Medio: La Razón
Fecha de la publicación: miércoles 09 de junio de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Repostulación presidencial / 21F
Dirección Web: Visitar Sitio Web
Lead
Contenido
Algún día habrá terminado esta disputa ideológica sobre si
hubo o no golpe de Estado en 2019. Por el momento, esas diferencias han vuelto
a poner en vilo al sistema político nacional, que precisamente ayer se enfrentó
incluso a puños durante la interpelación al ministro Eduardo del Castillo a
raíz de la detención de Jeanine Áñez.
¿Fue golpe el que desembocó en la renuncia de Evo Morales?
Los detractores de la hipótesis defienden la versión de que no fue así, que
Morales sucumbió debido a un “monumental” fraude, que renunció por cuenta
propia y que fue “el pueblo” el que terminó con su destino.
Luego de las fallidas elecciones de aquel año, una sucesión
de hechos puso en duda la teoría negacionista del golpe o el quiebre
institucional, como quisieran matizarlo quienes aceptan el hecho pero no se
animan a decirlo con sensatez.
Ya meses antes de las elecciones, cierto funcionario de la
Embajada de Estados Unidos difundía en sus encuentros con los medios de
información una encuesta que señalaba que el 72% de los bolivianos cree que en
octubre “va a haber fraude”.
Meses antes también Luis Almagro se había “ganado la
confianza” de Morales para conseguir que una misión de la OEA asista a los
comicios. Fue llamativo el cambio de actitud del uruguayo cuando incluso
consideró que Morales tenía el derecho de asistir a una repostulación, meses
después de haber cuestionado el fallo del Tribunal Constitucional que habilitó
al entonces mandatario para las elecciones o la negativa de Morales de respetar
los resultados adversos del referéndum de 2016.
Almagro se convertiría luego en la pieza clave de la caída
de Morales. ¿Narrativa? No, hechos reales.
Luis Fernando Camacho, entonces líder cívico cruceño,
apareció en escena también. Fue quien motivó el motín de la Policía Boliviana,
invocó a las Fuerzas Armadas (“Fue mi padre quien cerró con los militares para
que no salgan”, admitió después) y horas antes de la dimisión de Morales plantó
en el Palacio de Gobierno una Biblia, una bandera y una “carta de renuncia” de
Morales.
Morales renunció luego de varios actos previos de
desobediencia de parte de, primero, el comando de la Fuerza Aérea y otros jefes
militares. Y, finalmente, fue el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas el que le
pidió renunciar, en absoluta violación del principio constitucional de
subordinación.
Horas antes, varios ministros, legisladores y un gobernador,
incluso su hermana, habían sufrido amenazas, presiones, ataques y quema de sus
viviendas. El caso de César Navarro fue grave: lo amenazaron de muerte para
obligarle a renunciar, lo presionaron con la vida de su sobrino si no tomaba esa
decisión y quemaron su casa.
Fue llamativa también la renuncia de la línea de sucesión:
Adriana Salvatierra, presidenta del Senado, tenía orden de aprehensión, y a
Víctor Borda, de Diputados, le quemaron su vivienda en Potosí. Rubén Medinaceli
también sufrió amenazas.
La “sucesión” no consideró la Constitución ni los
reglamentos legislativos. Fue definida en una reunión extralegislativa en la
Universidad Católica bajo un argumento “lo más cercano posible a la
Constitución”, como diría luego Waldo Albarracín, y con personalidades sin
función pública.
La noche del domingo de la renuncia, Áñez ya se sabía
presidenta. Al día siguiente llegó a La Paz bajo una cápsula presidencial y en
la noche conminó a las Fuerzas Armadas a salir a las calles. Prometió ese día
promover la lectura de las renuncias de Morales y de Álvaro García. Mientras,
Carlos Mesa exhortaba a los políticos de oposición a garantizar para el acto de
sucesión la instalación de la Asamblea Legislativa, para no darle pretexto al
MAS de posicionar la idea del golpe de Estado. No ocurrió así, como se demostró
después.
El 12 de noviembre, luego de suspender una sesión de la
Cámara de Senadores, Áñez se hizo de la titularidad del cargo. Minutos después,
se proclamó presidenta en un acto en el que no hubo resolución ni quórum, menos
presencia de la bancada de los dos tercios del MAS.
Solo un discurso hegemónico niega esos hechos, y en esto
muchos medios de información, analistas y periodistas “independientes” juegan
un rol importante.
¿Hubo golpe o no? Los hechos muestran que sí, aunque con
eufemismos. La historia tendrá su palabra, más allá de que Morales no tenía la
legitimidad para ser candidato aquel fatídico año.



