Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: martes 10 de agosto de 2021
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Democracia interna y divergencias
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Si algunos ingenuos piensan que la presencia de grupos
violentos en las calles para evitar la expresión libre de los ciudadanos es
meramente un recurso más del régimen para neutralizar un acto de protesta,
están totalmente equivocados. Los “grupos de choque”, los paramilitares o
mercenarios que el MAS puso en circulación ya desde el 2019 son una parte
constitutiva del Estado totalitario, no son un recurso más, son un dispositivo
de poder inherente a la naturaleza dictatorial del Estado que administran, así
van a actuar de forma “natural” mientras estén en el poder.
El fascismo italiano creo el principio ideológico de estos
grupos antidemocráticos: Credere, obbedire, combattere; creer, obedecer y
combatir, ese fue el lema que guiaba desde 1937 la “Juventud Italiana del
Lictorio”, la organización que agrupaba a la “juventud fascista”. Se trataba de
grupos violentos encargados de sofocar, impedir y arremeter bestialmente contra
cualquier expresión democrática del pueblo. Fue tal el terror que infundieron
que la sociedad civil quedó prácticamente paralizada. La experiencia de
Mussolini la aprovechó y perfeccionó Hitler. Bajo esta consigna los “camisas
negras” italianos creían a ciegas en todo lo que se les diga, obedecían a
ciegas todo lo que se les ordenaba y actuaban violentamente cuando se los pedía
el “jefazo” o su testaferro.
Para que creer, obedecer y combatir parezca el precepto
perfecto de la libertad y la democracia, se construye una lógica
subyacente encargada de invertir el orden de todas las cosas, así, terminan
absolutamente convencidos de que la violencia que ejecutan no es violencia, es
pacificación, que los derechos que intentan conculcar o suprimir no son
derechos, que los que no están de acuerdo con ellos están equivocados, que el
único país que existe es el que ellos conciben, que los únicos ciudadanos dignos
de tomarse en cuenta son ellos, los otros son advenedizos, que la dictadura es
la democracia, que el fraude es golpe y que la única historia verdadera es la
que se inventaron ellos.
Cuando el Estado y el gobierno se va organizando en torno a
esta manera de concebir las cosas, a los dictadores les parece normal que sus
grupos de choque salgan a patear mujeres indefensas solo porque no piensan
igual, o por que reclaman un legítimo derecho. A los cobardes que se prestan a
esto se los considera militantes ejemplares, así, de a poco, pero sin pausa el
partido se transforma en una máquina de violencia, simbólica, física y política
para beneplácito de sus líderes y opio de sus militantes. Muy rápidamente estas
organizaciones entran en una espiral en que no hay ninguna otra manera de hacer
o decir las cosas que no sea de forma violenta, agresiva, insultante o racista.
Embrutecidos por el éxito que esta manera de gobernar suele tener, ya ni
perciben el carácter fascista de sus actos al punto que todos los atropellos y
afrentas las conciben como la quinta esencia de la democracia, es decir, de
“su” democracia. Todo esto no sucede como un acontecimiento coyuntural o
episódico, esto solo se produce en los interiores de los estados fascistas y
totalitarios. Es la expresión más depurada de las dictaduras modernas.



