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Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: domingo 25 de julio de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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“No habrá reconciliación con fascistas y racistas, salvo que
entendieran que nuestra ideología y programa están bien para Bolivia”. Esta
frase de Evo Morales gráfica bien la línea gubernamental equivocada que viene
siguiendo hace ocho meses el presidente Arce, y cuyo corto alcance frente a los
problemas del país ya empieza a revelarse.
Puede ser aún prematuro afirmar que la mayoría electoral del
55% del MAS se haya diluido, pero lo evidente es que ya no estamos en presencia
de una fuerza hegemónica encabezada por una renovada propuesta estatal que
despierte el entusiasmo y la adhesión de la mayoría de la gente.
El despliegue gubernamental autoritario y represivo, con la
retórica del “golpe”, la proliferación de juicios y detenciones ilegales como
la de la expresidenta Añez, con el aditamento último de la “conspiración
internacional de la derecha”, sigue siendo el núcleo discursivo del Gobierno
que ignora que esa temática no le es prioritaria a una sociedad preocupada por
la pandemia que ya ha alcanzado a casi medio millón de bolivianos y causado la
muerte de 17.550; y por la crisis económica que, pese a las cifras alentadoras
del PIB en el futuro próximo, se expresa todos los días en el agravamiento de
las carencias materiales.
La mayoría de la gente está al margen de ese debate
ahistórico de golpe o fraude, alentado incluso por una oposición que, al igual
que el Gobierno, no repara en la dimensión estructural de la crisis que estalló
a fines de 2019 y de la que no atinamos a salir: La propuesta estatal del MAS
inaugurada en 2006, al cabo de una década, mostró sus fisuras y vaciamientos.
El autoritarismo, la corrupción, el despilfarro y el extractivismo habían fracturado
la posibilidad de una construcción estatal distinta, de institucionalidad, de
ética, de desarrollo productivo y de plurinacionalidad. Después de una década,
pese a los avances, una buena parte de la población percibía que no se habían
enfrentado bien los grandes problemas del país y que, por lo mismo, no se había
mejorado visiblemente la vida cotidiana.
Por ello, la mayoría absoluta votamos por un cambio de
gobierno en febrero del 2016, cuando nos consultaron sobre la intención
prorroguista de los gobernantes. Les dijimos que No a Morales y a Linera, que
debían irse, que necesitábamos un relevo gubernamental que abra nuevas
perspectivas. Los prorroguistas no asumieron el mensaje mayoritario. Con las
triquiñuelas delictivas del Tribunal Constitucional desconocieron el voto
popular y fracturaron la Constitución. Así llegamos a las elecciones de octubre
de 2019, ya no sólo con la frustración de un proceso malogrado sino con el
repudio generalizado al prorroguismo contra el que votamos.
Nunca sabremos el resultado exacto de las elecciones
anuladas, pero no hay duda que el prorroguismo fracasó. Ellos no lo habían
previsto y por eso se atropellaron con torpeza después de las 8 de la noche del
20 de octubre y acudieron desesperadamente al fraude. El resto lo conocemos: La
soportabilidad social había sido rebasada, y vinieron la sublevación ciudadana,
la renuncia, la fuga y el recambio, también apresurados.
No hubo golpe, la caída, el derrumbe masista no requería de
ninguna acción de fuerza cuartelaria. Se cayeron porque embarrancaron su
“proceso de cambio”, y porque, extraviado su libreto estratégico, se redujeron
a un pequeño proyecto prorroguista de poder.
Pero al estancamiento estatal masista se agrega la otra cara
de la crisis estatal hasta ahora no resuelta: No se construyó desde la
oposición democrática, ni siquiera inicialmente, una propuesta estatal
alternativa. Apenas se articuló con Comunidad Ciudadana un canal para el
repudio electoral. Nuestro voto sólo fue de rechazo y por ello la penosa
“transición” de Áñez, junto a la pandemia, rehabilitaron electoralmente a los
nuevos candidatos del MAS que, en medio del vacío programático, retornaron al
gobierno.
El fraude fue el recurso desesperado de último momento. No ha
sido la manipulación de los sistemas informáticos electorales la causa de la
debacle opositora. No había propuesta ni organización política alternativas, y
después de casi 12 meses de “transición” corrupta y abusiva, sin gran
entusiasmo la población volvió a votar mayoritariamente por los “malos
conocidos” antes que por los “buenos” que, retratados en Murillo, resultaban
iguales o peores.
Por ello no tiene destino que unos sigan perorando con el “golpe”,
sin remontar su estancamiento programático y sin renovar un ápice su visión de
país. Y que los otros sigan zapateando reactivamente en el fraude sin iniciar
ninguna propuesta estatal distinta.
Los dichos de Morales no son buenos consejos gubernamentales,
ni deben ser el referente a superar por los opositores.



