Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: sábado 17 de julio de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Judicial
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las 19:30 del miércoles 21 de abril de 1993, terminó la lectura de la sentencia
en el juicio a la dictadura de García Meza. El salón de honor presidido por
Édgar Oblitas y los magistrados de la Corte Suprema estaba lleno, al igual que
el hall de entrada, mientras una multitud, que se había congregado en el parque
Bolívar sin moverse las cuatro horas que duró la lectura, estalló cuando el
secretario de cámara pronunció la frase “30 años de presidio sin derecho a indulto”.
Estaba concluyendo el juicio más importante de nuestra historia, después de
nueve años.
Según las
Leyes de Responsabilidades de altos dignatarios de Estado de 1884 y 1944 y del
Procedimiento Penal de 1973, con que se tramitó el proceso, debían cumplirse
dos etapas: la del sumario a cargo del Congreso y la del plenario ante la Corte
Suprema.
Sumario congresal
En la
sesión congresal del 16 de febrero de 1984, el diputado Antonio Araníbar leyó
el pliego acusatorio que mi persona había redactado por “encargo” de la
dirección nacional del MIR. Fue en una reunión de la conducción mirista, a
fines de 1983, que Jaime Paz, molesto por los reclamos que hacíamos varios
compañeros por el no enjuiciamiento de la dictadura, dijo refiriéndose a mí:
“(…) pero si el Horacio es abogado, que redacte pues la demanda contra García
Meza y así reclamamos menos (...)”.
Lo
tomé como un “desafío”. Tenia 29 años y sólo siete de abogado, pero para
diciembre estuvo listo el “pliego acusatorio” que leyó Toño en esa sesión del 16
de febrero iniciando el juicio.
El sumario
congresal, en lugar de los 15 días que preveía la ley de 1944, tomó dos años
que no fueron, precisamente, de investigaciones y pesquisas. La demora se
produjo por la temprana e irremediable crisis que paralizó al país y que
culminó en 1985 con el cambio de gobierno. Pero sí, la Comisión Mixta del
Congreso que “tramitó” el sumario cumplió varias diligencias procesales, tomó
declaraciones informativas y acumuló algunas investigaciones penales iniciadas
en la justicia “ordinaria”, junto a importante documentación de la Contraloría
sobre varios “delitos económicos”. Y en base a ello se redactó el “auto de
procesamiento” aprobado el 25 de febrero de 1986. Se había acortado el mandato
del doctor Siles, la hiperinflación había diluido la enorme energía
popular que posibilitó el derrocamiento de los dictadores, y las fuerzas
conservadoras habían retornado al Gobierno. Pero estaba fresca la memoria de
los caídos y ello pesó más para que el Parlamento se viera obligado a aprobar
la acusación y la continuidad del juicio ante la Corte Suprema.
El
Congreso acusó a 56 personeros de la dictadura, encabezados por García
Meza y Arce Gómez, por 45 delitos descritos en ocho grupos que iban desde el
golpe del 17 de julio, los asesinatos en la COB, la masacre de la calle
Harrington, hasta los delitos contra el erario público.
Sin duda
el auto congresal fue mucho más allá de nuestro “pliego acusatorio” y del que
presentara también el PS-1, pero aun así no abarcó todo el accionar delictivo
de la dictadura. No se acusó por el asesinato previo de Espinal, por las
masacres de Caracoles y Viloco, por las desapariciones forzadas ni por
narcotráfico y, por lo mismo, varios delitos y muchos integrantes de la
dictadura quedaron al margen del proceso.
El plenario en Sucre
García
Meza, que había salido subrepticiamente del país semanas antes del 10 de
octubre de 1982, retornó de igual manera días antes de las audiencias y se
presentó a su declaración “confesoria” el 7 de abril de 1986. Ya entonces el
marco de protección que le brindaba el mando militar con anuencia del Gobierno
era inocultable. Ese día Sucre fue militarizada y a las tres de la tarde, con
escolta de la Policía Militar, García Meza se sentó en el banquillo de los
acusados.
Parece que
el exdictador estaba persuadido de que el juicio no prosperaría. Es probable
que su aparición en Sucre hubiera estado concertada y “negociada” con sus
exaliados ahora en el Gobierno, pero lo evidente es que García Meza desplegó
una peligrosa estrategia para malograr el juicio a partir de la “amnesia”, la
dilación procesal y la violencia.
No se
acordaba de nada. Peor, los hechos delictivos que sufrimos los bolivianos
durante 14 meses no se habían producido: nunca hubo golpe, jamás existieron
paramilitares, las víctimas eran las responsables, y todo se habría efectuado
por mandato de las Fuerzas Armadas.
Y con 56
acusados, las actuaciones procesales como las “confesiones”, las rebeldías, los
edictos, los incidentes y los plazos tenían que repetirse 56 veces. Pero
además, como García Meza se sentía protegido, la agresión a la parte civil, a
las víctimas y a sus abogados era parte de una continuada estrategia de
intimidación que también alcanzó a los jueces supremos y al fiscal, abandonados
a su suerte por los nuevos gobernantes.
Fase probatoria
La tarea
fue titánica para los abogados de la parte civil, y parecía casi surrealista:
había que probar que efectivamente el 17 de julio se asaltó la COB y el Palacio
de Gobierno, que Marcelo Quiroga, Carlos Flores y Gualberto Vega habían sido
cobardemente ametrallados, que la expresidenta Gueiler jamás entregó el mando
presidencial, sino que fue apresada y chantajeada hasta que renunciara; que los
ocho dirigentes del MIR, indefensos, habían sido masacrados por la espalda; y
que semejante vesania en los represores sólo era comparable con la
mentalidad cleptómana de los golpistas que desvalijaron las arcas fiscales.
Recién el
12 de julio de 1989 se inició la producción de prueba, y casi tres años tuvimos
que batallar para establecer, junto con la verdad material, la verdad
jurídica comprobada, sin la que no hay juicio ni sentencia. Y para ello
presentamos 40 testificaciones de enorme valor probatorio, más de 2.000
documentos oficiales, cientos de indicios hemerográficos, así como pericias y
reconstrucciones especialmente de los asesinatos.
Lidia
Gueiler, junto con varios de sus ministros, dio cuenta de la conspiración
castrense meses antes del 17 de julio, de la violenta toma paramilitar del
Palacio y de su apresamiento y chantaje para que renunciara. Juan Lechín,
Wálter Vázquez, Julio Tumiri, Óscar Eid, Gladys Solón, Germán Crespo y varios
otros dirigentes describieron los momentos de barbarie cuando paramilitares
armados asaltaron la COB y el Conade, al mediodía del 17 de julio, y cuando
Marcelo fue identificado y ametrallado; barbarie que continúo en el Estado
Mayor donde fueron conducidos todos, y en cuyas caballerizas Arce Gómez y
paramilitares argentinos los sometieron a torturas y vejámenes.
Las víctimas de la masacre de la Harrington.
Esos
testimonios, para el caso de Marcelo, los respaldamos luego con fotografías que
obtuvimos, en las que aparecía el rostro de Marcelo con posibles heridas y
contusiones, con deformaciones en la boca, y con lo que parecía ser una
perforación de bala en el pómulo derecho. Es que, con la pericia forense del
doctor Rolando Costa Arduz, se estableció que Marcelo llegó vivo, aunque
malherido, al Estado Mayor y que allí, de manera atroz, los represores se
ensañaron con su cuerpo moribundo, al que ultrajaron, remataron y finalmente
desaparecieron.
Gloria
Ardaya, la sobreviviente de la calle Harrington, describió el horror de la
masacre de sus ocho compañeros reunidos ese 15 de enero de 1981 en la
resistencia clandestina. Las palabras de Gloria retumbaron en la Corte Suprema
cuando relató los minutos previos al ametrallamiento, cuando sus compañeros
desarmados estaban contra la pared en ese departamentito de Sopocachi; cuando
transmitió el grito desesperado de auxilio de Gonzalo Barrón que logró salir al
techo; o cuando, inmediatamente después de las ráfagas presenció azorada la
agonía de Artemio Camargo, cuyo cuerpo sangrante dejado al lado de la cama
donde estaba escondida, la protegió y le salvó la vida.
Ruth,
Gladys, Betina y Olivia, con las ropas de sus esposos perforadas por múltiples
disparos, relataron el viacrucis criminal que sufrieron para recuperar los
cuerpos destrozados de esos mártires, y las humillaciones que sufrieron en ese
momento de dolor extremo, tanto en la morgue como en los velorios familiares.
Édgar Oblitas, Cristina Quiroga, Juan Lechin e
Iván Paz.
Todavía
los abogados tuvimos que destruir la infamia gubernamental de “enfrentamiento
armado” en la calle Harrington y donde el policía Juan Rodríguez Luna
supuestamente había sido “victimado”. Es que hicimos una rigurosa pesquisa y lo
encontramos al señor Juan Rodríguez Luna, ex funcionario policial, vivito y
coleando, primero en Uyuni y luego en La Paz, de donde lo trajimos hasta la
Corte Suprema, trizando definitivamente la mentira y el montaje criminal de la
dictadura.
Prueba documental
En más de
2.000 documentos que presentamos ante los jueces supremos, están resumidos los
14 meses posteriores al golpe donde se decretó que todos debíamos andar con el
testamento bajo el brazo; donde se apresó, torturó y exilió a cientos de
bolivianos, se intervinieron y acallaron los medios de comunicación, se demolió
el edificio histórico de la Central Obrera Boliviana, se suplantó a la
dirigencia sindical, se eliminó la autonomía universitaria y se denigró
en extremo la imagen internacional del país.
Están allí
las pruebas de una estructura paramilitar mafiosa encabezada por Klaus Altman
Barbie, con quién Arce Gómez, antes del golpe, había suscrito un “acta de
lealtad”, dándole al criminal nazi el grado de coronel de nuestro Ejército para
convertirlo en el cerebro gris del SES, de los asesinatos, las torturas y las
desapariciones.
Reunión del Conade, minutos antes del asalto a
la COB, 1980.
Y esa
degradación de la institución castrense, manoseada y ocupada por hampones, fue
develada ante los magistrados por el general Emilio Lanza Armaza, que
testimonió sobre el engaño del “peligro comunista” que sufrieron los oficiales
para apoyar el golpe, pero que después se negaron a confundir “subordinación
con servilismo”, que repudiaron la presencia humillante de paramilitares en el
Estado Mayor, y que se sublevaron contra una dictadura que no podía ser
nunca responsabilidad de todas las Fuerzas Armadas.
Con ello
destrozamos la estrategia de buscar apoyo en los cuarteles trasladando allí las
responsabilidades. Dejamos en la orfandad delictiva a los verdaderos
responsables.
Delitos económicos
Los
abogados de la parte civil desglosamos ante la Corte Suprema toda la
documentación existente en Contraloría y otras reparticiones estatales, que
daban cuenta de la conducta dictatorial en contra del patrimonio público: En el
caso de la Gaiba se probó que la junta de comandantes suscribió “un contrato
privado” con una empresa particular, para repartirse al 50% la explotación de
piedras semipreciosas.
En el caso
de los “equipos petroleros” se presentaron los documentos de YPFB sobre un
sobreprecio de cuatro millones de dólares. También se probó la adquisición
ilegal e inútil de maquinaria agrícola argentina, convertida en chatarra en la
frontera. E igualmente, con documentos oficiales, se verificó la desviación y
robo de 200 cajas de vidrio laminado ray-ban destinado a la piscina olímpica de
Obrajes. Finalmente, se comprobó la apropiación ilegal de parte del exdictador
de un cheque por 280 mil dólares, que llegó al país como indemnización
por una anterior importación de harina en mal estado.
Arce Gómez y García Meza, condenados a 30
años.
La prueba
de “descargo” fue irrelevante. García Meza presentó 432 testigos y sus
colaboradores 298 más. Pero casi nadie se presentó a declarar en su descargo,
salvo tres jefes castrenses obligados y cuatro exfuncionarios de la
dictadura.
El 21 de
mayo de 1992 se “clausuró” la fase probatoria y las partes tuvimos
todavía 13 meses para presentar y leer los alegatos. Finalmente, la Corte
Suprema fijó para el miércoles 21 de abril de 1993 la audiencia para pronunciar
la Sentencia inapelable.
Junto con
García Meza y Arce Gómez fueron condenados otros 46 acusados con penas
desde 15 a 30 años de presidio para los delitos graves, y con sanciones menores
los exministros y otros funcionarios subalternos. Cinco acusados habían
fallecido previamente y sólo tres procesados fueron absueltos.

Esa noche,
al escuchar el veredicto, recordé intensamente a los caídos y me sentí con el
deber cumplido. Habíamos completado una tarea colectiva con Miguel Ángel
Virrueta, Freddy Padilla y Julio César Sandoval, los abogados que sostuvimos la
acusación hasta el final. Pero sobre todo, con Cristina Quiroga, las viudas de
la Harrington, con Iván Paz, Aníbal Aguilar, Olga Flores, Loyola Guzmán, la
COB, la Asamblea de Derechos Humanos, la Universidad Boliviana, la Asociación
de Familiares y con la gran mayoría de los bolivianos, habíamos culminado una
gran cruzada nacional contra la impunidad.
Esa noche
no sentí alegría, sólo paz. Aquella que no se alcanza con la venganza de los
violentos ni con el olvido de los cobardes. Era la paz que brinda la
justicia.



