Medio: El Diario
Fecha de la publicación: domingo 18 de julio de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Judicial
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Cerca de las 19:30
del miércoles 21 de abril de 1993 terminó la lectura de la sentencia en el juicio
a la dictadura de Luis García Meza Tejada. El salón de honor presidido por
Edgar Oblitas y los magistrados de la Corte Suprema estaba lleno, al igual que
el hall de entrada, mientras una multitud, que se había congregado en el parque
Bolívar sin moverse las cuatro horas que duró la lectura, estalló cuando el
Secretario de Cámara pronunció la frase “30 años de presidio sin derecho a
indulto”. Estaba concluyendo el juicio más importante de nuestra historia,
después de 9 años.
Según las Leyes de Responsabilidades de altos dignatarios de Estado de 1884 y
1944 y del Procedimiento Penal de 1973, con que se tramitó el proceso, debían
cumplirse dos etapas: la del sumario a cargo del Congreso y la del plenario
ante la Corte Suprema.
EL “SUMARIO CONGRESAL”
En la sesión congresal del 16 de febrero de 1984, el diputado Antonio Araníbar
leyó el pliego acusatorio que Del Granado había redactado por “encargo” de la
Dirección Nacional del MIR. “Fue en una reunión de la conducción mirista, a
fines de 1983, que Jaime Paz, molesto por los reclamos que hacíamos varios
compañeros por el no enjuiciamiento de la dictadura, dijo refiriéndose a mí: …
pero si el Horacio es abogado, que redacte pues la demanda contra García Meza y
así reclamamos menos…”. Lo tomé como un “desafío”. Tenía 29 años y solo 7 de
abogado, pero para diciembre estuvo listo el “pliego acusatorio” que leyó Toño
en esa sesión del 16 de febrero iniciando el juicio.
El sumario Congresal, en lugar de los 15 días que preveía la ley de 1944, tomó
dos años que no fueron, precisamente, de investigaciones y pesquisas. La demora
se produjo por la temprana e irremediable crisis que paralizó al país y que
culminó en 1985 con el cambio de gobierno. Pero sí, la Comisión Mixta del
Congreso que “tramitó” el sumario, cumplió varias diligencias procesales, tomó
declaraciones informativas y acumuló algunas investigaciones penales iniciadas
en la justicia “ordinaria”, junto a importante documentación de la Contraloría
sobre varios “delitos económicos”. Y en base a ello se redactó el “Auto de
procesamiento” aprobado el 25 de febrero de 1986. Se había acortado el mandato
del doctor Siles, la hiperinflación había diluido la enorme energía popular que
posibilitó el derrocamiento de los dictadores, y las fuerzas conservadoras
habían retornado al gobierno. Pero estaba fresca la memoria de los caídos y
ello pesó más para que el parlamento se viera obligado a aprobar la acusación y
la continuidad del juicio ante la Corte Suprema.
El Congreso acusó a 56 personeros de la dictadura a la cabeza de García Meza y
Arce Gómez, por 45 delitos descritos en 8 grupos que iban desde el golpe del 17
de julio, los asesinatos en la COB, la masacre de la calle Harrington, hasta
los delitos contra el erario público.
Sin duda, el Auto Congresal fue mucho más allá de nuestro “pliego acusatorio” y
del que presentara también el PS-1, pero aun así no abarcó todo el accionar
delictivo de la dictadura. No se acusó por el asesinato previo de Espinal, por
las masacres de Caracoles y Viloco, por las desapariciones forzadas ni por
narcotráfico y, por lo mismo, varios delitos y muchos integrantes de la
dictadura quedaron al margen del proceso.
EL “PLENARIO” EN SUCRE
García Meza, que había salido a escondidas del país semanas antes del 10 de
octubre de1982, retornó de igual manera días antes de las audiencias y se
presentó a su declaración “confesoria” el 7 de abril de 1986. Ya entonces el
marco de protección que le brindaba el mando militar con anuencia del gobierno
era inocultable. Ese día Sucre fue militarizada y a las 3 de la tarde, con
escolta de la Policía Militar, García Meza se sentó en el banquillo de los
acusados.
Parece que el exdictador estaba persuadido de que el juicio no prosperaría. Es
probable que su aparición en Sucre hubiera estado concertada y “negociada” con
sus exaliados ahora en el gobierno, pero lo evidente es que García Meza
desplegó una peligrosa estrategia para malograr el juicio a partir de la
“amnesia”, la dilación procesal y la violencia.
No se acordaba de nada. Peor, los hechos delictivos que sufrimos los bolivianos
durante 14 meses no se habían producido: nunca hubo golpe, jamás existieron
paramilitares, las víctimas eran las responsables, y todo se habría efectuado
por mandato de las Fuerzas Armadas. Y con 56 acusados, las actuaciones
procesales como las “confesiones”, las rebeldías, los edictos, los incidentes y
los plazos tenían que repetirse 56 veces. Pero, además, como García Meza se
sentía protegido, la agresión a la parte civil, a las víctimas y a sus abogados
era parte de una continuada estrategia de intimidación que también alcanzó a
los jueces supremos y al fiscal, abandonados a su suerte por los nuevos
gobernantes.
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LA FASE PROBATORIA
La tarea fue titánica para los abogados de la parte civil, y parecía casi
surrealista: había que probar que efectivamente el 17 de julio se asaltó la COB
y el palacio de gobierno, que Marcelo Quiroga, Carlos Flores y Gualberto Vega
habían sido cobardemente ametrallados, que la expresidenta Lidia Gueiler jamás
entregó el mando presidencial, sino que fue apresada y chantajeada hasta que
renunciara; que los ochos dirigentes del MIR, indefensos, habían sido
masacrados por la espalda; y que semejante vesania en los represores, solo era
comparable con la mentalidad cleptómana de los golpistas que desvalijaron las
arcas fiscales.
Recién el 12 de julio de 1989 se inició la producción de prueba, y casi 3 años
tuvimos que batallar para establecer, junto a la verdad material, la verdad
jurídica comprobada, sin la que no hay juicio ni sentencia. Y para ello
presentamos 40 testificaciones de enorme valor probatorio, más de 2.000
documentos oficiales, cientos de indicios hemerográficos, así como pericias y
reconstrucciones especialmente de los asesinatos.
Lidia Gueiler, junto a varios de sus ministros, dio cuenta de la conspiración
castrense meses antes del 17 de julio, de la violenta toma paramilitar del
Palacio y de su apresamiento y chantaje para que renunciara. Juan Lechín,
Walter Vázquez, Julio Tumiri, Oscar Eid, Gladys Solón, Germán Crespo y varios
otros dirigentes describieron los momentos de barbarie cuando paramilitares
armados asaltaron la COB y el Conade, al mediodía del 17 de julio, y cuando
Marcelo Quiroga Santa Cruz fue identificado y ametrallado; barbarie que
continúo en el Estado Mayor donde fueron conducidos todos, y en cuyas
caballerizas Arce Gómez y paramilitares argentinos los sometieron a torturas y
vejámenes. Esos testimonios, para el caso de Marcelo, los respaldamos luego con
fotografías que obtuvimos, en las que aparecía el rostro de Marcelo con
posibles heridas y contusiones, con deformaciones en la boca, y con lo que
parecía ser una perforación de bala en el pómulo derecho. Es que, con la
pericia forense del Dr. Rolando Costa Arduz, se estableció que Marcelo llegó
vivo, aunque malherido, al Estado Mayor y que allí, de manera atroz, los
represores se ensañaron con su cuerpo moribundo, al que ultrajaron, remataron y
finalmente desaparecieron.
Gloria Ardaya, la sobreviviente de la calle Harrington, describió el horror de
la masacre de sus 8 compañeros reunidos ese 15 de enero de 1981 en la
resistencia clandestina. Las palabras de Gloria retumbaron en la Corte Suprema
cuando relató los minutos previos al ametrallamiento, cuando sus compañeros
desarmados estaban contra la pared en ese departamentito de Sopocachi; cuando
transmitió el grito desesperado de auxilio de Gonzalo Barrón que logró salir al
techo; o cuándo, inmediatamente después de las ráfagas presenció azorada la
agonía de Artemio Camargo, cuyo cuerpo sangrante dejado al lado de la cama
donde estaba oculta, la protegió y le salvó la vida.
Ruth, Gladys, Betina y Olivia, con las ropas de sus esposos perforadas por
múltiples disparos, relataron el viacrucis criminal que sufrieron para
recuperar los cuerpos destrozados de esos mártires, y las humillaciones que
sufrieron en ese momento de dolor extremo, tanto en la morgue como en los
velorios familiares.
Todavía los abogados tuvimos que destruir la infamia gubernamental de
“enfrentamiento armado” en la calle Harrington y donde el policía Juan
Rodríguez Luna supuestamente había sido “victimado”. Es que hicimos una
rigurosa pesquisa y lo encontramos al señor Juan Rodríguez Luna, ex funcionario
policial, vivito y coleando, primero en Uyuni y luego en La Paz, de donde lo
trajimos hasta la Corte Suprema, trizando definitivamente la mentira y el
montaje criminal de la dictadura.
LA PRUEBA DOCUMENTAL
En más de 2000 documentos, que presentamos ante los jueces supremos, están
resumidos los 14 meses posteriores al golpe donde se decretó que todos debíamos
andar con el testamento bajo el brazo; donde se apresó, torturó y exilió a
cientos de bolivianos, se intervinieron y acallaron los medios de comunicación,
se demolió el edificio histórico de la Central Obrera Boliviana, se suplantó a
la dirigencia sindical, se eliminó la autonomía universitaria y se denigró en
extremo la imagen internacional del país.
Están allí las pruebas de una estructura paramilitar mafiosa encabezada por
Klaus Altman Barbie, con quien Arce Gómez, antes del golpe, había suscrito un
“acta de lealtad”, dándole al criminal nazi el grado de coronel de nuestro
Ejército para convertirlo en el cerebro gris del SES, de los asesinatos, las
torturas y las desapariciones. Y esa degradación de la institución castrense,
manoseada y ocupada por hampones, fue develada ante los magistrados por el
general Emilio Lanza Armaza que testimonió sobre el engaño del “peligro
comunista” que sufrieron los oficiales para apoyar el golpe, pero que después
se negaron a confundir “subordinación con servilismo”, que repudiaron la
presencia humillante de paramilitares en el Estado Mayor, y que se sublevaron
contra una dictadura que no podía ser nunca responsabilidad de todas las
Fuerzas Armadas. Con ello destrozamos la estrategia de buscar apoyo en los
cuarteles trasladando allí las responsabilidades. Dejamos en la orfandad
delictiva a los verdaderos responsables.
LOS DELITOS ECONÓMICOS
Los abogados de la parte civil desglosamos ante la Corte Suprema toda la
documentación existente en Contraloría y otras reparticiones estatales, que
daban cuenta de la conducta dictatorial en contra del patrimonio público: En el
caso de la “Gaiba” se probó que la junta de Comandantes suscribió “un contrato
privado” con una empresa particular, para repartirse al 50 % la explotación de
piedras semipreciosas. En el caso de los “equipos petroleros” se presentaron
los documentos de YPFB sobre un sobreprecio de 4 millones de $us. También se
probó la adquisición ilegal e inútil de maquinaria agrícola argentina,
convertida en chatarra en la frontera. E igualmente, con documentos oficiales,
se verificó la desviación y robo de 200 cajas de vidrio laminado “ray ban”
destinado a la piscina olímpica de Obrajes. Finalmente, se comprobó la
apropiación ilegal de parte del exdictador de un cheque por 280.000 $us, que
llegó al país como indemnización por una anterior importación de harina en mal
estado.
La prueba de “descargo” fue irrelevante. García Meza presentó 432 testigos y
sus colaboradores 298 más. Pero casi nadie se presentó a declarar en su descargo,
salvo tres jefes castrenses obligados y cuatro exfuncionarios de la dictadura.
El 21 de mayo de 1992, se “clausuró” la fase probatoria y las partes tuvimos
todavía 13 meses para presentar y leer los alegatos. Finalmente, la Corte
Suprema fijó para el miércoles 21 de abril de 1993 la audiencia para pronunciar
la sentencia inapelable.
Junto a García Meza y Arce Gómez, fueron condenados otros 46 acusados con penas
desde 15 a 30 años de presidio para los delitos graves, y con sanciones menores
los exministros y otros funcionarios subalternos. 5 acusados habían fallecido
previamente y solo 3 procesados fueron absueltos.
Esa noche, al escuchar el veredicto, recordé intensamente a los caídos y me
sentí con el deber cumplido. Habíamos completado una tarea colectiva con Miguel
Ángel Virrueta, Freddy Padilla y Julio César Sandoval, los abogados que
sostuvimos la acusación hasta el final. Pero, sobre todo, con Cristina Quiroga,
las viudas de la Harrington, con Iván Paz, Aníbal Aguilar, Olga Flores, Loyola
Guzmán, la COB, la Asamblea de Derechos Humanos, la Universidad Boliviana, la
Asociación de Familiares y con la gran mayoría de los bolivianos, habíamos
culminado una gran cruzada nacional contra la impunidad.
Esa noche no sentí alegría, solo paz. Aquella que no se alcanza con la venganza
de los violentos ni con el olvido de los cobardes. Era la paz que brinda la
justicia.



