Medio: Opinión
Fecha de la publicación: viernes 11 de junio de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
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La detención de Arturo Murillo en EEUU muestra el carácter
del Gobierno de Transición. Se trató de un régimen represivo, autoritario, con
ribetes racistas y escandalosamente corrupto. La llegada al poder de esta
pandilla delincuencial que apenas obtuvo el 4% en las elecciones del 2019, fue
posible gracias al agotamiento económico y político del populismo de Evo
Morales. Agotamiento que se tradujo en un régimen –el del MAS– con ribetes
crecientemente autoritarios y antidemocráticos.
Pero la nefasta gestión de Áñez, Murillo no hubiese sido
posible si no se presentaba ante la ciudadanía como legítima. No solo se trató
del auto engaño en el cual aún está atrapado Carlos Mesa, creyendo que se trató
de una “sucesión constitucional”. Para gran parte de las clases medias, el
gobierno transitorio fue una “respuesta de Dios” a sus plegarias. Ahí están los
rezos y las oraciones en las concentraciones cívicas a los pies “del Cristo” en
Santa Cruz. Camacho ingresando a Palacio Quemado con un rosario, una bandera,
una carta de renuncia y una Biblia. Áñez, Murillo y sus cómplices enarbolando
biblias, cual si se tratara de armas de ataque, vociferando a voz en cuello que
“Dios estaba volviendo a Palacio”. El crucifijo siempre presente en los actos
protocolares. Las oraciones de líderes evangélicos con Áñez y todo su gabinete.
Los curas, en vehículos del Estado, rociando con agua bendita las calles
desiertas por la pandemia. Evangélicos usando aviones del Estado para “ungir”
las ciudades.
Careciendo de toda legitimidad democrática y legal, el
gobierno de transición fue arropado por los “líderes religiosos conservadores”
mientras masacraba, reprimía y robaba. La cruz y la espada se unieron otra vez,
como hace quinientos años, para emprender una segunda “conquista
civilizatoria”. Para “cristianizar” y, al mismo tiempo, para someter. Para “evangelizar”
y, al mismo tiempo, para colonizar a “las hordas salvajes”, “a los indios de
m...”.
Lo sucedido entre 2019 y 2020 es un tenebroso recordatorio
de la vigencia de una cultura política neofascista con ribetes racistas y
coloniales. También es una muestra de cuán peligrosos son los cristianismos
conservadores, tanto católicos como evangélicos, dispuestos a bendecir a los
tiranos de turno.



