Medio: La Razón
Fecha de la publicación: domingo 04 de julio de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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¿Alguien preguntó por la vida y el
paradero del entonces primer vicepresidente de la Cámara de Senadores, Rubén
Medinaceli Ortiz? ¿Se sabe exactamente en qué momento y en qué circunstancias
decidió desaparecer luego de la renuncia de Evo Morales a la presidencia en la
tarde del 10 de noviembre de 2019? Pareciera que a Medinaceli se lo hubiera
tragado la tierra. Se sabe que la línea de sucesión presidencial, según el
artículo 169 de la CPE, fue acosada y amedrentada, no solo en las personas de
la presidenta del Senado, del presidente y la primera vicepresidenta de
Diputados, sino que fue extendida a sus familiares: la casa del padre de
Adriana Salvatierra en Santa Cruz de la Sierra, el hermano de Víctor Borda
amenazado de muerte en Potosí, la casa de la madre de Susana Rivero en
Trinidad. Todo estaba perfectamente planificado: ninguno de los legalmente
habilitados para instalar plenos camarales y generar decisiones en la Asamblea
Legislativa Plurinacional estaría en condiciones de hacerlo porque la triple vigilancia
y persecución con acciones sincronizadas —civiles, militares, policías— tenía
el objetivo principal de lograr que el MAS quedara desplazado del gobierno por
la fuerza.
Lo que sucedió entre el 10 y el 12
de noviembre de 2019 fue el rompimiento del poder constituido, activado por la
expresión más rabiosa de la clase media urbana adscrita a una visión
conservadora y étnicamente excluyente de país de la que tengamos memoria en las
últimas décadas, que sacada de quicio por el prorroguismo de Evo Morales, decidió
adoptar durante tres semanas lo que las organizaciones sociales bolivianas
conformadas por indígenas, campesinos y obreros utilizaron históricamente como
métodos de protesta: bloqueos y movilizaciones callejeras, de manera que esa
clase media urbana “apolítica” ampliara su radio de acción desde las redes
sociales hacia los espacios públicos de los nueve departamentos de Bolivia para
impugnar un fraude electoral hasta hoy no demostrado, reclamando en principio
un desempate en segunda vuelta, pidiendo a continuación la anulación del acto
eleccionario y finalmente presionando para que Evo Morales dimitiera a la
presidencia del Estado.
No sería presidenta del Estado
Plurinacional Adriana Salvatierra. Amedrentada por civiles, militares y
policías e instruida por Evo Morales, tomó la decisión de renunciar a la
presidencia del Senado. ¿Rubén Medinaceli? No se sabe, no responde. Víctor
Borda tampoco, si no renunciaba y osaba aparecer por la plaza Murillo, la vida
de su hermano corría peligro: el asunto estaba en manos del Comité Cívico de
Potosí encabezado por Marco Pumari. Ojo que ninguna de las dimisiones fue
formalmente tratada y aceptada porque las cámaras se vieron imposibilitadas de
instalar sesiones entre el 10 y el 12 de noviembre. Susana Rivero, en cambio,
se negó a renunciar y quedaba como presidenta en ejercicio de la Cámara Baja.
Estuvo en la Embajada de México desde el 10 de noviembre hasta la tarde del 13,
día en que fue a la Cámara de Diputados, y asediada por uniformados en el
hemiciclo recompuso la directiva que a partir de ese momento presidía Sergio
Choque, y se marchó para dejar formalmente su diputación, recién el 6 de enero
de 2020.
Neutralizada la línea sucesoria
legalmente habilitada por los dos tercios con los que el MAS controlaba las dos
cámaras, los ya conocidos y varias veces nombrados usurpadores de la
institucionalidad democrática —Mesa, Tuto Quiroga, Camacho, Doria Medina,
Ortiz, la jerarquía eclesiástica, tres embajadores, dos exdefensores del
Pueblo, Albarracín y Villena (+)—, consensuaron en la Universidad Católica de
La Paz la promoción de Jeanine Áñez a la silla presidencial que un cuarteto de
senadores pertenecientes a la minoritaria bancada de Demócratas se encargó de
materializar: la propia Áñez, Óscar Ortiz, Arturo Murillo y algo más atrás
Yerko Núñez se valieron de la figura constitucional con la que accedió a la
presidencia Tuto Quiroga en 2001 —que sí se encontraba en la línea sucesoria en
su condición de Vicepresidente— y de un comunicado institucional sin valor
vinculante emitido por el Tribunal Constitucional sustentando la figura
del ipso facto, basada en el antecedente de Quiroga
reemplazando a Banzer.
Los
senadores Yerko Núñez, Óscar Ortiz y Arturo Murillo, aliados de Áñez en su
llegada al poder.
La posesión ilegal
Para desembocar en la ilegal
posesión de Áñez en el viejo Palacio de Gobierno, sin haber sido elegida
formalmente por nadie, se desencadenaron una serie de hechos que en exactamente
tres semanas derivaron en la caída de Evo Morales, operados desde afuera por la
OEA, el Departamento de Estado norteamericano, la Unión Europea y la Embajada
de Brasil, y desde dentro del país a través de una concertación civil,
policial, militar y eclesiástica que envalentonó a los civiles que con trastos
domésticos y unas cuerdas improvisadas a las que Evo Morales bautizara
despectivamente como “pititas”; supieron paralizar el tráfico vehicular
alterando la cotidianidad con gran contundencia, endemoniados porque el mismo
Morales habría osado instruir que no se abasteciera de alimentos a los centros
urbanos del país. ¿Cómo? ¡Sacrilegio! ¿Los campesinos que cultivan la tierra,
los que le dan de comer a señoras, señores, señoritas, señoritos, jailones y no
jailones se atreverían a dejar de servir a los estupendos habitantes con
pedigree familiar, con 4×4 a la puerta, y viajes a Camboriú o a Miami? Los
trabajadores de la tierra nunca habían llegado a extremos de soportar amenazas
de grueso calibre y en esta oportunidad tampoco sucedería. Los campesinos y los
indios tuvieron siempre la obligación de procurar todo lo necesario para las
zonas de confort.
De la protesta callejera, de los
cabildos en el Cristo Redentor de la Monseñor Rivero en Santa Cruz de la Sierra
repletos de plegarias y la Biblia en el atril de Luis Fernando Camacho, de los
bloqueos con amarres y cuatro gatos por esquina bien distribuidos por todas las
zonas de La Paz y el resto de las ciudades capitales, los “pititas” pasaron al
frente, indignados y temerosos porque “la indiada” amenazaba con descolgarse de
los cerros desde Pampahasi para saquear e incendiar casas. Efectivamente
sucedió que las “hordas masistas”, así calificadas por Arturo Murillo,
cometieron, por ejemplo, desmanes como el producido en el Chapare donde
campesinos cocaleros quemaron el Victoria Resort —hotel propiedad de Murillo—,
quien al día siguiente del atentado sufrido (11 de noviembre) informó que el edificio
quedó reducido a cenizas y tuvo que esconder a sus familiares a fin de evitar
consecuencias funestas. Cosa parecida sucedió con la casa del rector de la UMSA
y miembro del Conade, Waldo Albarracín, y la presentadora de televisión
Casimira Lema. ¿Eran efectivamente militantes del hasta ese momento partido de
gobierno los que actuaron vandálicamente? ¿O se trataba de una confusa mezcla
de actores provenientes del lumpen junto a sectores desesperados porque su
presidente estaba siendo derrocado?
Los “pititas” tenían como
guardaespaldas a policías y militares que cambiaron de dirección en sus tareas
de sofocamiento de los desórdenes y la violencia, que decidieron vulnerar sus
roles constitucionales que les impiden la deliberación pública y la no
intervención en los asuntos políticos del Estado: le pidieron la renuncia a su
Capitán General, el Presidente del Estado. Los “pititas” verdes, amarillos,
azules y rojos fueron protegidos para arremeter, golpear, pintarrajearle todo
el cuerpo y poner de rodillas a la alcaldesa de Vinto (Cochabamba) Patricia
Arce. Lo hizo la Resistencia Juvenil Cochala que perpetró este acto de
violencia cargado de simbolismo racista, pisoteando la wiphala para convertirla
en un trapo mugroso.
Persecución política
Antes de que el 15 y 19 de
noviembre se produjeran las tragedias de Senkata, El Pedregal y Sacaba, la
Unión Juvenil Cruceñista, consecuente con su muy conocido accionar racista y
discriminador, acorraló a ciudadanos y ciudadanas en Yapacaní y en Montero que
terminaron encarcelados y torturados sin que a varios de ellos se les pudiera
haber comprobado vinculación alguna con el Movimiento Al Socialismo (MAS). Era,
como se dice popularmente, “gente que pasaba por ahí”. El pasado viernes 18 de
junio, este periodista tuvo la posibilidad de participar en una reunión
producida en La Paz con las víctimas de las violaciones a los derechos humanos
en las mencionadas localidades cruceñas, personas de muy limitada condición
económica, hace más de un año desempleadas. En dicho encuentro se registraron
45 testimonios de hombres y mujeres, muy jóvenes todos ellos, que todavía no
han sido sobreseídos por acusaciones nunca demostradas por el Ministerio
Público. La crueldad y los comportamientos extorsivos de efectivos policiales
les provocaron estancias infernales en los recintos penitenciarios en los que
fueron recluidos. A fin de evitar la espectacularización de un evento como
éste, dramático en su dimensión humana, de los que suele aprovecharse el
amarillismo periodístico, no hubo convocatoria a los medios de comunicación.
Las conclusiones de dicha mesa informativa dejaron clara la urgencia de una
solución judicial para otorgar libertad irrestricta a estos ciudadanos
criminalizados por militar en el partido azul o tener una relación con él, como
si se tratara de un delito en sí mismo. Sería bueno preguntarle a Jeanine
Áñez y a los suyos, a Amparo Carvajal de DDHH, al Conade, a la Iglesia
Católica, y a todos quienes facilitaron la presidencia transitoria ilegal, si
esto es o no persecución política, si éstas son o no violaciones sistemáticas a
los derechos ciudadanos.
La Bolivia “pitita”, en su legítimo
afán de reclamar por su voto del 21F de 2016, desconocido por el Tribunal
Constitucional el 28 de noviembre de 2017, fue desplegando una serie de movimientos
que pasaron de la retórica agresiva a las acciones de hecho. Los “pititas”
verdes fueron los ambientalistas de ocasión que armaron una campaña en redes
sociales demonizando como antiecológico y depredador de la naturaleza al
gobierno del MAS por los incendios en la Chiquitanía. Los “pititas” amarillos
tecleaban desquiciados y producían memes en sus redes contra Venezuela, Cuba,
el socialismo del siglo XXI, los cocaleros narcotraficantes y los populistas
corruptos. Los “pititas” azules andaban desencantados porque habían votado
—¡dos veces!— por Evo y habían quedado decepcionados por su obsesión de
eternización en el poder. Y los “pititas” rojos eran los parapoliciales y
paramilitares dispuestos a mancharse las manos de sangre si era necesario para
hacer justicia contra esos “masistas de mierda”, idólatras de su líder.

Los “pititas” de cualquier color
solo sabían a quién sacar del gobierno. No tenían idea de a quién se podía
poner constitucionalmente. Su ceguera político-ciudadana se verificaba en
vigilias organizadas al ingreso de la zona de La Rinconada donde se encuentra
la Embajada de México, o al frente del edificio de apartamentos en el que
habitaba el ministro de Gobierno Carlos Romero, o en las puertas de medios de
comunicación como la televisión estatal, y en el trajinar diario en las calles
en el que si aparecía alguna cara que no fuera de su agrado, se instalaba el
acoso verbal y la amenaza. Podría contarlo la chofer del pseudoperiodista
Entrambasaguas, alguna vez dedicada a la producción audiovisual. O también la
persona que repartía vales de comida chatarra por tantas horas de sacrificio
para los vigilantes con la misión de evitar las “fugas” de Héctor Arce, Juan
Ramón Quintana, Javier Zavaleta o Wilma Alanoca de la residencia de la
embajadora de México, María Teresa Mercado.
¿Transición democrática? ¿Gesta
heroica contra la dictadura? ¿Reivindicación del Estado de Derecho? No.
Instalación de un gobierno de derecha cívico policial militar, autoritario,
persecutor, extorsivo, torturador y asesino. Esos fueron los resultados con que
quedaron retribuidos los “pititas” por su unción cívica. Con un gobierno que
malversó sus sueños y que los condujo a mascullar, 363 días después de las
anuladas elecciones de 2019, otra aplastante derrota. Habían ganado el
referéndum del 21 de febrero de 2016, habían tumbado a Evo Morales el 10 de
noviembre de 2019 y terminaron estruendosamente derrotados el 18 de octubre de
2020 ya sin la coartada de Evo queriendo ser presidente para siempre.
Bolivia vivió un año de patetismo
entre 2019 y 2020. La clase media movilizada, ansiosa por ver al “indio”
expulsado del gobierno, terminó convirtiéndose en la facilitadora de un
ahondamiento de lo que podría llamarse la grieta boliviana. Los militares
volvieron a ser nombrados “milicos golpistas” como sucedía en los años 70 y 80.
Los policías ahora son estigmatizados como “motines” por haberse rebelado
contra el gobierno constitucional. Y los “pititas”, vivieron un espejismo de
esperanza con su “¿quién se wrinde? Nadie se wrinde”. “¿Evo de nuevo?” Ya
no, como consuelo, aunque su partido sea otra vez el que gobierna Bolivia a
través de otro de esos triunfos electorales al que ya fue imposible tachar de
fraudulento. Aunque volvieran a tocar las puertas de los cuarteles. Aunque
pidieran al organismo electoral evitar la posesión de Luis Arce Catacora. El
precio ha sido nuevamente muy alto en vidas humanas, con un gobierno
autoritario especializado en destrozos, capturado por un puñado de vividores
que luego de asaltar el poder, comenzaron a asaltar las arcas del Estado con
desenfreno.
El 15 de agosto de 2020 Jeanine
Áñez afirmó que pacificó al país dos veces. Que en ese momento se trataba de
salvar vidas en la lucha contra el COVID-19. Que era necesario combatir la
violencia del MAS que impedía el transporte de oxígeno por las carreteras.
Vistos los acontecimientos en este primer semestre de 2021, no hay argumentos
que puedan sostener esa pretendida pacificación. Se lo han desmentido, con el
destape de tramas de corrupción y de represión política, los mismos que la
animaron a asumir la presidencia a sabiendas de que a la larga tan temeraria
decisión tendría consecuencias jurídico-constitucionales. Quedan unas cuantas
“pititas” blancas esperanzadas con un cambio político por fuera de la opción
del MAS. Áñez, su entorno y los negociadores de la transición trucha, les
hicieron astillas las ilusiones.
La Razón publica
una serie de artículos relacionados con el poder y los medios de comunicación
en Bolivia. El periodista Julio Peñaloza Bretel investiga trayectorias de la
esfera política con peso específico, así como las relaciones complejas y
conflictivas entre personalidades públicas y la estructura mediática urbana
dominante en el país. La base de esta propuesta está inspirada en la necesidad
de acudir a la memoria para combatir el olvido y el desconocimiento.



