Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: domingo 27 de junio de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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El politólogo
estadounidense Robert Dahl comienza el capítulo IV de su libro La democracia
con una pregunta: ¿qué es la democracia? Responde con una ilustración que
grafica la necesidad social y política de los seres humanos de organizarnos
para complementarnos.
“Todos tenemos fines
que no podemos conseguir por nosotros mismos. Pero algunos de ellos los podemos
alcanzar cooperando con otros. Supongamos, entonces, que para alcanzar
determinados objetivos comunes, algunos cientos de personas acuerdan constituir
una asociación”, dice el profesor.
Una asociación
(sociedad) requiere una Constitución. Ésta debe ser redactada por
representantes elegidos por voto popular. Esta vez, más que concentrarnos en
los redactores, miraremos la parte referida a las personas que gobernarán la
asociación.
“¿Queremos una
constitución que confíe a algunos de los más capaces y mejor informados de
entre nosotros la autoridad de adoptar todas nuestras decisiones más
importantes? Este arreglo no sólo puede asegurar decisiones más sabias, sino
también ahorrarnos al resto una gran cantidad de tiempo y esfuerzo”, grafica
Dahl a través de la voz de uno, digamos, constituyente.
Un momento. Nadie
entre nosotros es más sabio ni superior que el resto en el sentido de que sus
decisiones deban prevalecer automáticamente, responde otro.
Por supuesto. Si
admitimos esta falacia, significaría aceptar el mito del rey que es rey porque
es EL ELEGIDO. En consecuencia, éste no admite cuestionamiento alguno. Y si
somete su elegibilidad a votación, armará un fraude o violará la ley fundamental
para ganar sí o sí. Los que creen que hay un superior para dirigir a los
inferiores creen que si un día el monarca es reemplazado, “el sol se va a
esconder y la luna se va a escapar”.
A diferencia del
totalitarismo, la democracia no aceptas eres imprescindibles en el gobierno
porque “incluso algunos miembros pueden tener más conocimientos sobre alguna
cuestión en un determinado momento, todos somos capaces de aprender lo que
necesitamos saber”, dirá Dahl.
Entonces, en
democracia, todos estamos cualificados para competir por acceder al gobierno,
siempre y cuando comencemos la carrera desde el mismo punto de partida y
siempre y cuando haya acondiciones para deliberar, decidir, elegir y ser
elegidos.
Por consiguiente, la
constitución debería garantizar el derecho a participar en las decisiones
comunes. Entonces, ¿qué es la democracia? El gobierno de todos en condiciones
de igualdad eligiendo y siendo elegidos. ¿Y qué es el totalitarismo? El
gobierno de uno y su grupo en condiciones de desigualdad. Desigualdad que se
traduce en la divinización del gobernante y la superioridad de su grupo.
Superioridad que se materializa en licencia para violar leyes y quedar impunes.
Así, Stalin gobernó
impunemente 30 años la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS); Stroessner
fue reelegido en cinco elecciones consecutivas en Paraguay; Rafael Trujillo
conservó el poder de 1930 a 1961 de forma directa como mandatario e indirecta a
través de presidentes títeres en República Dominicana; Evo Morales violó la
Constitución, se burló de un referendo e hizo fraude en Bolivia hasta que fue
echado por una rebelión popular. Hoy, Daniel Ortega encarcela a sus adversarios
y mata para participar solo y ganar su tercera reelección consecutiva en
Nicaragua.
Ante estos riesgos
para la democracia, en su informe de 1983 sobre Cuba, la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos estableció que el ejercicio del derecho a la
participación política implica “el derecho a organizar partidos y asociaciones
políticas, que a través del debate libre y de la lucha ideológica pueden elevar
el nivel social y las condiciones económicas de la colectividad, y excluye el
monopolio del poder por un solo grupo o persona”.
Esta es la piedra
angular para comprender que la reelección indefinida no es un derecho humano.
Si fuese un derecho humano, significaría la violación de los derechos humanos
de los otros ciudadanos que por principio, sin evidencia en contra, saben que
son y deben ser iguales.
Además, ¿acaso sería
justo que el bien e intereses de una persona (tirano) sean considerados como
superiores a los de la mayoría? La democracia es igualdad; por ello, es el
antídoto para evitar que un gobernante salido de las urnas se convierta en
tirano, ya sea por megalomanía, paranoia, interés propio, ideología, nacionalismo,
creencia religiosa o convicciones de superioridad innata.
En resumen, la
democracia es el límite al poder, escribirá Alain Touraine. La
Constitución es el instrumento que limita ese poder en tiempo y ejercicio.



