Medio: La Razón
Fecha de la publicación: viernes 30 de julio de 2021
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Constitución / Personería jurídica
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Comenzando por el MAS hace más de dos décadas, pasando por
toda esa complejidad de organizaciones que hay en el medio y terminando en las
dos alianzas que al día de hoy también conforman la representación dentro del
Congreso, existen características comunes que nos señalan que estamos al frente
de organizaciones políticas que están afrontado las complejidades de un
fenómeno que parece ser, en el siglo XXI, más una normalidad que una excepción:
la crisis de representación política. Y que ha originado que las opciones
políticas que, en la actualidad, logran obtener votación están implícitamente
obligadas a forjarse de manera conjunta con actores políticos del complejo
entramado de corporatividades que, desde hace mucho, son parte de las definiciones
del horizonte político del país. Corporatividades gremiales, sindicales, de
clase, de origen, de profesión u oficio, etcétera. Esto se ha ido
materializando a partir de alianzas estratégicas y programáticas, en el mejor
escenario; o de prebendas y clientelismo, en el peor.
Son pocos los partidos que han logrado, en los últimos años
en los que esta práctica solo se ha hecho más evidente, comprometer formalmente
a sus bases sumando a sus militancias a personas que componen los grupos
corporativos con los que se comparten agendas políticas, sean de corto, mediano
o largo plazo. Y esto no siempre de forma voluntaria, sino incluso coaccionada
respecto a la manutención de determinados cargos públicos. En otros casos,
debido a las urgencias en las que se puso el sistema político y de gobierno en
la más reciente crisis de noviembre de 2019, algunas alianzas han sido aupadas
con base en adherencias de grupos de personas sin que se logre “formalizar” la
instancia de la militancia como tal en estos aliados coyunturales. Pues la
crisis de representación política —entre otros síntomas— genera una
desvalorización y rechazo de la militancia partidaria como opción para el
ejercicio político.
Además de todo lo anterior también es preciso recordar que,
de manera general, dentro de las organizaciones políticas las relaciones entre
líderes y bases, salvo situaciones muy excepcionales, se producen y reproducen
en torno a un poder político de tipo patriarcal, elitista y caudillista. A
pesar de los matices —que los hay— todo intento de modificación de las
relaciones de poder dentro de estas organizaciones están sujetas a desafíos
estructurales de carácter histórico y cultural.
Se ha venido estableciendo en el diálogo público, el mandato
que tienen las organizaciones políticas de todo el país —la decena de nivel
nacional y la más de una centena en los niveles locales— de adecuar su
ordenamiento normativo interno de acuerdo a los lineamientos que establece la
Ley de Organizaciones Políticas (mecanismos de democratización interna, régimen
de despatriarcalización, adecuación de documentos con base en principios de la
democracia intercultural y paritaria, entre los más desafiantes).
Si acaso este mandato llega a cumplirse en plazo, faltando
cinco meses ya para éste, deberá llevarse a cabo necesariamente con la
participación activa, deliberativa y comprometida de estas militancias, pues de
ninguna manera será posible la actualización de las bases políticas sobre las
que están asentados actualmente los partidos si es que este primer paso no se
da de manera honesta, amplia y democrática internamente. ¿Será realmente
posible?



