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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: lunes 21 de octubre de 2019
Categoría: Procesos electorales
Subcategoría: Elecciones nacionales
Dirección Web: Visitar Sitio Web
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Tiene diferentes nombres: veda electoral, silencio
electoral o jornada de reflexión. Todos ellos se usan para nombrar el lapso
durante el cual rigen una serie de prohibiciones legales vinculadas a la
propaganda política cuando hay elecciones, y pueden comenzar unos días u horas
antes y terminar horas después.
Esta definición usada en todos los sistemas
democráticos, como el boliviano, ha sido nuevamente sujeto de controversia en
los días pasados y es que, a pesar de que se han dictado una serie de medidas
para que todos los candidatos dejen de llamar a votar por ellos y permitan a la
ciudadanía reflexionar y decidir, nos hemos visto inundados por una serie de
mensajes -realmente una vorágine de ellos- de los candidatos del oficialismo y
sus ministros, todos con altos contenidos de promesas, ofertas, compromisos y
anuncios dirigidos a la ciudadanía.
Como manifestó este medio, esto no puede ser
interpretado sino como una vulneración a la norma electoral. Y un abuso; otro
más de parte del MAS en su decisión de buscar la reelección.
Cuando se lea esta nota editorial, ya habrá pasado
ese silencio electoral, y estaremos discutiendo, seguramente, los resultados de
los comicios, pero para que no quede en el olvido es importante profundizar
sobre los rasgos inequitativos que no son saludables en una elección
democrática.
Es bien sabido que cualquier candidato que busca la
reelección ejerciendo el cargo en el que pretende permanecer, lleva ventaja
sobre sus contrincantes. Por esa razón en muchos países se exige una renuncia
un tiempo previo prudente, de manera que el candidato pueda dedicarse a
promover su candidatura sin perjudicar la gestión del Estado.
Asimismo, en muchos países, para disminuir la
brecha entre quienes están en el poder en busca de la reelección y quienes
pugnan por acceder a él, se opta por poner freno a la información de gestión,
se prohíbe terminantemente el uso de recursos públicos en campaña y la entrega
de obras por los candidatos.
Las razones son tan obvias como la tentación humana
de estos candidatos de convertir las obras financiadas con recursos públicos en
prebenda para conquistar electores.
En Bolivia esta campaña ha sido grosera en este
sentido. Después de haber usado durante todo el periodo de campaña recursos
públicos y entrega de obras para promover la candidatura de Evo y Álvaro, el
silencio electoral ha sido usado para una decena de anuncios y compromisos que
son claramente propagandísticos.
La defensa del MAS ante ello siempre ha sido que la
gestión no para. ¿Pues no debían al menos ser discretos los discursos y
anuncios?
La gestión, que quede claro, es el trabajo que
realizan los representantes del Estado, con recursos de este Estado, como parte
de sus obligaciones. No es una dádiva, no se hace con recursos partidarios, es
un mandato y por ello debe rendirse cuentas públicas.
Que el Presidente sea sensible ante una madre
soltera que no tiene techo, que quiera darle nuevas oportunidades a los jóvenes
y hacer que los bolivianos que viven en el extranjero accedan al SUS, no son
malas ideas, pero que se las use para comprometer a los beneficiarios con un
respaldo electoral, es burdo.
Por supuesto que este uso de lo público con fines
partidarios no es algo que se haya descubierto con Evo, sino que es parte de la
cultura política boliviana, pero no por eso vamos a naturalizarlo y alentarlo.
El nuevo Gobierno -sea reelecto o provenga de la
oposición- debe comprometer sinceramente con ciertos principios básicos de la
democracia, y uno de ellos renunciar al uso de recursos públicos de forma
arbitraria y discrecional.
Solamente cuando entendamos que los presidentes son
servidores públicos y no redentores ni propietarios, podremos decir que nuestra
democracia va camino a la evolución. No solamente los políticos deben respetar
este principio, también los ciudadanos debemos exigirlo.



