Medio: El Potosí
Fecha de la publicación: jueves 10 de junio de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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En medio de las tragedias que acompañan a la pandemia de covid-19, existe un triste consuelo para los bolivianos: estamos viviendo una etapa de relativa tranquilidad política porque no se registra episodios violentos vinculados a la lucha por el poder. No se trata de una concesión del gobierno sino, más bien, de la manifiesta inutilidad que ha demostrado el gobierno para hacerle frente.
Y es que el desempeño que han demostrado los partidos que están en la acera del frente del oficialismo no solo ha sido desafortunado sino, por encontrar alguna palabra que lo describa, catastrófico.
En elecciones, el partido en función de gobierno se ha convertido en invencible y esa condición es de larga data. Eso se debe a que ha logrado establecerse como la única organización política con presencia real en la mayor parte del territorio nacional, por no decir en su totalidad.
Los partidos que le hacen frente parecen no entender esa verdad de Perogrullo y, cada vez que llega una elección, cometen los mismos errores. El mayor de todos ellos es su incapacidad para formar un solo frente.
Las últimas elecciones, tanto nacionales como sub nacionales, han reconfirmado que las organizaciones políticas de oposición tienen mucho trabajo por delante para constituirse en verdaderos protagonistas miembros del sistema de partidos y actores del sistema político boliviano.
Se trata de un desafío de fortalecimiento institucional que pasa por mucho más que asumir roles mediáticos de protesta y denuncia, pretender ocupar cargos públicos o participar en actos electorales.
El común denominador de la oposición, hasta ahora, ha sido la improvisación rápida de frentes electorales con el objetivo de enfrentar con la menor debilidad posible al partido de gobierno y teniendo como único referente de unidad la intención común de vencerlo.
Ello ha conducido a un deterioro sistemático en el desempeño de sus bancadas parlamentarias, así como en la posibilidad de aglutinación de militantes y simpatizantes que pudieran constituirse en sus estructuras dirigenciales, territoriales y cuadros políticos, que les permitirían enfrentar en mejor forma no sólo las campañas electorales, sino también hacer uso efectivo de los mecanismos de vigilancia electoral que les brinda la democracia.
El cambio constante de nombres, símbolos y colores de los grupos de oposición, así como los recurrentes alejamientos, reciclamientos, traspasos y retornos de sus líderes políticos, no hace más que confundir a la ciudadanía, y es causa de la su inexistencia como organizaciones permanentes que, en lugar de rediseñarse constantemente, pudieran invertir sus recursos y esfuerzos en consolidarse.
Un verdadero partido político debe ser capaz de inspirar a sus militantes y simpatizantes, causando que éstos, por un sentido de identificación con la organización, y por propia iniciativa, se vean impulsados a apoyar y hacer voluntariado cuando se requieren equipos para hacer proselitismo o vigilar el voto.
Para lograr esa inspiración, las organizaciones políticas deben acompañar toda crítica con propuestas alternativas y creativas que deben coincidir con la visión de país que han diseñado y pretenden alcanzar, así como con los principios que la sustentan, que deben ser el referente para toda acción y propuesta de sus integrantes.
Pero, hasta ahora, pese al tiempo y las elecciones transcurridas, no vemos ninguna señal de que los partidos de oposición hayan aprendido de sus derrotas y estén en la posición de asumir un reto común. Siguen actuando fraccionados y, por lo tanto, se diluyen en plazas como la Asamblea Legislativa Plurinacional en la que, pese a que ahora son más que en la anterior legislatura, sus voces se pierden por lo débiles e inocuas.



