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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 15 de agosto de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Judicial
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Contenido
Hay varios enfoques de por qué la
justicia boliviana ha caído tan bajo, aunque debemos reconocer que hay jueces y
magistrados muy honorables y probos. Algún comentarista dijo que la elección de
los magistrados del Órgano Judicial no ha
resuelto el problema de su desprestigio. Es que son varios los factores que intervienen
para ello, desde la incipiente formación de los políticos sobre todo en el
plano ético, hasta la precaria formación del abogado. Seguramente,
nuestros males vienen desde la colonia española.
Cuando para ser candidato a la
Asamblea Constituyente escribimos el libro Reformas constitucionales, Plural
Editores 2006, planteamos la elección de los magistrados de la Corte Suprema de
Justicia, para eliminar una de las causas, que es su subordinación
a los otros poderes que intervenían en su composición y que para lograr
la supresión de la nefasta influencia de aquellos, o sea su independencia, era
necesario que todos los poderes tengan igual forma en su
nacimiento, pero en el caso del judicial previa una rigurosa selección y
conocimiento de los postulantes. La principal fuente del desprestigio de los
jueces es, ni cabe duda, su falta de independencia.
Las proposiciones de nuestro libro fueron
tomadas en cuenta, lo que me atestiguó verbalmente el secretario de la Asamblea
Constituyente, donde hice llegar una centena de ejemplares de dicho libro; así
están en la nueva Constitución incorporados el Estado laico; el cuarto poder
que en nuestra tesis tenía las cámaras electoral y contralora; la elección del
poder judicial y la nueva división política territorial del país que esta
última no se discutió si no como autonomías indígenas.
Pero ocurrió que la elección del poder judicial
al partido de gobierno le cuajó como anillo al dedo, pues le sirvió para
conformar un sistema judicial más servil a sus intereses y las cortes de
justicia y los jueces resultaron más obsecuentes que nunca. Entonces, no
es el sistema de elección el que falló, sino la forma incorrecta de su aplicación;
porque no hay otra forma de tener un poder judicial independiente que a
través de la elección de sus magistrados y que no sean las maquinaciones del
poder político las que definan su composición. De aquella forma, los miembros
del Tribunal Supremo y Constitucional fueron peores que antes, con
salvadas excepciones. En primer lugar, son los políticos los autores de la
corrupción judicial, por esta causa es que en nuestra obra Reformas
judiciales, publicada como presentación de nuestra postulación para
constituyente, propusimos, sin éxito, la elección directa de los magistrados
del Tribunal Supremo de Justicia, a fin de que tenga igual jerarquía y no
sea dependiente de los otros poderes, que es causa de la sumisión y dependencia
de éstos.
Lamentablemente el propósito fue completamente
distorsionado y el remedio resultó peor que la enfermedad.
“Hay otra causa –dijimos en otra columna–
para el deterioro de la justicia, para su desprestigio y la falta de confianza
y credibilidad, porque pleitear equivale a un calvario insoluble, a un martirio
del que uno que entra ya no puede escabullirse, principalmente en el campo
penal. Esa otra causa es el abogado, porque el juez, el funcionario
judicial, el magistrado, primero son abogados y como es el abogado serán aquellos”.
La formación de los abogados es muy precaria e
insuficiente. Tiene que ser selectiva desde el comienzo, en cambio ahora se ha
abierto el estudio de la abogacía sin limitación a cuanta persona aspira a tan
noble carrera. Se han multiplicado las escuelas de derecho, más como medio
lucrativo para éstas que por eficiencia académica. Se cree,
equivocadamente, que es fácil la carrera y por esta facilidad puede
hacerse llamar “doctor” sin merecerlo y se engrosa así infinitamente el
ejército de rábulas, más que de abogados, muchos de los cuales llegarán a
ser jueces, magistrados, bastando enfilarse a un partido político o hacerse
dirigentes sindicales. Y los jueces así designados son la lacra que envilece la
justicia boliviana.
Conociendo las causas del descrédito de la
justicia, ¿se acometerá el cambio de ese panorama desolador? Primero que
todo habrá que limitar las facultades de derecho a lo mínimo indispensable, una
por capital de departamento, bajo inflexibles exigencias éticas y culturales de
admisión de postulantes, porque no debe olvidarse que el abogado debe ser un
humanista con formación ética y deontológica, para que cumpla a cabalidad su
misión. Podrán cambiarse leyes, modificarse códigos, que de nada valdrán
si no se mejora al abogado, que debe estudiar a tiempo completo y
eliminarse el apelativo de “doctor” que es una farsa que obnubila a los
mediocres que desean estudiar derecho.
Ya vemos que es un remedio muy difícil que
podría emplear una o dos generaciones de universitarios y una férrea voluntad
política y social, pero solo así se podrá alcanzar, como dijo el abogado
español Angel Osorio y Gallardo, el honor y el orgullo de ser abogados.
Un aspecto esencial e importante
que la reforma judicial debe estudiar es un sistema judicial que prevea
la dotación de jueces de paz para cuestiones de pequeña índole que se despachen
inmediatamente en una sola audiencia. Así, cuánto bien se prestaría
a la sociedad mediante la celeridad y seguridad de prestación de algo tan
esencial como es el servicio de la justicia.
Algo prioritario y necesario es también
que la administración de justicia cubra todo el territorio de la República.
Esto quiere decir que todos los municipios deben contar con un juzgado mixto
cuando menos y las capitales de provincia deben ser cabeza de distrito
judicial, con corte de apelación incorporada. Los que hemos experimentado la
labor de pedir justicia en provincias sabemos que este empeño es tortuoso,
ímprobo, ineficaz contra los principios de celeridad y gratuidad que proclaman
los códigos.
Finalmente, la reforma judicial debe
encomendarse a una gran comisión que integren los abogados más ilustres y
probos del país, en lo posible que no sean políticos, con altísimo prestigio
moral; y desecharse a juristas extranjeros que desconocen nuestra realidad
política, económica y social y que solamente succionan elevados
presupuestos. ¿Cuánto costaron las misiones de juristas extranjeros que
actuaron en las anteriores reformas judiciales? ¿Cual su evaluación? ¿Alguna
vez se dio cuenta de estos aspectos?



