Medio: Los Tiempos
Fecha de la publicación: miércoles 21 de abril de 2021
Categoría: Debate sobre las democracias
Subcategoría: Democracia representativa
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El politólogo Steven Levitsky, autor del libro Cómo mueren las democracias (en coautoría con Daniel Ziblatt) constata que las democracias, sobre todo las latinoamericanas, pueden ser perdidas a través de elecciones que consagran a populistas y demagogos en el poder. “En América Latina son gobiernos elegidos con los mecanismos de la democracia los que a veces tumban a la democracia”, afirmó en una reciente entrevista concedida a la BBC. Por cierto, constata que en América Latina hay más democracias que en periodos precedentes, pero a la vez, estas se ven cada vez más amenazadas por el avance de candidatos y movimientos antidemocráticos.
De acuerdo con un criterio estrictamente politológico, Levitsky cree encontrar una explicación en la debilidad de los Estados latinoamericanos. Afirmación que abre una pregunta. ¿En dónde reside la debilidad y fortaleza de los Estados? La respuesta parece encontrarla el autor en su funcionalidad. Así, afirma: “Para mí el problema principal en casi todas las democracias de la región (Chile, Uruguay y Costa Rica son excepciones) es que son Estados débiles que no funcionan bien”. Y agrega: “Es muy difícil cobrar impuestos, implementar políticas sociales, controlar la corrupción, mantener la seguridad pública y la gente se harta”.
El hartazgo de “la gente” sería según Levitsky el detonante que eleva al poder a demagogos cuya tarea principal es demoler a las débiles democracias de la región. Pero lamentablemente Levitsky no va más allá de sus descripciones politológicas. Un sociólogo podría afirmar, por ejemplo, que los Estados son débiles cuando las sociedades son débiles, entendiendo por debilidad de una sociedad la incapacidad de sus miembros para organizar e institucionalizar intereses, pasiones e ideales.
Sin asociaciones empresariales, sin sindicatos de trabajadores, sin organizaciones comunales y vecinales reconocidas y ligadas a las instituciones políticas y gubernamentales, todo Estado está destinado a hundirse en el pantano de la disgregación social. En ese sentido, el problema de la debilidad de los Estados sería el resultado de la precaria conformación de las sociedades nacionales sobre las cuales reposan. A una sociedad anómica debe corresponder una organización política anómica. Vistos desde esa perspectiva, los movimientos populistas serían la expresión lógica de sociedades desarticuladas, conocidas como sociedades de masas (en el hecho sociedades sin asociaciones) en contraposición a las sociedades de clase (Hannah Arendt).
Ahora bien, la masificación (disolución o desintegración de clases y estamentos) siempre ha sido un remanente de la sociedad estructurada. El problema es cuando la masificación –y con ello, la política de masas– se convierte en tendencia predominante. Bajo esas condiciones, la noción de pueblo deja de ser política para transformarse en una simple noción demográfica.
Siguiendo el hilo de Levitsky, deberíamos distinguir entre Estados estructuralmente débiles y Estados políticamente debilitados. No es lo mismo. Los Estados débiles son productos históricos cuyas raíces se remontan a tiempos remotos. Los Estados debilitados en cambio, son productos de transformaciones sociales y políticas ocurridas en tiempos determinados. Nadie, por ejemplo, podría decir que en EEUU había un Estado débil antes de Trump. El Estado, sin embargo, fue debilitado, tanto por el movimientro trumpista como por el gobierno de Trump. Con el advenimiento trumpista, la tesis de que el populismo es expresión política de naciones atrasadas, se vino al suelo. Desde Trump sabemos que no existe ninguna nación inmune a la amenaza nacional-populista.
La regresividad de la democracia liberal hacia estadios no democráticos acecha en todos los países occidentales. En la política no existen vacunas antipopulistas. Y la paradoja es que –detalle que de modo rudimentario captó Brennan (ver la primera parte de este artículo)– la democracia puede ser destruida no solo por vías electorales, como afirma Levitsky, sino por la expansión ilimitada de la misma democracia. Esa es la tesis central presentada por Yascha Mounk, profesor de la Universidad John Hopkins, en su famoso libro El pueblo en contra de la democracia.
Mounk entiende al trumpismo, así como a otras expresiones nacional-populistas de nuestra era, como un movimiento radicalmente democrático. No toda democracia es liberal, ni todo liberalismo es democrático es su bien construida premisa. Podríamos decir también, cuando la democracia es tan democrática que en su expansión llega al punto de arrasar con las instituciones republicanas, queda abierto el camino hacia el fin de la democracia. Así como los ciudadanos lo son en tanto se someten a determinados límites, las democracias solo pueden existir en el marco de limitaciones institucionales que de por sí no son democráticas.
La democracia significa en sentido literal, el gobierno del pueblo, pero el pueblo nunca podrá gobernar por sí solo. Solo puede hacerlo por delegación. Y ese sujeto, el de la delegación, pueden ser ciudadanos organizados en instituciones, pero también mesías redentores que llevan a la política más allá de todas las instituciones hasta llegar a unificar a sus propias personas con el Estado.



