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Medio: El Deber
Fecha de la publicación: viernes 02 de julio de 2021
Categoría: Organizaciones Políticas
Subcategoría: Democracia interna y divergencias
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Como por arte de magia –y esta vez
sin la participación del ministro de Justicia- se ha hecho visible el
Vicepresidente del Estado coauspiciando, con Naciones Unidas, un seminario
sobre experiencias para el reencuentro. No conozco los detalles del evento (y,
como se sabe, en estos está el diablo), pero algo interesante se ha debido
debatir si se pretende impulsar un Proceso Nacional para el Reencuentro.
Hasta el ascenso del MAS al poder
el país fue ejemplo en la región de procesos de concertación locales,
sindicales y políticos, muchos exitosos, otros frustrados, pero que lograron
evitar confrontaciones y alcanzar acuerdos viables para sostener y muchas veces
mejorar el sistema democrático del país y la atención de demandas sectoriales y
regionales.
Con el MAS en el poder todo cambió.
En la medida en que sus dirigentes se creían (y aún muchos se siguen creyendo)
los verdaderos y únicos representantes del “pueblo” (para los otros estaban los
adjetivos descalificativos) decidieron que toda disidencia era intolerable.
Ellos eran los portadores de la verdad y la eficiencia y los adversarios se
convirtieron en enemigos a eliminar.
Así les fue, no solo porque el
pueblo boliviano no aguanta mucho, sino porque a falta de adversarios
comenzaron las pugnas internas por espacios de poder que, como no tenían formas
de resolución participativa, delegaron las decisiones sobre vidas y haciendas
al presidente de las seis Federaciones del Trópico, presidente del MAS IPSP y
Presidente del Estado, ante quien todo honor era insuficiente.
De nada les valió la derrota en el
referendo constitucional de febrero de 2016, la caída de votos en las
elecciones subnacionales y judiciales y, finalmente, los resultados de las
elecciones de 2019 que los obligó a montar un monumental fraude que hastió a la
gente.
Por varias razones que ahora no
viene al caso analizar, en el limpio proceso electoral de 2020 el MAS obtuvo
una contundente victoria sin el exmandatario como candidato y con un mensaje
conciliador. Pero, la sordera de los nuevos mandatarios hizo que esa
recuperación cayera –y se me ocurre que irreversiblemente- en las elecciones
subnacionales pasadas.
Probablemente el vicepresidente del
Estado intuye ese creciente rechazo y a contramano de lo que hacen su
presidente, el MAS y las autoridades, mantiene un discurso conciliador que,
hasta ahora, es solo eso: discurso, y a medida que pasa el tiempo, el gobierno
radicaliza la represión y hace de la ineficiencia un mérito y de la mentira su
principal arma de acción.
Esa situación hace imposible
emprender un proceso de encuentro, razón por lo que, al final de cuentas, la
iniciativa vicepresidencial deja de ser una esperanza (como lo fue, por
ejemplo, su discurso de posesión) y se suma a la salva de cohetes para
disfrazar un proyecto de poder cada vez más autoritario.
La experiencia en el país y en el
exterior muestra que para ingresar en un camino de encuentro mínimamente se
requieren dos requisitos básicos y tres acuerdos. Los primeros, trabajar sobre
la realidad y no sobre el relato que los hoy mandamases quisieran que sea, y
detener la acción represiva en la que están empeñadas las actuales autoridades,
violentado los derechos ciudadanos y los procedimientos legales vigentes.
Los acuerdos: una meta a la que se
quiera arribar; el reconocimiento de las partes que participan en el proceso
como interlocutores válidos y adoptar decisiones que comprometan a los
participantes.
Mientras no se den esas condiciones
mínimas, temo que el vicepresidente seguirá discurseando, y con esa actitud
generando profunda frustración en quienes aún creen que tiene una vocación
conciliadora.
Pero, no hay que olvidar que es tan
peligroso jugar con esperanzas y sentimientos, como lo es jugar con fuego…



