Medio: El Diario
Fecha de la publicación: jueves 12 de agosto de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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Cuánto no habrían deseado Evo Morales y la jerarquía
masista, que un general o un coronel se hubiera levantado en armas en los días
graves de noviembre de 2019 y masacraran a 200 ciudadanos en El Alto y La Paz y
a otros 200 en el Chapare y la ciudad de Cochabamba. Que Jeanine Áñez no fuera
tomada en cuenta por los militares, canceladas las elecciones fraudulentas, y
cerrada la Asamblea con candado, como lo fue tantas veces. Los observadores
creen que ese era el propósito siniestro de Morales, pero que le salió el tiro
por la culata y su show se fue al carajo.
Si algún general o coronel enardecido sacaba tanques a las
calles y ordenaba echar ráfagas desde nuestros obsoletos cazas, además de
lanzar a las calles algunos regimientos, se habría producido una junta de
militares en el Gran Cuartel de Miraflores al son de la marcha “Talacocha” y
Bolivia se habría convertido en el único país en América gobernada por un
dictador de uniforme. Populistas, izquierdistas, moderados y pueblo, luego del
primer impacto, se habrían declarado víctimas y clamado por el retorno
inmediato a la democracia. La comunidad internacional, desde Alaska hasta
Ushuaia, habrían echado el grito al cielo invocando respeto a los derechos
humanos, a las leyes, a la Carta Democrática y a la inmediata reposición
institucional.
Pero eso no sucedió; no hubo golpe. Morales se derrumbó
porque la nación no le aceptó un fraude más. Huyó despavorido como despavoridos
escaparon sus ministros, y se procedió a una sucesión constitucional que estaba
fuera de los planes del masismo. Ser echados del poder por el camba Luis
Fernando Camacho y los “pititas”, y que el todopoderoso cacique fuera relevado
por una senadora que venía del Beni, tiró por los suelos todo aquel altanero
“patria o muerte, venceremos” y descubrió a una pandilla de asustadizos sujetos
que se hicieron humo sin oír ni siquiera un disparo.
Pero ahí volvió a jugar sus cartas la mentira. Los conocidos
embustes de Evo Morales, el político más mentiroso que ha pasado por la
historia de Bolivia. Una vez que había renunciado a la presidencia, que había
anulado las elecciones, que había pedido repetirlas, mintió que había sido
víctima de un golpe de Estado, que existía un “gobierno de facto” y que la
señora Añez había accedido al poder por obra de unos militares traidores. Todo
mentira.
Como había engañado durante 14 años a la ciudadanía, no tuvo
vergüenza en volver a mentir que había sido derrocado por un cuartelazo que
había producido masacres por doquier. ¡Falso! Pero había que mentir para
hacerse la víctima y poder volver al trono. Tanto Morales como todos los
masistas se sometieron a la consigna de mentir que se había producido un golpe.
Afirmar que el Informe de la OEA y las conclusiones de la UE eran falsos.
Desde quienes negociaron el acceso de Jeanine Áñez al
gobierno, hasta los dos tercios de la Asamblea masista, que admitió la sucesión
y continuó funcionando, falsearon la verdad. Morales mintió, mintió y mintió. Y
Arce no deja de contar mentiras impías y también piadosas hasta en el Día de la
Patria. Choquehuanca aparece como un bondadoso redentor, pero miente también.
Como inventa embustes Arce Zaconeta, ahora haciendo el ridículo en la OEA.
Bolivia se ha convertido en la capital de la falacia y la patraña. Para
rematar, han aparecido los Lanchipa, especie que, además de embusteros, saltan
como camaleones de un bando a otro, aparentando rectitud y decencia.
La Bolivia de la mentira, la corrupción, la deslealtad, el
abuso y el fraude, está reflejada en el canallesco maltrato a la ex presidente
Jeanine Áñez y a sus ministros. En la ofensa a las FFAA y a los generales
presos. Si observamos a Evo y los Lanchipa podemos darnos cuenta de que el país
está moralmente peor que hace un siglo. “La candidatura de Rojas” de Chirveches
y “El cholo Portales” de Finot, son cuentos de niños de teta al lado de los
embusteros y pícaros de hoy. Bolivia es nomás un “pueblo enfermo”, como la
definió Alcides Arguedas, el hombre que mejor conocía a sus coterráneos, desde
sus ancestros.



