Medio: El Diario
Fecha de la publicación: domingo 23 de mayo de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
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El populismo pregona que es partidario de los pobres y
excluidos. Que reivindica sus aspiraciones de mejores días. Otras tendencias,
en el pasado mediato e inmediato, también sostuvieron la misma versión. Pero,
una vez que llegaron al Poder, hicieron poco, o nada, en esa dirección. Hasta
se olvidaron de aquéllos. La historia política está plagada de estos hechos.
La pobreza siempre ha sido una bandera, tanto para
derechistas cuanto para izquierdistas. Una excusa para asumir actitudes
contrarias al sistema de libertades. Para implementar políticas de persecución
o para acallar la voz del adversario en las mazmorras. Para echar fuera del
país a los contestatarios. Para ahuyentar la inversión privada o para provocar
la debacle nacional. Para dividir y reinar. Pero la pobreza continúa y
continuará ensombreciendo el horizonte de quienes claman por un futuro
llevadero.
La pobreza es un problema de larga data. La República de
Bolivia, fundada en medio de acalorados debates, en 1825 surgió, desgraciadamente,
con esa carga social. Y a más de 190 años de aquella significativa fecha,
persiste como una rémora, en el camino trazado para alcanzar el desarrollo
nacional.
Generaciones íntegras vivieron y murieron inmersas en esa
realidad. En muchos casos sin haber asistido a las aulas escolares, a un centro
médico o sin haber contado con servicios básicos. Ésta es la realidad de todos
los tiempos. En un tema pendiente en la agenda de los gobiernos de turno. Ni
dictadores ni demócratas ni militares ni civiles pudieron cambiar esa
situación. Solo se escuchó buenas intenciones y cantos de sirena. Hubo
programas de gobierno hábilmente hilvanados por los genios de la demagogia.
Pero no conjugaron las palabras con la ejecución de proyectos que hubieran
aportado a la construcción de un mundo mejor.
La pobreza no solo se concentra en ciudades, sino en
provincias, en el campo y la mina, en regiones que constituyen el territorio
nacional. Donde las familias de escasos recursos económicos conviven con las
necesidades más elementales y apremiantes. Donde no ha llegado aún la vacuna
que tanto se requiere.
Tuvimos gobiernos “bendecidos” con la bonanza económica que,
en vez de tomar previsiones para casos de emergencia, como los del coronavirus,
priorizaron la actividad política, con fines no transparentes ni edificantes.
Posiblemente, pensando en perpetuarse en el Poder. No se dignaron a trabajar
por el bienestar social, o sea la tranquilidad de los menos favorecidos, ni a
reducir los índices de pobreza, que se elevaron mucho más como consecuencia de
la pandemia de 2020.
Tampoco generaron empleo digno, seguro y permanente, para la
gente joven, en particular. De ahí que ha crecido enormemente la informalidad
en el país. Actividad que coadyuva, de una u otra manera, con el contrabando,
que golpea terriblemente a la producción nacional.
En suma: los políticos que enarbolaron las banderas de la
pobreza han fracasado, como siempre, en el afán de ofrecer el paraíso terrenal
a los necesitados, que se han multiplicado por causa del virus chino.



