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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: jueves 24 de junio de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
Dirección Web: Visitar Sitio Web
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Contenido
La reciente convocatoria al expresidente Carlos Mesa a declarar
como testigo dentro del denominado caso golpe de Estado ha puesto en evidencia
la construcción artificial de una narrativa parcial y simplificada de esos
hechos que merecen un abordaje más complejo e integral. Carlos Mesa con
su silencio, en ejercicio legítimo de su derecho constitucional, cuestionó
duramente la falta de autonomía del Ministerio Público en la investigación de
esta causa. Es que, definitivamente, su labor tan poco prolija y la falta de
ecuanimidad en probar a toda costa la verdad oficial construida desde el poder
deja claro que ésta no puede ser la vía para el esclarecimiento de unos hechos
que requieren una respuesta política, institucional y jurídica
diferenciada.
La deuda de derechos humanos, verdad y justicia que arrastra
el país antes, durante y después de la crisis electoral de 2019 implica al
menos cinco niveles de análisis:
1) El derecho legítimo a la protesta ciudadana y
movilización pacífica contra el fraude electoral y el autoritarismo que no
puede ser criminalizado, 2) la cuestión de la reelección presidencial, la
sucesión ante el vacío de poder y los acuerdos políticos para una salida
electoral y pacífica de la crisis que le dieron legalidad al gobierno
transitorio, que corresponde a la justicia constitucional.
3) la investigación penal de los actos de incitación a la
violencia política y delitos cometidos en el contexto de las protesta social
(muertos, heridos, uso de explosivos, incendios de casas y transportes, saqueos
de comercios, cerco a las ciudades), hoy impunes por la autoamnistía
decretada, 4) La averiguación de la verdad en aquellas graves violaciones
a los derechos humanos cometidas por el uso excesivo y desproporcionado de la
fuerza pública, que el GIEI de la CIDH ha venido investigado, y 5) los casos de
persecución y judicialización política, desde las ejecuciones extrajudiciales
en el Hotel Las Américas, pasando por los asilados y presos políticos,
anteriores y actuales, hasta la detención de la expresidenta Añez y algunos de
sus exministros, que requieren un mecanismo independiente de revisión del
debido proceso en cada uno de ellos.
Como se puede ver, para enfrentar la brecha impunidad
compleja se requiere también una respuesta diferenciada, integral y confiable
que contribuya a la verdad de lo que pasó en el país, como base de un proceso
de reconciliación nacional, donde unos y otros asuman las responsabilidades que
les toca y las víctimas, sin importar de la vereda donde estén, tengan la
posibilidad de una reparación a los daños sufridos.
La falta de idoneidad e independencia de los actuales jueces
y fiscales para asumir este reto no sólo lo han apuntado diversos informes
internacionales de órganos especializados publicados recientemente (Oacnudh,
CIDH, HRW, Amnistía Internacional), sino que lo ha reconocido el propio
exministro de Justicia Héctor Arce, en un artículo publicado el 7 de enero de
2021, en el diario Página Siete, quien señala: “El descrédito de nuestra
justicia marca una sombra de poca garantía para una investigación imparcial y
objetiva. Quizá la solución sea hacer lo que otras naciones hicieron cuando
enfrentaron los mismos problemas y las mismas carencias: construir una
verdadera comisión de memoria, verdad y justicia”, para que nunca más ocurra lo
que ocurrió a Bolivia.
Así, la verdad oficial, aquella versión unidimensional
construida desde el poder, no contribuirá en nada a superar la lógica del
revanchismo y la polarización. Para que el país avance hacia un proceso
auténtico de reconciliación nacional y reencuentro democrático será necesario
construir acuerdos políticos sólidos y duraderos para establecer un mecanismo
que permita avanzar en el esclarecimiento de todos los hechos del pasado.
Desde el derecho internacional y las experiencias comparadas
en países que salen del conflicto existen un conjunto de herramientas de
justicia transicional que pueden ser aplicadas en el caso boliviano. Por
ejemplo, las comisiones de la verdad, que son instancias colegiadas,
especializadas, imparciales e independientes de investigación, de carácter ad
hoc, creíbles por todos los actores, establecidas para auxiliar a las
sociedades que han enfrentado graves situaciones de violencia política o
conflicto interno, que contribuyen a asumir equilibrada y críticamente con su
pasado, a fin de superar las profundas fisuras sociales que se generan por la
violencia y prevenir que tales hechos se vuelvan a repetir.
Estos mecanismos se establecen generalmente en el proceso de
salida de un conflicto violento a fin de coadyuvar en el proceso de transición
hacia el funcionamiento cabal de la institucionalidad democrática. Su finalidad
principal es llegar a la verdad de los hechos ocurridos, cosa que difícilmente
se logrará si sus integrantes representan sólo un sector de las fuerzas en
tensión.
Como muestra la experiencia comparada, las labores de las
comisiones de la verdad son complementarias a los procesos judiciales, y por
ello es necesario que paralelamente se garantice la independencia de los
órganos judiciales. En ese sentido, la agenda de reconciliación nacional se
debe asentar en un mecanismo auténtico de averiguación de la verdad y la
recuperación institucional de un sistema de justicia independiente.



