Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: martes 29 de octubre de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Pese a todos los
argumentos del oficialismo, la certeza de que Evo Morales no alcanzó el
porcentaje necesario y la certeza de que perdería estrepitosamente en la
segunda vuelta son irrefutables. Vanos son los artificios discursivos, las
medias verdades y todo un amplio arsenal de justificaciones en gran medida
absurdas en la consciencia ciudadana ya es un tramposo perdedor.
En el materialismo
histórico, base filosófica del socialismo siglo XXI, el sentido común (del que
nos hablaba con frecuencia el vicepresidente García Linera) se define como una
suerte de irrefutables conclusiones en contra de las elucubraciones
irrelevantes, pues bien, el sentido común sugiere que Evo Morales deje el
poder, pues la historia de la humanidad muestra que es imposible vencer a un
pueblo enardecido. Podrá tomar algún tiempo, pero, irremediablemente, la
batalla la pierde el tirano.
El sentido común
muestra que cuando cientos de miles (sino millones, como en los últimos
cabildos) retiran el apoyo al que los gobierna, las posibilidades de gobernar
están diezmadas. Sólo le queda el uso de violencia y la fuerza represiva del
Estado; empero, por el mismo sentido común sabemos que por lo general eso dura
muy poco.
También el sentido
común aconseja que cuando un gobernante ha perdido la legitimidad de forma tan
dramática como lo hizo Evo Morales, lo mejor es replegarse; es lo único que le
permitiría seguir vigente en los años que siguen. Por sentido común, un
gobernante que sale por la puerta trasera ha quemado sus posibilidades futuras.
Sobrevivirá en el lado oscuro de la historia.
El sentido común
mostraría a cualquier ciudadano que las multitudinarias marchas y protestas
hacen parte de la realidad. Sucede que, acostumbrados a creerse sus propias
mentiras, hoy se han convencido de que ese no es el pueblo. El ciudadano de a
pie sabe, empero, que el “pueblo” que se ha instalado en la cabeza de los
masistas hace mucho que se limitó a unas cuantas corporaciones (algunas incluso
de dudosa reputación), un puñado de militares, algunos sindicatos prefabricados
y el entorno palaciego.
¿A quién
podría, por ejemplo, convocar la COB? Por mero sentido común ni a sus
esposas. El sentido común les debiera sugerir que tanta gente unida por
la misma voluntad democrática es mucho más pueblo que las seis federaciones de
cocaleros, una federación de mujeres aguerridas y bien remuneradas, un Kaliman
de menguada dignidad profesional y algunos acólitos aventajados. Los pueblos de
verdad siempre están muy lejos de estos contubernios, generalmente en las
calles.
El sentido común
sugiere que cuando millones ocupan los espacios públicos, una verdadera
amalgama de credos, posiciones políticas, razas, etnias e identidades se han
dado cita más allá de sus diferencias. Racializar el conflicto e intentar
mostrarlo como una disputa racial y discriminadora no sólo es inútil, sino que,
además, peligrosa por naturaleza. Sucede que cuando el pueblo decide defender
sus derechos con la fortaleza con que ahora los defiende, todas las “marcas”
raciales, políticas o de cualquier tipo desaparecen como por arte de magia.
Los tiranos caen
precisamente por imaginar pueblos, sublevaciones, golpes de Estado y
variadísimos fantasmas allí donde no los hay.
Finalmente, el
sentido común sugiere que antes de pasar a la historia con más sangre de la que
ya lo ha manchado, Evo Morales debiera evitar entrar a los textos académicos
como un gobernante ambicioso o un tirano que no dudó en enfrentar a su pueblo,
y, en aras de la gloria que tanto añora, dejar la posta en nombre de su
memoria. Quizá así, la historia lo absolverá.



