Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 27 de octubre de 2019
Categoría: Institucional
Subcategoría: Tribunal Supremo Electoral (TSE)
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Escribo este texto mientras suenan las voces de jóvenes
alternadas con el estallido de bombas y las calles de todas las ciudades
muestran la movilización social más grande de los últimos años,
demandando el respeto al voto. La elección reciente, cívica y festiva como
siempre, ha sido interrumpida por el escandaloso fraude electoral que se venía
denunciando. Morales ignoró el resultado del 21F y el Órgano Electoral ha
demostrado, se ha alineado, haciendo todo para que se quede con el poder. Lo ha
hecho con una torpeza e incapacidad digna de la historia de la infamia que
está derivando en una grave crisis.
A lo largo de las semanas voceros oficialistas negaron el
fraude pidiendo pruebas. Nada les era suficiente. Los indicios y
evidencias de fraude fueron en aumento, mientras algunos funcionarios del
Tribunal Supremo Electoral renunciaron en elocuente silencio, indicando
que había gato encerrado. Las pruebas más duras las presentó un joven
ingeniero, el jueves, en la noche. Lo que vimos hasta ahora exige, más que
pruebas para los incrédulos, que algunas personas hablen para sacar de la
oscuridad lo ocurrido.
El primero en quien pienso es en Marcel Guzmán
de Rojas, quien diseñó el TREP, comprometiendo unos resultados fieles a
la votación. ¿Se puede publicar el contrato y sus compromisos?
¿Cómo se produjo el milagro que revirtió la tendencia que
aseguraba segunda vuelta? Ese milagro se llama fraude informático consistente
en alterar, suprimir o robar datos, archivos, alterar los sistemas o
software.
La segunda vuelta fue confirmada desde el primer momento
por Viaciencia, Jubileo y se dice que por una encuesta no difundida de la
OEA. La misión de observadores concluyó también en la necesidad de la segunda
vuelta, apoyada por la Unión Europea. Sobre esto podría hablar también el
exvicepresidente del TSE Antonio Costas, quien renunció criticando el freno
en seco del recuento. De un profesional que conoce a fondo lo que allí ocurría,
no es creíble que se vaya solamente porque no le informaron la decisión; aunque
sí revela el clima de desconfianza entre los vocales.
Sospecho que el algoritmo TREP se hizo antes de los
incendios de la Chiquitania y que lo que parecía una brecha remontable creció
modificando el panorama electoral. Mesa ganó en todas las ciudades y
notablemente en Santa Cruz, donde parecía perdedor. La salida de
alrededor de cuatro millones de personas en los cabildos complicó el
cálculo matemático, se asustaron y quisieron cambiar el rumbo.
La confianza erosionada no se podrá recomponer a menos que
el propio gobierno dé pruebas de su compromiso democrático aceptando la segunda
vuelta. No se conseguirá con la violencia verbal del Presidente, quien acusa a
la juventud de movilizarse por plata, ni con la represión a las manifestaciones
callejeras. Tampoco con la represión.
Evo Morales ha perdido la legitimidad lograda desde su
llegada al poder por medio de elecciones. Ahora está apelando a un
lenguaje confrontacional, discriminatorio y racista. En las calles predomina el
llamado a la fuerza, la unidad y el fin de su gobierno. Un punto aparte
es cómo las consignas se adornan con lenguaje homofóbico y racista. Esto habla
más del fracaso de la “revolución cultural” prometida hace 13 años y de la que
el gobierno es también el principal responsable.
Hasta hace poco una parte importante de la población
reconocía y toleraba los abusos, la violación de los derechos
humanos y el machismo, porque parecía convencida de que obedeciendo podía
evitar la confrontación. Eso le dio al Presidente una legitimidad
inclusive entre empresarios y viejos enemigos. Desde el 21F la mayoría de la
gente ya no consiente algunos excesos y ha roto un consenso no pactado que le
permitió violar las leyes y la Constitución durante su mandato.
Estamos ante un nuevo escenario político en el que Santa
Cruz ha ganado centralidad política y lo que allí ocurra será decisivo para el
futuro del país. Se equivocan quienes dicen que “la media luna” ha renacido.
Tampoco es un movimiento de “clase media blanquita”, como insinúa alguna prensa
internacional. Lo que tenemos hoy es un amplio frente para poner fin al
prorroguismo.
Ciertamente, si este movimiento triunfa, surgirán nuevos
desafíos, como las elecciones subnacionales, el modelo de desarrollo, la
institucionalidad, el machismo y el racismo.
Hasta el federalismo deberá debatirse, en el marco de un
consenso basado en el respeto a las instituciones. Se está produciendo en la
sociedad un cambio importante en la cultura del miedo que prevalecía y esa
especie de confianza analgésica que acompañó al MAS, tolerando sus mentiras,
está dando paso –no sin dolor– a recuperar la confianza crítica en nuestras
propias fuerzas para reconstruir las instituciones.



