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Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: viernes 28 de mayo de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Ejecutivo
Dirección Web: Visitar Sitio Web
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Contenido
Todos los medios masivos de comunicación, desde ayer jueves
27 de mayo, le dedicaron sus primeras planas y titulares a la captura del
exministro Arturo Murillo por la policía federal norteamericana bajo acusación
de estar involucrado en la comisión de los delitos de receptación de soborno y
blanqueo de los dineros conseguidos por esa vía. Los detalles de este hecho
fueron ampliamente difundidos, por lo que no nos ocuparemos de ellos en esta
columna.
No es la primera vez que la consciencia ciudadana es
sacudida por escándalos como el del exministro de la presidenta Jeanine Añez.
Mencionando sólo algunos de la larga lista, recordemos que en 2003 otro
exministro de gobierno, al derrumbarse el gobierno de Sánchez de Lozada, retiró
ilegalmente millones de bolivianos del Banco Central; en 2008, durante el
primer gobierno de Evo Morales, el país fue conmovido por el caso Catler,
cuando un empresario tarijeño fue asesinado al entregar una coima millonaria en
la casa del cuñado del presidente de YPFB; o los sonados escándalos del Fondo
Indígena y de la empresa china CAMCE. Pero estos son sólo algunos episodios. En
Bolivia podría escribirse toda una enciclopedia de la corrupción pública ocupando
centenares de páginas.
Por ello, decidimos dedicar esta columna a algunas
reflexiones sobre los embelesos del poder y la corrupción. Definamos primero
qué es el poder: se denomina así a la capacidad o potencia de ordenar que se
haga algo y que ello acontezca. Tres orígenes suelen atribuirse al poder: la
economía, la política y las armas, aunque viendo bien las cosas, cuando irrumpe
el poder militar, se transmuta en poder político. Este último, por tanto, puede
adquirirse por métodos democráticos, en especial electorales o en el terreno de
los hechos.
Uno de los primeros efectos del poder político –cualquiera
se la vía de su adquisición– es la generación, en el ocasional detentador, de
una falsa consciencia que le induce a asumir que su voluntad, acatada y
materializada por sus incondicionales seguidores, es sobre todo justa y que la
legalidad siempre puede acomodarse a sus deseos. Murillo pasaba parte
importante de su tiempo amenazando a quienes no obedecían sus órdenes. En esta
misma dirección se hizo paradigmática la frase de Evo Morales: Contra obstáculos
que podrían existir “yo le meto nomás, y que los abogados arreglen después,
para eso estudiaron”.
Ante la constatación de que gracias al poder político sus
órdenes se hacen realidad, el poseedor se inunda rápidamente del irrefrenable
deseo de preservarlo e incrementarlo, lo que introduce en él una fuerte
tendencia a desconfiar de todos quienes lo rodean. Quien pueda disputarle el
poder, o parte de él, debe ser anulado.
Así se manifiesta otro efecto del poder: el aislamiento de
su detentador, reforzado por su entorno parasitario, integrado por individuos
cuya existencia política depende del poderoso al que rinden pleitesía. Este
pernicioso efecto del poder suele ser aludido con la metáfora de la “cúpula de
cristal” en la que terminan su ciclo los poderosos, alejados de la realidad.
Mientras mayor poder acumule el sujeto, la tendencia a
confundir sus pensamientos y deseos con la realidad será también mayor, lo que
le inducirá a incumplir sus obligaciones y compromisos. Llegado a ese punto,
nada podrá evitar que el ocasional poderoso asuma que la hacienda y los bienes
públicos se encuentran a su disposición.
Estos son los resortes psicológicos que impulsan a los
detentadores del poder a desarrollar patrones de conducta que van desde la
arbitrariedad hasta acciones de franca corrupción pública. Estas líneas de
reflexión nos ayudan a entender, por ejemplo, la concepción y operativa de la
Unidad de Proyectos Especiales (UPRE) de la Presidencia en los largos 14 años
del evismo, o la grosera y repudiable conducta de Arturo Murillo.
Estos efectos del poder político adquieren más fuerza cuando
el detentador no se guía por sólidos principios ideológicos y carece de
formación política. Más todavía si se trata de entornos sociales, como el
boliviano, en los que la corrupción pública es parte de la cultura política. En
estos casos abiertamente predomina el ideario del “ahora me toca”. No debe
perderse de vista, empero, que han existido también grandes pícaros con notoria
formación política y teórica. Es el caso de los bufetes de abogados que siempre
rodean a los poderosos.
A todo esto se refería Lord Acton cuando lanzó la famosa
frase de: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe
absolutamente”.



