Medio: El Deber
Fecha de la publicación: domingo 09 de mayo de 2021
Categoría: Órganos del poder público
Subcategoría: Órgano Ejecutivo
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En seis meses de gobierno, la administración Arce estuvo
empeñada más en reinventar el pasado que en construir el futuro.
En efecto, el aparato de propaganda del oficialismo,
obsesivamente, buscó crear un relato paralelo a la realidad de los hechos
económicos. La ficción ideológica supone que hasta el año 2019, antes del
supuesto golpe de Estado, la economía boliviana estaba muy bien y caminaba
rumbo al desarrollo. Y de repente, “de la nada”, como dicen mis estudiantes, en
11 meses se produjo la vuelta más eficiente y rápida del neoliberalismo de la
historia. En menos de un año se destruyó lo que se hizo en 14. La fortaleza
económica construida, de un soplido, fue dejando en escombros por un lobo
chapucero. Al parecer, el templo pétreo de la revolución no pasaba de una
casita de cartón de chanchito menos listo del cuento infantil. Ah, de pasadita,
en el medio de la arremetida de los satucos seguidores de la mano invisible,
hubo una pandemia y cuarentena mal gestionada. Pero poca cosa. Recuperado el
paraíso del gobierno, el objetivo central de la política económica es
simplemente restablecer el modelo primario exportador coquetamente denominado:
Modelo económico, social, comunitario y productivo (MESCP).
Vamos por buen camino. La vieja normalidad se restablece.
Suben las exportaciones, aumentan los impuestos, se incrementan los salarios
por encima de la inflación y el crecimiento económico estará por encima de 4%
en el 2021. Látigo y cárcel a los profanadores. Pulidos espejos para los
maquinistas, el tren volvió al carril del desarrollo. Resta tan sólo llamar al
ajayu de la revolución. Con el pañuelo rojo agitando en el aire: “vente, vente compañerito,
no fue más que una pesadilla”.
En cuanto en las sagradas páginas de la historia comienza a
imprimirse la épica de la expulsión del maligno, haciendo suspirar a los nobles
corazones de los jóvenes del proceso de cambio, la caprichosa realidad de los
hechos cuenta otra historia. No se trata sólo de un mal pedo impulsado por el
golpe. Un bad trip que se cura con un fricacho. El extractivismo
distribucionista hace aguas. La crisis no comenzó hace un año. Los problemas se
inician por lo menos el 2014. Papel y lápiz, por favor. Este año las
exportaciones caen en casi 30% de su valor y la economía boliviana acumula
sistemáticos déficits comerciales año a año. Para atenuar esta tremenda gotera
externa, desde el año 2014, se aceptó un déficit publico elevado, 6.9% entre el
2014 y 2019. Y aquí no se vale apelar al cuento chino de que se trataba de un
déficit fiscal bueno que se convirtió en malo, con la llegada de Añez al poder.
No waway, se dispararon el gasto ineficiente y la inversión pública en elefantes
azules.
La sacrosanta inversión pública también comienza a caer
antes de la llegada de los wampiros neoliberales. La inversión pública comenzó
a reducirse en el 2017. En el año 2016, se alcanzó el zenit: 5.065 millones de
dólares ejecutados. La inversión estatal se multiplicó casi por seis. Subió en
un 476 % en 10 años. Pero en el 2017, esta variable bajó a 4.772 millones de
dólares y en 2018 la inversión se contrajo a 4.458 millones. En el 2019 se
alcanza tan sólo a 3.769 millones de verdes. En 2020, en la gestión de Áñez,
esta variable se desploma y llega a 1.784 millones de dólares.
Similar trayectoria se observa con las reservas
internacionales (RI) del BCB que, en el 2014, llegaban 15.122 millones dólares.
A partir de 2015, esta tendencia positiva se revierte y las RI comienzan a
disminuir. En efecto, entre ese año y el 2019, cuando gobernaba el presidente
Morales, las RI disminuyeron en 8.655 millones de dólares. Bajaron de 15.122
millones en 2014 a 6.467 en 2019. Esto equivale a una reducción, en promedio
anual, de 1.731 millones. Por mes 144 millones y por día, 4,5 millones de
verdes. Entre 2020 y el primer bimestre de 2021, las RI disminuyeron en 1.578
millones.
Y tal vez la variable más preocupante, la desaceleración del
producto interno bruto (PIB) comienza en el 2014. En efecto, en el 2013 el
crecimiento del producto fue de 6,8%. En 2014, el dato llegó a 5,46%. En 2015
se alcanzó al 4,8%. Y entre 2016 y 2018 el incremento del PIB estuvo en torno
del 4% al año. En el 2019 antes de la salida de Morales el crecimiento del
producto era de 2,2%. Así que dejemos de contarnos películas de vaqueros
vengadores. Venimos cuesta abajo en la rodada hace muchos años.
Sincerar el diagnóstico y evitar el delirio ideológico ayuda
a entender que no es posible ni deseable volver a la vieja normalidad. Con el
modelo primario exportador rentista no llegaremos muy lejos.
En suma, debemos reconocer que enfrentamos una crisis sistémica,
multidimensional y sumamente compleja de lidiar y no un accidente coyuntural. Y
que este es un tiempo de líderes visionarios, tanto del sector público como
privado, que entiendan que enfrentamos “un desafío histórico, donde
simultáneamente, deben manejar la crisis de corto plazo mientras construyen el
futuro”.



