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Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: jueves 08 de julio de 2021
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Democracia interna y divergencias
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Quizás, el
antecedente más claro de dominio indígena en Bolivia fue el que ejerció el
Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) en su tiempo histórico político y
social más trascendental. Esa fue una coyuntura clara de poder dual que tuvo
sus frutos pero que, con el devenir, deterioró el tejido social y político del
país.
El MNR supo
conducir, con ese dominio, a un acuerdo bilateral entre el poder del gobierno y
los indígenas. Un cogobierno complejo y arriesgado en cuanto a sus
consecuencias posteriores. Fruto de ello hubo una ruptura al interior del mismo
universo indígena.
Ese quiebre
tenía que ver con la voluntad de autogestión y de lucha por la necesidad de
libertad política, de acción y de decisión.
El indio
había estado sometido por años a un patrón que mandaba en su voluntad y en su
vida. Sin embargo, el MNR direccionó su política hacia una lucha conjunta que
determinó el quiebre hegemónico sociopolítico de un Estado oligárquico,
desembocando en la Revolución del 52. Pese a ello, es innegable que los
indígenas, campesinos, mineros y clase proletaria, fueron conducidos, de la
mano de un poder político que transformó las bases estructurales sociales,
económicas y políticas de Bolivia.
Los hitos
históricos del gobierno del MNR fueron un parteaguas determinante para el
devenir. Es decir, a partir de la Revolución del 52 y todas sus
transformaciones, Bolivia ingresó a un escenario de democratización. Sin
embargo, persistió una continuidad poscolonial. El MNR puso sus finalidades
netamente político-partidistas antes que un proceso reivindicativo de los
sectores con los que había pactado. Esto impulsó a la formación se grupos
sociales amaestrados leales al partido.
Engancho
estos antecedentes sociales y políticos en la historia de Bolivia con los 14
años de gobierno de Juan Evo Morales Ayma. Desde luego, salvando las distancias
históricas, sociales, políticas y, claro está, de verdadero liderazgo.
Morales, el
MAS y su “proceso de cambio” fueron y son un verdadero fiasco. Su gobierno y
sus mecanismos discursivos solo sirvieron para implantar y entronizar el
caciquismo y el sometimiento de las culturas originarias a su palabra y
autoridad. Un colonialismo interno de dominio y subordinación que hasta ahora
forma parte de su programa político. ¡Relación patrón y pongo!
La voluntad
de poder y de autogestión en el universo de esas culturas originarias,
simplemente fueron y continúan siendo una utopía.
Morales
implantó un servilismo feudal, unos mecanismos de adoctrinamiento que
avergüenzan y desvirtúan la verdadera lucha en pos de la liberación de los
pueblos originarios.
¿Cuál fue la
estructura social, política y administrativa que sostuvo y blindó a Morales
durante 14 años de una bipolaridad social y una crisis de identidad agudas y
que además le permitió compensar su desfigurada imagen como presidente y
caudillo con una de indígena y defensor de los derechos de estos?
La
impermeabilidad de Morales radicó (radica) en que siempre mantuvo un juego
político ambiguo y demagógico. Era (es) de izquierda, socialista y
revolucionario en público y, capitalista, derechista, autoritario y capataz en
privado.
El MAS no es
un partido político, nunca lo fue, es un movimiento social que con el
transcurso del tiempo se convirtió en un depósito de residuos ideológicos
tóxicos: derechas e izquierdas, oportunistas, intelectuales, agitadores,
llunk’us, neoliberales, marxistas, demócratas, tecnócratas, plutócratas e
hipócritas.
Es y no es de
derecha, es y no es de izquierda. T’aras y q’aras, unidos y subyugados por un
solo hilo conductor: el poder, la soberbia, el placer de mandar y la capacidad
de obedecer. Hay pues, un colonialismo interno que se mimetizó (a) con la
imagen de un expresidente mestizo con apariencia de indígena impostor que
orbita en un eje monolítico, tirano y vertical.
Ese gobierno
que se pavoneaba y gastaba dinero público en público, forjó una Bolivia a tres
velocidades: en primera, los círculos sociales y políticos que capitalizan su
aproximación incómoda al MAS y que se sientan, in-cómodamente, en la misma
silla azul voladora, a honrar su poder económico.
En segunda,
está esa capa social flotante que no acaba de encontrar su nicho sustancial
como pieza activa de un sistema económico que le ayude a prever su futuro.
En tercera,
la nación clandestina que, aún en esta coyuntura “participativa y de cambio”,
no asoma su rostro inclusivo, jamás asomó: los innombrados, las culturas
originarias que solo están ahí para dar la cara en tiempos de promoción
política y que aún viven de su pasado y subsisten su presente sin un futuro
real.
La
contradicción más grande del gobierno de Evo tiene que ver con el quiebre de
políticas y respeto hacia pueblos indígenas que se constituían como guardianes
de la madre tierra. Hoy, sus derechos fueron vulnerados, transgredidos. El
mandamás sigue vigente. Nada puede suceder sin su venia y aprobación. Persiste
el dominio y el servilismo.
La paradoja
más grande de Evo y sus 14 años de eternas contradicciones estuvo en el
abandono total de una gestión basada en el etnodesarrollo que empodere social,
política y culturalmente a los pueblos originarios.
Etnodesarrollo
es esa capacidad social, que propone el antropólogo mexicano Guillermo Bonfil,
de un pueblo para construir su futuro utilizando para ello las enseñanzas de su
experiencia histórica, y los recursos reales y potenciales de su cultura, de
acuerdo con un proyecto que se adapte a sus propios valores y aspiraciones
futuras.
Bonfil
plantea la teoría del control cultural. Menciona que esta es una manera de
control social, que afecta directamente la capacidad de decisión sobre los
elementos culturales.
El control
cultural, enfatiza, no es absoluto ni abstracto, sino histórico. “Las
decisiones propias dan como resultado, con elementos propios, culturas
autónomas y con elementos ajenos, culturas apropiadas; las decisiones impuestas
resultan en culturas enajenadas con elementos propios, o en culturas impuestas
con elementos ajenos. Desde la autonomía es posible construir, la cultura de la
pluralidad, un espacio donde se admitan y se valoren las diferencias”.
Nada de eso
sucedió ni sucederá. El etnodesarrollo se convirtió en un mito, en una utopía.
En un contrasentido a los privilegios de mandar sin obedecer la autoridad del
pueblo.
El dominio y
gobierno de Evo eran a vuelo de helicóptero y avión, esa supremacía también le
daba un sello de pachá, de capataz, de patrón. Era un signo y un símbolo
poderosos, insultantes.
Evo no pisaba
suelo firme. Volaba, levitaba, despegaba, aterrizaba.
Evo:
"Helicóptero y avión (presidencial) ya no es un lujo, es un instrumento de
trabajo. Es como para ustedes, la yunta, el pico, la pala y el arado, así es,
para trabajar (...)".



