Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: jueves 27 de mayo de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
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La demagogia, decía Abraham Lincoln, es la capacidad de
vestir las ideas menores con palabras mayores.
La retórica, los gobernantes y las aguas pasan, las
transformaciones sustanciales en un país, encabezadas por líderes visionarios,
quedan. Sus legados son avales para advertir la línea divisoria entre la
honestidad y la demagogia y los discursos populistas que tarde o temprano se
doblarán para acomodarse en el estuche del tiempo y volver a dormir su sueño
temporal.
Macondo, en Cien años de soledad, o Comala, en Pedro Páramo.
En el primero, un universo desconocido con costumbres disfuncionales, en el
segundo, la búsqueda de un paraíso y, sin embargo, el encuentro de un
purgatorio.
En ambas joyas literarias, está omnipresente un sentimiento
tormentoso que en estos tiempos se reafirma más que nunca, producto del
descontento y de los vacíos que experimentan las sociedades: la soledad y la
desesperanza.
Bolivia heroica y estafada. Su historia política está llena
de despilfarros y pillerías. Su destino marca el tránsito ubicuo de circos y
magos, saltimbanquis y maestros en imanes. Atrapan y no sueltan hasta agotar
las energías.
¿Cuál es la diferencia entre izquierda y derecha en estos
tiempos, oráculo? ¡Ninguna! Los conceptos de una y de otra ya quedaron
sepultados por las inconsecuencias de sus líderes.
De la izquierda en Bolivia, hoy, solo queda la nostalgia de
que en una época sirvió para afianzar las conciencias extraviadas y hacer latir
más fuerte los rojos corazones. Todo lo demás se convirtió en demagogia,
impostura, corrupción y venganza.
Ahora, su afán de poder y de dominio no tiene límites, les
da lo mismo prevaricar que estafar. Todo, bajo el signo del cambio. La
izquierda como alternativa real e histórica languidece y muchos ya lamentan su
muerte o, cuando menos, sufren con su desgaste total, producto de desajustes,
dando origen, como una inevitable consecuencia, a la posible muerte de la
política misma. El pensamiento de izquierdas con los planteamientos del
marxismo como núcleo articulador se ha derrumbado como una montaña de arena.
El poder, el trono. El trono o el pueblo, “al fin y al cabo,
el trono lo quiero para posarme sobre él, y satisfacer mis deseos, los más
sublimes y los más perversos, en cambio” al pueblo “lo quiero para… caramba,
¡qué coincidencia!” (Les Luthiers)
Hoy, hacer política ya no responde a derechas ni izquierdas,
responde a un pragmatismo puro, efectivo y que aporte soluciones reales sin
teñir de colores. ¿No importa el color del gato con tal que cace ratones? Puede
ser, pero qué se hace cuando se dice que la política misma está acabada. La
debacle de la izquierda es un grave síntoma de la crisis por la que está
atravesando el sistema democrático.
De la derecha, aún queda el suave murmullo de quienes se
hicieron ricos y sabrosos empeñando el país. Laten sus corazones por retornar
en un futuro no muy lejano a La silla del águila, rememorando la gran novela de
Carlos Fuentes. "La fortuna política es un largo orgasmo, querido. El
éxito tiene que ser mediato y lento en llegar parar ser duradero. Un largo
orgasmo, querido".
La derecha hizo y deshizo, creó grupos de poder que afanaron
un Estado dejándolo desplumado.
¿Derecha o izquierda? Al final de cuentas esos son recursos
de los consumistas y demagogos, respectivamente. Lo que de verdad cuenta es que
los gobiernos demuestren resultados efectivos: menos desigualdades y mayor
aproximación al estado de bienestar.
Menos índices de pobreza y postergación. Más educación y
salud y menos ignorancia. Democracia y participación, unidos a las leyes,
garantizando la vía y la vida libres.
En Bolivia, “el Gobierno de todos y para todos” fue el
inicio del cuento. ¿Culitos blancos y originarios alimentados con el mismo seno
de la madre tierra. Sin distinciones, sin discriminaciones y sin preferencias?
“La venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena”. ¡Incoherencias de don
Ramón!
El argumento del cuento también garantizaba la libertad al
disenso y al debate político. La alternancia en el gobierno y el
fortalecimiento de la democracia a través de la participación de fuerzas
políticas que sumaran propuestas y no dividieran, eran vientos de cambio que
afianzaban la fe perdida.
La dialéctica, como método de consenso y avance hacia esa
paridad de ideas y conclusiones, era otro magnífico deseo que desgraciadamente
nació escuálido y murió. Hoy, todo eso es nada.
¿Respeto a la naturaleza y a la tierra? ¿Respeto a los que
habitan sus espacios nativos y su modo de vida? ¿Reverencia a los bosques, a la
biodiversidad?
Decir y hacer. Todo queda en cuento. La historia del Tipnis
y la Chiquitania erosionó el discurso no oficial del gobierno masista de 14
años y más. Desmanteló todo argumento en pro del respeto por los pueblos
indígenas y sus costumbres.
“A los hombres sin
esperanzas es fácil de controlar y quien tiene el control, tiene el poder”. O
cuando se esfuman las ideas, las alternativas desaparecen. Este Gobierno por
encargo que se ufana de ser de izquierda, ha ingresado, desde hace mucho
tiempo, a un proceso de inoperancia y mediocridad voluntario que, pese a estar
en el poder, no sabe qué hacer con él. Evidentemente hay un gran vacío
ideológico que rebota el eco de la ineficiencia. Hay un afán peligroso de
allanar el camino de regreso a las oscuras golondrinas del jefazo. Ese silencio
es peligroso, más letal que un dictador en ciernes.
¿Derecha o izquierda, oráculo? Mejor, democracia y
efectividad administrativa. Justicia y libertad.
La incongruencia, la desvergüenza y la injusticia campean en esta coyuntura. La obediencia al Jefazo de sus actuales gobernantes, poderes e instituciones es impresionante. Es El reino del revés, de María Elena Walsh, donde “un ladrón es vigilante y otro es juez y que dos y dos son tres”.



