Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: lunes 28 de octubre de 2019
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Ejecutivo
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El presidente Evo Morales exhibió una retórica más moderada
a los bolivianos durante los últimos meses, antes de los comicios del 20 de
octubre. Dejó el discurso divisivo, polarizante y racista que lo había
acostumbrado y, en un esfuerzo por “humanizar” su imagen, hasta adoptó a un
perrito. Probablemente, esa estrategia buscaba convencer a las clases medias de
que él no es la persona agresiva y autoritaria que la oposición asegura.
Pero, después de producirse el resultado electoral, Evo
Morales es nuevamente el mismo de siempre. Ha surgido otra vez su talante
y genio. Molesto por las movilizaciones ciudadanas ha tratado de
menospreciarlas diciendo no son iguales a las que él organizaba; se ha
victimizado diciendo que las protestas son racistas y ha atacado de manera
excesiva al expresidente Carlos Mesa -a quien él escogió como vocero de la
causa marítima- llamándolo cobarde, delincuente y afirmando que ha recibido
dinero del narcotráfico. También se lanzó contra los jóvenes que participan
masivamente en las movilizaciones contra el fraude y dijo que son drogadictos y
que asisten a las manifestaciones debido a que reciben dinero o porque sus
profesores les aumentan sus notas.
En su larga letanía de acusaciones e insultos también ha
acusado de “golpistas” a dirigentes como Jorge Tuto Quiroga (tenía 12 años en
el golpe de 1971) y ha señalado que todos quienes participan de la
recientemente creada Coordinadora de Defensa de la Democracia son “fracasados”.
Tan fracasados no deben ser si se considera que esas fuerzas serían sus rivales
en una eventual segunda ronda electoral y que, de hecho, fueron parte de la
victoria antigubernamental del 21 de febrero de 2016, en ocasión del referendo
constitucional.
Para Morales, todos los que no están bajo su férula
son “corruptos”, “fracasados”, “golpistas”, “vendepatrias” y “maleantes”.
En vez de apaciguar los ánimos como se esperaría en un momento tan delicado, se
muestra intolerante, soberbio y ofensivo. En vez de tender puentes pone
muros entre los que están de su lado y los demás.
Olvida que fue el gobierno el que ordenó que se suspendiera
la transmisión de los resultados del TREP al 83% computado; fue el gobierno el
que ordenó que se restableciera 24 horas después, y en el intertanto, una
diferencia de siete puntos, que obligaba a la segunda vuelta, se convirtió,
“mágicamente”, en 10,5%.
Evo ya desconoció una vez el voto popular, expresado
en el referéndum de 2016, y ahora, siguiendo con esa misma lógica, lo vuelve a
hacer tras los comicios del 20 de octubre pasado. Esa actitud es parte del
mismo razonamiento: apelar a las FFAA, convocar a los simpatizantes de los
sindicatos que lo apoyan, cuyas dirigencias se caracterizan por su intolerancia
y prebendalismo, y obligar a los funcionarios públicos a salir a
vitorearlo.
No quiere o no puede ver el Presidente que lo que está
haciendo es dividir al país y polarizarlo de manera peligrosa. Pareciera que
gobernar para los que están de su lado es tan importante como mostrar su
desprecio por el resto...
Para evitar el conflicto y el enfrentamiento, la democracia
inventó la alternancia en el poder, para que las tensiones de la sociedad
puedan tener una vía de escape. Pero Morales, y sus adherentes, desesperados
como están de continuar en el gobierno, no aceptan esa norma democrática y, por
lo tanto, llevan el conflicto a niveles intolerantes.
Los paros cívicos, bloqueos, marchas y manifestaciones
contra el abuso del régimen no tienen visos de amainar. Por el contrario,
parece que se hubieran hecho cada vez más masivos desde el día de las
elecciones.
Morales debe recapacitar. A nivel internacional su imagen ya
no es la de un dirigente popular y democrático, sino la de un presidente
autoritario, que ha vencido las elecciones de manera forzada, fraudulenta,
irregular.
Como lo han dicho la OEA y la UE, lo mejor, evidentemente,
es convocar a una segunda vuelta, que se convertiría en una especie de referendo
sobre su permanencia en el poder.



