Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: lunes 28 de junio de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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Mientras la historia
del golpe se desmorona, el MAS insiste en negar el fraude de 2019,
argumentando, primero, que “nadie muestra evidencias del fraude”, y, segundo,
que “expertos (en EEUU) demostraron que el informe OEA es errado”.
El informe OEA
identifica 12 “Acciones dolosas deliberadas para manipular el resultado de la
elección y afectar el proceso electoral” - según la Real Academia, dolo
significa fraude, engaño, simulación; voluntad de cometer un delito sabiendo su
ilicitud -; trece “irregularidades graves, que vulneraron seriamente al
proceso electoral”; seis “errores, equivocaciones o negligencia que pudieron
facilitar vulneración del proceso”; y dos “indicios estadísticos y de cruce de
información sobre posibles anormalidades”. Menciona que, además, recibió 250 denuncias
de irregularidades de personas y organizaciones civiles, que no pudo
investigar.
Los hallazgos de la
auditoria son cinco: sistemas de transmisión de resultados y de cómputo
definitivo viciados; patrón de manipulaciones, falsificaciones y adulteraciones
de actas para beneficiar al MAS; deficiente cadena de custodia del material
electoral; actas de cómputos no confiables; y un cambio de tendencia muy poco
probable en el último 5% del conteo.
Ninguna de las
“acciones dolosas” ni de las “irregularidades graves” ha sido desvirtuada por
el gobierno y ninguno de los argumentos oficiales refuta técnicamente el
informe de la OEA. El informe contiene pruebas del dolo en imágenes de 226
actas “con adulteraciones o en las que dos o más actas de un mismo centro de
votación fueron llenadas por una misma persona, denotando una acción
intencional y sistemática de manipular los resultados electorales”, pero
voceros oficialistas insisten en que “226 mesas es un número insignificante y
porque en estas mesas el MAS volvió a ganar en 2020 (¡!)”.
Al respecto, el
informe es claro: las 226 mesas son parte de una muestra de 4.692 mesas (13%
del total) en las que el MAS habría “arrasado” con más del 90% del voto;
representan 38.001 votos válidos, de los cuales “el MAS obtiene 34.718 votos,
casi el número de votos que permite a Morales evitar la segunda vuelta”.
Concluye que “el
análisis de un mayor porcentaje de actas, sin duda, detectaría un mayor número
de actas falsificadas, adulteradas o manipuladas”.
Entonces, existen
pruebas físicas del fraude, sin necesidad de entrar a los minuciosos detalles
que describe el informe sobre múltiples vulneraciones informáticas y físicas a
bases de datos y a los sistemas de cómputo, sobre los que el Gobierno tampoco
se pronuncia. A pesar de ello, de plano, se ha sobreseído de culpa a todos los
posibles responsables del daño democrático y económico al Estado “por falta de
pruebas”.
Finalmente, el
oficialismo toma como prueba irrefutable de “no fraude” que las consultorías
pagadas por el CEPR y publicadas como notas en el Washington Post y el New York
Times no encuentran el cambio de tendencia de la votación a favor del MAS, que
la auditoría detecta en el 5% final del cómputo (hallazgo cinco). El tema no
merece mayor análisis porque un cambio de tendencia es un indicio, no una
prueba directa de fraude, además que centros de investigación serios descartan
las conclusiones del CEPR.
Sin embargo, al usar
acríticamente las conclusiones del CEPR, el oficialismo se hace un flaco favor:
un cambio de tendencia en el 5% final del cómputo tiende a focalizar la idea
del posible fraude en ese 5%; pero como no desvirtúan las evidencias físicas de
fraude, el que no cambie la tendencia implicaría que el dolo ha manchado todo
el proceso. Es decir, si en el 13% de las mesas hubo el dolo que señala la OEA
–y que el MAS no disputa, favoreciendo con 35.000 votos al MAS, en el total de
mesas electorales se podrían esperar, con certeza, mucho más de 40.000 votos
fraudulentos, margen con el que el MAS reclamó victoria en primera
vuelta.
Dice el dicho que
“es mejor quedarse callado y dejar que piensen que eres un tonto, que hablar y
despejar toda duda”. El patético simplismo con el que los voceros oficiales
están negando el fraude para posicionar la historia del golpe –que ahora se
cae– es un insulto al sentido común. Quienes sin el menor respaldo
insisten en que no hubo fraude, despejan cualquier posible duda sobre sus
capacidades y valores intelectuales, democráticos y morales.



