Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: lunes 28 de octubre de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
Dirección Web: Visitar Sitio Web
Lead
Contenido
Es posible que al momento en que se publica esta columna el
Gobierno esté por analizar el Estado de Sitio como uno de los recursos que
tiene para salir de la peor crisis que le ha tocado vivir en 14 años.
Siempre ha sido una opción, pero la aplican generalmente
cuando se ha perdido la capacidad de convencer a los gobernados, se ha reducido
la legitimidad de quien está en el poder y se le hace cada vez más difícil
sostenerse. Sólo basta ver lo sucedido en Chile esta semana para darse cuenta
que la alternativa de apoyarse en las FFAA no es sostenible, pues no todos los
militares están dispuestos a enfrentar al pueblo movilizado, como ocurrió en el
pasado. Las experiencias de décadas anteriores ayudaron a que la institución
castrense boliviana madure y evite la peligrosa confrontación con los civiles.
En Chile los resultados del uso de la fuerza han sido
terribles y el toque de queda no ha durado ni siquiera siete días. El estado de
excepción es un recurso constitucional, pero también lo es la movilización
ciudadana pacífica. Piñera se vio obligado a escuchar a una mayoría de su
pueblo y ahora intenta rectificar, lo que puede desembocar en una pacificación
del país.
En Bolivia la crisis política afortunadamente no produjo en
sus primeros seis días tragedias, lo que pudo ayudar a creer que se puede aún
evitar el abismo. Sin embargo, a diferencia de Chile, aquí la crisis es más
profunda porque muestra una escalada que puede enfrentar en las calles a
ciudadanos contra ciudadanos. Por al alto riesgo de entrar a un escenario del
que después será mucho más difícil salir, ni el Gobierno ni la dirigencia de la
oposición deben jugar con fuego. Si se alarga más tiempo la crisis política y
social, la economía puede sufrir un descalabro y Bolivia podría perder en días
lo que consiguió en años con el esfuerzo de todos sus pobladores. Para
evitarlo, hay distintos niveles de responsabilidad. La primera es la del
Presidente, y, en segunda instancia, la de los dirigentes de la oposición, que
también están llamados a evitar el colapso que muchos queremos que no ocurra.
Que cedan para que ganemos todos es lo que esperamos de la
clase política. Y ceder implica necesariamente un primer acuerdo urgente
de pacificación del país para resolver de manera inmediata la disputa del poder
mediante el voto.
Persistir, en cambio, en las posiciones de ahora sólo
acelerará el suicidio colectivo, del que ni siquiera se salvará en el tiempo el
Gobierno, por más que se sostenga en el uso de la fuerza. Hacerlo sólo
prolongará una dolorosa y costosa agonía, como le ocurre ahora al pueblo
venezolano.
Disputas tan profundas como las de este momento pueden durar
muchos y largos años. En el balance final, el daño mayor lo sufre el país. Sin
embargo, es posible todavía confiar en que el Presidente no esté dispuesto a
ser él quien nos conduzca a esa catastrófica situación.
Optar por la fuerza en la resolución de la disputa del poder
es algo que la comunidad internacional tampoco aceptará. Al contrario, ya la
OEA, la Unión Europea y algunos gobiernos vecinos han coincidido en la lectura
de que, ante las serias dudas del desarrollo de la elección y del cómputo del
sufragio del domingo pasado, la mejor salida a la situación de convulsión
social sea otra votación entre la primera y la segunda fuerza política.
El Gobierno ha tenido hasta antes de la elección del domingo
pasado la aprobación de los organismos internacionales y de una mayoría de
gobiernos del mundo, pero la puede perder con la misma rapidez que ha reducido
su legitimidad en el país, a partir del rechazo de más de la mitad de la
población boliviana. La desconfianza ya no es sólo interna, sino que gobiernos
que le dieron su respaldo, como por ejemplo el español, ahora dudan de la forma
en la que pretende continuar otro mandato.
Hasta antes de la elección del domingo 20 el Gobierno había
logrado controlar tres de los factores que podían haber producido un escenario
de crisis generalizada de Estado y, por consiguiente, precipitado un cambio de
ciclo: la estabilidad económica, social y política, el apoyo internacional y la
oposición. Días después de la votación, las tres condiciones han variado
velozmente por la desconfianza en el proceso electoral. Hay ahora una peligrosa
conflictividad política y social, que puede descomponer rápidamente la
economía, la comunidad internacional empezó a dudar y la oposición se unió para
frenar a Evo Morales.
En este complejo contexto, hay quienes creen que ni siquiera
una nueva votación detendrá la convulsión, porque el perdedor jamás aceptará al
vencedor. Ante el pronóstico de futura ingobernabilidad, aparece la idea de la
solución de la disputa por la fuerza.



