Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: jueves 12 de agosto de 2021
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Democracia interna y divergencias
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El Movimiento Al Socialismo ganó las elecciones nacionales
con el 55,11% de respaldo en las urnas y eso nadie lo discute. El dato es tan
real y concreto como el hecho de que el 44,89% de los bolivianos no estuvo de
acuerdo con esa decisión.
Como corresponde en un país democrático, ese 44,89% se
sometió respetuosamente a la decisión de la mayoría y este partido retornó al
poder con Luis Arce a la cabeza, quien ahora tiene la obligación de respetar
también a quienes creen que su elección no fue la mejor.
La cómoda victoria del MAS le dio derecho sobre la
conducción del Poder Ejecutivo y del Legislativo, pero no le dio derecho
propietario sobre el país y sus instituciones, como al parecer interpretan
algunos de sus dirigentes y autoridades, en especial aquellos que han comenzado
a flotar embelesados con el poder. Lo que necesitan es poner los pies en la
tierra para darse cuenta que eso no se consigue ni con el 110% de apoyo.
Además de haber loteado la administración pública y
repartido cargos entre familiares de sus dirigentes (una práctica de todos los
gobiernos, unos más que otros) algunos masistas también han dispuesto el uso de
bienes públicos para asuntos políticos, han manipulado el aparato judicial con
el mismo fin y, últimamente, han cerrado el paso a dependencias del Legislativo
al jefe de la principal fuerza de la oposición, el expresidente Carlos Mesa.
La primera vez fue el 16 de junio, cuando el líder de
Comunidad Ciudadana, quien hasta entonces había dado varias conferencias de
prensa en el viejo Palacio Legislativo, fue impedido de presentarse en el hall
de esa infraestructura, donde junto a los miembros de la bancada de su partido
iba a referirse a la convocatoria judicial para que declare en el caso “golpe
de Estado”.
El argumento de los miembros de seguridad fue que no era
legislador y que estas intervenciones habían sido limitadas únicamente para los
representantes nacionales. Mesa tuvo que dar su conferencia en el ambiente
destinado a la segunda vicepresidencia, que por reglamento ocupa su partido.
En marzo las oficialías mayores de las cámaras de Diputados
y Senadores habían emitido el comunicado 001/2020-2021 disponiendo que toda
conferencia de prensa debería ser coordinada con las direcciones de
comunicación.
El comunicado señala, además, que las conferencias de prensa
dentro del Legislativo “únicamente están permitidas a autoridades electas de la
Asamblea Legislativa Plurinacional” y complementa: “en caso que los
asambleístas tengan invitados ajenos a la institución, éstos deberán contar con
el respectivo permiso de ingreso autorizado por autoridad competente”.
En el caso del 16 de junio, CC no había cumplido con esta
exigencia, lo que aparentemente sí hizo el MAS siete días después, el 22 de
junio, cuando el senador Leonardo Loza y la Confederación Nacional de Artistas
y Músicos Profesionales de Bolivia ofrecieron una conferencia en la Cámara Alta
para anunciar un proyecto de ley en beneficio de ese sector.
Pero el lunes, una vez más, cerraron las puertas a Mesa, esta
vez cuando, conjuntamente los legisladores de su partido, intentaba, al igual
que los artistas, presentar un proyecto de ley (uno referido a la situación
económica del país). Los legisladores de CC aseguran que esta vez cumplieron
con las disposiciones del comunicado 001/2020-2021.
Si es así, queda claro que aquí no se trata de una celosa
disposición de uso de ambientes legislativos, sino de un acto de acoso contra
el jefe de la segunda fuerza política con representación legislativa, que
además trasluce ese sentimiento propietario de los bienes del Estado que tienen
algunos miembros del MAS.
Para colmo, en una postura innecesariamente provocadora, el
presidente del Senado, Andrónico Rodríguez, ha señalado que Mesa está “muy
mayorcito” como para asumir una posición “infantil” al quejarse por no haberle
permitido acceder a la sala de prensa.
Lamentable la reducción que hizo Rodríguez, porque el fondo
de la queja no tiene que ver con un capricho, sino con el uso de los bienes del
Estado y los derechos que tienen sobre ellos las mayorías, pero también las
minorías. No admitir ello implicaría, además de un distorsionado sentimiento
propietario, una postura autocrática.



