Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: jueves 22 de julio de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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Y ahora
resulta que es posible interpretar el sentido, la esencia y naturaleza del
golpe de Estado conforme al gusto y visión de cada persona… o del interés de
una agrupación política.
Lo comprobé la
semana pasada, cuando publiqué sobre la toma violenta del poder por parte de
Luis García Meza y dije que, por sus características, ese sí fue un golpe de
Estado. Entonces me llovieron las réplicas y, entre estas, opiniones como que
en este siglo los golpes de Estado se gestan y desarrollan de otra manera. Uno
me dijo, incluso, que los golpes de Estado son como la covid-19, porque mutan.
Pero no.
Es cierto que
las sociedades cambian y se transforman, que el paso del tiempo y las
coyunturas determinan que ciertas cosas se vean de una forma en un tiempo y de
otra, muy distinta, en otra era, como la teoría heliocéntrica, pero hay cosas
que no cambian, especialmente en política.
Por ejemplo,
no cambió el asesinato, que sigue siendo quitar la vida de una persona, o el
magnicidio, que es lo mismo pero cuando se ejecuta en una persona muy
importante por su cargo o poder. El asesinato de Julio César fue magnicidio en
el año 44 antes de Cristo y lo sigue siendo ahora. Lo mismo pasa con el golpe
de Estado.
Para que una
toma violenta del poder sea un golpe de Estado es preciso que tenga
características básicas que fueron identificadas por los tratadistas. Así, en
su Diccionario de Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales, Manuel Ossorio
señala que un golpe de Estado es “suspender el funcionamiento normal de la
Constitución, empezando por la disolución del Poder Legislativo, de los
partidos políticos y de no pocas libertades públicas y privadas”.
Bajo esa
maqueta, para ser tal, un golpe de Estado requiere que se suspenda la vigencia
de la Constitución junto a las libertades públicas y privadas, que se disuelva
el Parlamento y se prohíba el funcionamiento de los partidos políticos. El
golpe de García Meza y otros, como el de Banzer, hicieron todo eso, y por eso
son considerados golpes de Estado. En cambio, el derrocamiento de Gonzalo
Sánchez de Lozada, en octubre de 2003, y la renuncia de Juan Evo Morales Ayma,
en noviembre de 2019, no fueron golpes de Estado porque la Constitución siguió
vigente, se mantuvieron las libertades públicas y privadas y el Parlamento
siguió funcionando, al igual que los partidos políticos.
Al igual que los asesinatos o magnicidios, los golpes de Estado no cambian con los tiempos. Mutan los procedimientos, mutan las formas, los estilos, los argumentos, los pretextos, mutan las personas y su forma de hacer política pero el golpe de Estado seguirá siendo el golpe de Estado.



