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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: sábado 26 de octubre de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
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Contenido
Los resultados de las elecciones generales, en las que la
diferencia entre el candidato oficialista y Carlos Mesa muestran una brecha que
llevaría el proceso a una segunda vuelta, y la certeza de que en ese caso Evo
Morales pierde el poder, ha puesto de manifiesto lo que desde hace tiempo atrás
se percibía como presagio de mal agüero: Evo Morales no está dispuesto a dejar
el palacio de gobierno.
Probablemente lo más difícil para los hombres del MAS es
asumir que su todopoderosa hegemonía ha terminado y no lo ha hecho de forma
poco tradicional; le ha declarado una guerra a la nación entera.
Lo que el MAS no puede comprender es que en el origen de
todo esto es que su definición de democracia no coincide con la democracia que
habita la consciencia ciudadana, por eso va de tumbo en tumbo.
Hubo un momento en que Evo podía confesar la muerte de un
hijo y a los días decir que era una mentira de la derecha, y semejante embuste
no afectaba su capacidad política. Hoy sabemos que el discurso masista terminó
enterrado en sus propios embustes.
Cuando Evo prometió públicamente que su gobierno duraría 500
años desencadenó las fuerzas de su propio fin. Todos entendimos que se trataba
de un dictador al mejor estilo castrista. De ahí en adelante el camino siguió
un curso paralelo; él radicalizaba sus visiones etnocéntrica y racistas y las
nuevas generaciones una posición contraria. De pronto Bolivia se convirtió en
su antípoda y él pasó de amigo a enemigo de su propio pueblo.
Hoy, frente a una derrota irreversible, lleva el país al
borde del abismo. Desconocer la voluntad ciudadana radicalizará las fueras: ni
él está dispuesto a ceder en su empeño de eternizarse en el poder, ni la
sociedad civil en su empeño de lograr su salida. Cualquier cálculo
político que haga el MAS enfrentará las evidencias de un fraude descomunal, que
ha terminado de enterrar la poca legitimidad que le quedaba. Ahora no sólo es
ilegítimo e inconstitucional, sino claramente despótico, al mejor estilo de las
viejas dictaduras militares que asolaron el país el siglo pasado.
Evo nos llevará al abismo de la confrontación y la violencia
política, y social. La historia nos enseña que cuando el pueblo se cansa, de
nada sirven los generales serviles o las bandas criminales que suelen
movilizar. La crisis que genera la angurria masista arrasará con la estabilidad
política, económica y social del país, y, como siempre, al final del día,
sus ambiciones habrán arrastrado al abismo la nación entera.



