partidos
políticos dependían económicamente de aportes privados que no eran controlados
por el Estado, lo que abría de par en par las puertas para financiamientos con
dinero proveniente de actividades ilícitas, como por ejemplo el narcotráfico.
El debate sobre este asunto nació a la par de la
recuperación de la democracia, en 1982, pero se tuvo que esperar más de una
década para que se den avances concretos. La ley de régimen electoral de
1997 y luego la de partidos políticos de 1999 legislaron sobre el
financiamiento a las fuerzas políticas y los mecanismos de control, incorporando
el financiamiento del Estado para procesos electorales, con la lógica de que
todos los partidos puedan competir en igualdad de condiciones.
Con ese mismo espíritu, el del pluralismo político e
igualdad en la competencia electoral, la ley de organizaciones políticas del 1
de septiembre de 2018 ratificó para los partidos un modelo de financiamiento
mixto: público y privado, este último “con restricciones”.
“Las organizaciones políticas podrán financiar sus
actividades, en especial la participación en procesos electorales, con recursos
provenientes del aporte de sus militantes, simpatizantes, invitados y miembros;
colectas públicas; y contribuciones, donaciones o subvenciones lícitas de
fuentes privadas”, dispone el artículo 70.
Luego se definen algunas restricciones, como que los aportes
de las personas no se recibirán si fueron obligados “por sus superiores
jerárquicos o empleadores, sea en entidades públicas o privadas”.
Pero, como bien sabemos, en el país “hecha la ley, hecha la
trampa”. Si la normativa puso una restricción para los aportes obligados por
los jefes o los empleadores en las entidades públicas, no dice nada sobre
aportes “voluntarios” provenientes de funcionarios que se ven en la necesidad
de hacerlo para mantener sus fuentes de trabajo.
La práctica data de hace décadas, pero en su último congreso
el Movimiento Al Socialismo la afinó a niveles que dejan como principiantes a
los operadores de los partidos que gobernaron durante la denominada “democracia
pactada”.
Dispuso que absolutamente todos sus militantes paguen un
aporte, en especial quienes trabajan, mientras que, en paralelo, el Ejecutivo,
que está en sus manos, exige militancia a los funcionarios. Incluso hay listas
de persecución para expulsar a quienes podrían haber trabajado con el anterior
gobierno. Sumado a ello, la mayor parte de los funcionarios del Legislativo son
masistas y es bien sabido que en el Órgano Judicial tener militancia en ese
partido abre puertas.
En resumen, un conveniente sistema de autofinanciamiento
partidario que mueve aportes de miles y miles de funcionarios pagados con
recursos de todos los bolivianos, incluidos los 3. 938. 873 que no votaron por
el MAS en las últimas elecciones generales.
La pasada semana Página Siete hizo una proyección bastante
moderada sobre este mecanismo de financiamiento y resulta que el partido en
función de gobierno recaudará al menos 21 millones de bolivianos al
año, más de tres millones de dólares, equivalentes a lo que un partido promedio
presupuesta para una campaña nacional cada cinco años.
Además del monto, hay muchas cosas que llaman la atención,
como el hecho de que al jefe, al no tener empleo, le bastará con aportar
12 bolivianos al año, mientras que otros, los viceministros masistas, por
ejemplo, tendrán que depositar 7.272 bolivianos en ese mismo tiempo a las
cuentas de su partido.
Ciertamente uno es libre de destinar el total de su salario
a lo que vea conveniente, pero también es cierto que cuando las cuotas
partidarias están calculadas en función del empleo, lo lógico es que el aparato
público se consolide como la agencia de empleos más grande del país, en el que
el carnet de militancia valga más que la trayectoria profesional de las
personas.
En este contexto, asistir a una asamblea partidaria será la
ruta más expedita para conseguir empleo y no así los años de formación
académica, lo que anticipa una administración pública más ineficiente y
corrupta de lo que ya es.



