Medio: La Razón
Fecha de la publicación: miércoles 01 de septiembre de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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Cada vez más voces ponen en cuestión el “análisis de
integridad electoral” realizado por la OEA sobre los comicios de 2019 en
Bolivia, cuyo informe preliminar precipitó el derrocamiento del expresidente
Morales. Se cuestiona el alcance, la consistencia y, por tanto, la validez de
dicho trabajo del equipo de Almagro. La oposición, en tanto, lo asume como
evidencia de su narrativa de “fraude”.
El análisis de integridad electoral, mal calificado como
“auditoría”, se realizó a solicitud del propio gobierno de Morales, como un
recurso para superar la crisis poselectoral. Los opositores en pleno lo
rechazaron y descalificaron de antemano. Así, fue objeto de sospecha y de
polémica desde el inicio mismo de su elaboración. Como sea, se esperaba que
dicho análisis diera certidumbre sobre los resultados de la votación, que según
el cómputo oficial del TSE dio como ganador al MAS-IPSP en primera vuelta.
Más que brindar alguna certeza, el informe de Almagro fue
utilizado como instrumento político para desconocer el resultado de las
elecciones, a tono con la sentencia previa emitida por la Misión de Observación
Electoral de la OEA al día siguiente de los comicios, sin esperar el cómputo
conforme a los plazos y procedimientos legales. Sus “hallazgos preliminares”,
difundidos de madrugada el 10 de noviembre de 2019, marcaron un quiebre en la
crisis político-institucional en torno al proceso electoral.
Si el informe preliminar se adelantó —debía ser presentado
el 12 de noviembre—, el informe final se atrasó hasta su difusión en diciembre.
El documento identifica indicios, errores, irregularidades graves y “acciones
deliberadas que buscaron manipular el resultado de la elección” (no afirma que
lo manipularon, sino que buscaron hacerlo). Sobre esa base, concluye que no
puede validar los resultados de la elección y recomienda un nuevo proceso. Esta
vez, el análisis de Almagro fue celebrado por la oposición.
Si bien algunos análisis posteriores reafirman los hallazgos
del equipo contratado por el secretario general de la OEA, otros tantos los
cuestionan y rebaten técnicamente. Se observa en especial que la parte
sustantiva de la “auditoría” se haya concentrado en el TREP, un sistema con
fines exclusivamente informativos. Se esperaba que el informe de Almagro
verificara el cómputo basado en las más de 33.000 actas en papel. Pero solo
revisó una muestra, encontrando “irregularidad de interés pericial” (sic) en
226.
Más allá del vano debate sobre si el “análisis de integridad
electoral” de marras es o no una auditoría (según el exvocal Antonio Costas, se
trata de un informe “muy superficial, sesgado y sin ningún fundamento”), es
necesario que las y los bolivianos cerremos este capítulo con certidumbre y
aprendizajes sobre un proceso electoral precluido. Que una autoridad haga hoy
recuento de actas no parece la mejor vía. Quizás sea necesario, más bien,
realizar una auditoría independiente de la “auditoría”.



