Medio: Página Siete
Fecha de la publicación: lunes 17 de mayo de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Judicial
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Muchos ciudadanos y varios abogados han reaccionado frente a
esta propuesta inicial de generar, desde la sociedad, una reforma
constitucional para transformar la justicia. Todos coinciden en su necesidad y
en hacerlo con prescindencia del Estado y del gobierno. Se nota escepticismo
respecto a su posibilidad y, especialmente, abogados prestigiosos observan su
insuficiencia.
No es fácil ser optimistas en medio de las incertidumbres
del corto y mediano plazo. Vamos camino a la tercera ola de la pandemia, con
más de 13.400 bolivianos muertos y hemos superado los 330.000 contagios. Hemos
concluido un prolongado ciclo electoral, después de la honda crisis de 2019 –
2020, pero no parecen iniciarse nuevas formas de gobierno, nuevas propuestas y
renovados liderazgos. Y, claro, en ese escenario, parece poco probable
movilizar a la gente en esta tarea de cambiar la justicia, que sí suena
necesaria, pero que frente a las otras urgencias apremiantes de la vida diaria
no parece prioritaria. Sugiero adoptar un optimismo moderado donde no hay
soluciones para todo y ninguna es completa y menos inmediata, pero que el
inicio de esas soluciones es plantearse el desafío de su encaramiento, mucho más
desde la sociedad y la gente, a partir de ideas, propuestas, de su intercambio
y del debate qué es, precisamente, el primer momento de la movilización que,
creo, puede convertirse en corriente de opinión y en organización, para
culminar en la audacia colectiva de su realización. Mis colegas abogados tienen
toda la razón, la idea inicial es insuficiente. Es que, en 100 líneas que
generosamente nos publican semanalmente éste y otros medios, apenas se
transmite lo central y, por ello son completamente acertados varios criterios
que me han hecho llegar juristas connotados, como los siguientes:
Primero. - Que la reforma de justicia no empieza ni acaba
con mejores jueces, lo que dije cuando aludí a esa elección como “uno de los
componentes de la reforma”. Los otros componentes que también ameritarán una
reforma son, sin duda, el presupuesto judicial y su correcta administración, el
acceso a la administración de justicia hoy restringido a unos pocos, y la
ineficiencia, la retardación y la corrupción de la justicia, emergentes de la
carencia de idoneidad personal y profesional de sus operadores. Y el listado no
acaba ahí, pero apuntemos a lo medular y sobre eso iremos exponiendo las ideas
básicas de la reforma en próximas entregas.
Segundo. - No es suficiente cambiar sólo la forma de
elección de los jueces supremos, también se debe cambiar la nominación de los
jueces departamentales que, por prescripción constitucional, hoy los designa el
Tribunal Supremo y donde, otra vez, interviene la manipulación política.
Tercero. - Hay que cambiar también el número de magistrados
y el periodo de funciones, mucho más si la elección será ratificada en
referendo. 56 magistrados, entre titulares y suplentes, nos retornarían a esa
enorme papeleta indescifrable de las fallidas elecciones de 2011 y 2017. Se
plantea 10 años de funciones, cuatro más de los actuales, junto a una
renovación parcial a medio término, para sentar líneas de jurisprudencia
sólidas.
Cuarto. - Hay dudas sobre la “practicidad” del referendo
aprobatorio de la elección parlamentaria, mucho más si las nominaciones no se
harían de una sola vez, y se observa sobre la calificación de méritos sino va
acompañada de exámenes públicos de oposición y competencias, siendo una
incógnita quiénes deben integrar esa comisión de calificación independiente.
Quinto. - Se pone en cuestión la existencia del Tribunal
Agroambiental dada su escasa relevancia en estos 10 años y sus colisiones con
la justicia indígena originaria, cuya vigencia no se nota, también después de
una década.
Seguramente en las próximas semanas aumentarán las
“observaciones”, que hay que tomarlas ya como el inicio del debate y como el
camino hacia una propuesta más integral y consensuada, sabiendo que la misma
tiene que resumirse en cuatro o cinco formulaciones de cambio constitucional
muy precisas, sobre las que la población diga SÍ o NO en el momento de las
urnas, momento que, necesariamente, deberá anticiparse al segundo semestre de
2023, cuando, si persiste la inercia, la subordinación y la tragedia judicial
de hoy, volveremos a “elegir” a “nuevos” jueces supremos replicando las viejas
y nuevas lacras del sometimiento judicial, de la miseria presupuestaria, de la
promiscuidad de los juzgados, del hacinamiento carcelario y, por lo mismo,
seguiremos prolongando la supresión del básico derecho a la justicia que
debemos y podemos revertir los bolivianos.
Para los más escépticos, tal vez este camino pueda abrir
otros más urgentes.



